Cuerpos que gritan, Cuerpos que callan

“Queremos desde nosotras
nombrar las cosas
con el sonido de nuestra propia voz”

– Julieta Paredes

 

La problemática del cuerpo ha sido objeto de numerosas controversias y discusiones a lo largo de la historia en diferentes ámbitos como la filosofía, la sociología, la medicina y la biología, la política, o la psicología, así como en la religión. Se han construido diferentes discursos y prácticas alrededor de los cuerpos, pero siempre ha habido una cierta normatividad con respecto a cómo deberían ser y funcionar estos, lo bello, lo feo, lo bueno, lo malo, lo permitido y lo prohibido. El culto al cuerpo se ha convertido en nuestros días en un fenómeno social de gran significación, y al mismo tiempo el cuerpo se desdibuja cada vez más, pasándolo a un plano lejano y ajeno. Los cuerpos de las mujeres han sido doblemente callados, por ser cuerpos y por ser de mujeres, pero a la vez, estos cuerpos llevan tatuada la historia, cada uno guarda detalles propios e individuales y coincidencias con otros, son cuerpos que gritan, cantan, cuerpos que tienen tanto que contar que siempre encontrarán la forma de no quedarse callados.

¿Por qué tanto miedo al cuerpo? La psicóloga Selma González (2011) comenta para una nota de La Jornada que “la piel compromete, y eso, da miedo”. ¿A qué nos compromete la piel, el cuerpo? Primero que nada, mirar al cuerpo significa mirarnos a nosotras mismas, a nosotros mismos, acercarnos a lo más difícil de conocer, esa parte material y tangible, ese cuerpo que siente, que duele, que goza, que no pasa desapercibido, porque ahí está. Y precisamente porque es tan evidente, y porque nos genera tantas sensaciones, se le intenta ocultar y callar. Nos da miedo sentir, nos da miedo sentirnos, y sentir al otro, a la otra, nos da miedo porque nos han dicho que así debe ser.

Señala el sociólogo y antropólogo David Le Breton (1992/2011) que en las sociedades individualistas, los cuerpos están separados de las personas, las mujeres tienen una frontera con su propio cuerpo y con el cuerpo de los y las demás. Y este mismo cuerpo, el cuerpo que funciona como límite entre unas y otras, está fragmentado, y terminamos siendo para un montón de órganos y sistemas para la medicina, un cuerpo que le estorba al alma para la religión católica, un cuerpo que no es perfecto y que hay que arreglar para el mundo de la publicidad, un cuerpo que no debe expresarse para el mundo político, un cuerpo que debe acatar la leyes biológicas que le fueron “asignadas” al nacer para el mundo heteronormativo, un cuerpo que no debe sentir placar, un cuerpo que no debe sentir.

La sociedad en la que vivimos actualmente ha creado un imaginario corporal repleto de ideas, imágenes, estereotipos, expectativas y reglas con respecto a los cuerpos. Esto varía de sociedad en sociedad, de cultura en cultura y a lo largo de la historia de la humanidad, pero parece que siempre ha existido. En esta sociedad capitalista, patriarcal, y envuelta por los cánones de género, el simbolismo corporal “femenino” toma significados que crean presión sobre las mujeres para cumplir con las características corporales esperadas. Platicando con varias mujeres, mencionábamos que esta sociedad nos ha envuelto en estereotipos en los que las formas de vivir nuestro cuerpo están relacionadas con temas como la maternidad como un rol impuesto, la sexualidad como medio para la reproducción, el placer como algo reprobable y atravesado por el discurso de la culpa, los prejuicios estéticos, incluyendo aquí la búsqueda de la eterna juventud, y la separación del cuerpo con el “espíritu”. Todos estos elementos han sido estrategias que el sistema dominante ha utilizado para que las mujeres sigamos encerradas en el mismo lugar.

Estamos en un momento histórico en el que por un lado, el cuerpo de las mujeres se expone como un producto, el cual se necesita vender a toda costa, y para ello, hay que perfeccionarlo, añadiendo todo tipo de elementos para que el cuerpo sea todo menos cuerpo; este cuerpo, el que se moldea y acomoda a las exigencias externas, es un cuerpo que grita ser escuchado. Por otro lado, el cuerpo de las mujeres se esconde, se esconde de sí mismo y de los demás cuerpos, porque afuera nos dicen que no debemos tener cuerpo, que solo es válido tenerlo si cumple con el listado de características que los estereotipos nos exigen. Parece entonces que el cuerpo, en especial el de las mujeres, está demasiado expuesto y a la vista de todos y todas, a la expectativa de si cumple o no con lo esperado, pero a la vez, es un cuerpo que se tiene que esconder, que se borra, ¿De quién se esconde este cuerpo? Pareciera que de nosotras mismas.

Claro que con todo esto, le tememos a la piel, al cuerpo, porque nos compromete a sentirnos y enfrentarnos a nosotras mismas y a todo lo que nos dicen que debemos hacer o dejar de hacer. Religiones, costumbres, instituciones, investigaciones, normas, leyes, siempre viene de afuera la forma en que debemos tener cuerpo. Siempre da miedo lo que no conocemos, y en este caso, las mujeres no fuimos socialmente educadas para conocer nuestro cuerpo. Y es así como tener un cuerpo se vuelve una vivencia un tanto esquizofrénica para nosotras, en donde por un lado debemos poner esa barrera, taparnos y cuidarnos porque el mundo de afuera pareciera ser amenazante para nuestros cuerpos, pero por otro lado, se hace necesario y demandante tener un cuerpo que se vea y que sea “estéticamente correcto”. Los discursos sociales nos exigen cumplir con sus estereotipos pero, ¿dónde queda espacio para que yo como mujer viva mi cuerpo, para que lo disfrute, para que descubra que con él puedo sentir placer y no sentir culpa?

Julieta Paredes (2010) menciona que hay que partir del cuerpo como primer campo de acción y lucha, y hay que reconocer que ante las diferentes estrategias que ha utilizado el poder para que las mujeres no seamos dueñas de nuestro propio cuerpo, y por lo tanto, de nuestra vida, ha habido distintos caminos y esfuerzos para apropiarse de ellos, como un  proceso de resistencia. Resistencia porque queremos un cuerpo narrado por nosotras mismas, que ya no esté roto en mil pedazos, porque queremos mirarnos al espejo y respetarnos, identificarnos unas con las otras como cuerpos que tienen mucho que contar, que compartir.

Es en esa lucha en la que decimos que ya basta de que otros decidan por nosotras y nuestros cuerpos, ya basta de que el cuerpo de las mujeres sea visto como objeto.

Así que hoy, como cualquier otro día, debemos abrir espacios para reflexionar acerca de nuestros cuerpos, y sobre todo, permitirnos vivir el cuerpo como un espacio de descubrimiento y autoconocimiento, de goce, y no dejar de cuestionar a quienes históricamente han querido encerrar a nuestros cuerpos. Creo que durante suficiente tiempo hemos temido de nuestros propios cuerpos, nos hemos alejado de ellos, pero también reconozco y admiro los esfuerzos que cada una de las mujeres, en cada uno de los diferentes espacios y propuestas, han realizado para que los cuerpos sean más nuestros, para que les temamos menos y los aceptemos más, para que los disfrutemos más y los suframos menos. Hoy es sólo un pretexto para recordar la relevancia de ser conscientes del propio cuerpo, porque sólo así se puede ser consciente de quién es una. Así que ya basta de esos cuerpos que callan porque  otros y otras así lo digan. Nuestros cuerpos de mujeres, son también cuerpos que hablan, que cantan, cuerpos que gritan libertad.

Marcela Tárano 

Referencias

Gómez Mena, C. (2011, 9 de octubre). El faje, práctica de placer que los humanos dejan con los años. La Jornada

Le Breton, D. (1992/2011). La Sociología del Cuerpo. Buenos Aires: Nueva Visión.

Paredes, J. (2010). Hilando fino desde el feminismo comunitario. La Paz: Comunidad Mujeres Creando Comunidad

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