En las faldas de Disney

El otro día mi hermana y yo vimos una película de nuestra infancia con nuestra prima de Argentina que ella, ávida fanática de Disney [1], nunca vio: La princesa encantada. La película está medio basada en El lago de los cisnes: Odette es capturada por el hechicero Rubarto quien la convierte en cisne hasta que el príncipe Derek la rescata (matando a Rubarto y jurándole a Odette un voto de amor eterno).

Lo malo de volver a las cosas de la infancia es que suelen ser mucho peor de lo que recordábamos, y éste definitivamente fue el caso con La princesa encantada. Lo que me molestó no fue tanto la calidad, sino lo machista que es la película. Existe el test Bechdel, desarrollado a partir de lo que dos personajes discuten en un comic escrito por Alison Bechdel en 1985. Es una prueba simple para comprobar lo bien o mal representadas que están las mujeres en una película (o en cualquier medio, en realidad). Para pasarlo, la película tiene que incluir por lo menos dos mujeres (La princesa encantada, quien triunfa, pues al fin y al cabo es la princesa; y la Reina Uberta), que estas mujeres hablen entre sí (cosa que no sucede en la película), y por último que sus conversaciones giren en torno a algo más que hombres. Odette pasa toda la película hablando de Derek: vemos la vertiginosa infancia de ambos en una canción mientras éstos se pelean (naturalmente la princesa sólo habla de cuánto odia al príncipe), después habla con su padre sobre por qué rechazó la boda, y finalmente conversa con sus amigos del lago —una rana, una tortuga y un frailecillo— sobre cómo espera que Derek la vaya a rescatar. La Reina Uberta, por su parte, habla de y con su hijo acerca de su posible boda, y una bruja (la única otra mujer) que resulta ni siquiera tener poderes y se reduce a gesticular, pues es muda (bastante triste que ni siquiera el personaje que viene de la tradición de satanizar a las mujeres tenga algo de importancia). Pero la prueba Bechdel no es la única forma de saber si una película es feminista, y aunque algunas reprueban el examen, siguen mostrándonos personajes femeninos fuertes. No es el caso de La princesa encantada.

Peor que la falta de conversaciones es la falta de agentividad que tienen estas mujeres, sobre todo Odette. Después de pasar quince años odiándose, la canción del principio muestra que, al convertirse en adultos, Derek y Odette se enamoran con tan sólo verse. La canción, ahora romántica, se transforma en una celebración mientras los sirvientes entran con comida y arreglos, listos para que empiece la boda. Odette detiene todo y le pregunta a Derek por qué la ama. “Eres  todo cuánto quiero. Eres hermosa”, contesta. “¿Pero qué más? ¿Es la belleza para ti lo único que cuenta?” Cuando Derek no puede dar ninguna respuesta Odette se va, y parece que todos los planes de la boda quedan frustrados. “Necesito saber que me ama; que me ama por ser yo” dice ella a su padre antes de que Rubarto los ataque, mate al rey y haga de la princesa su prisionera encantada. Odette pasa el resto de la película lamentándose y esperando a que Derek la rescate. El único momento en que ella decide sobre su vida es cuando interrumpe la boda, pues necesita saber que la aman, pero pronto este argumento es olvidado. La protagonista que dudó del amor de pronto se convence de que la rescatarán precisamente por eso. La única Odette con algo de personalidad que vemos en toda la película es la niña que durante cuatro minutos en la canción del principio se pelea a golpes con Derek y su amigo/patiño. Pelean como iguales y además les gana.

En el coche con mi prima, cantando las canciones de todas las películas de Disney a las que tenemos acceso, me acordé de cuando fuimos a California. Nos obligó (a mí y a sus hermanos) a hacer la fila para tomarnos fotos con las princesas, fila que inevitablemente estaba llena de niñas disfrazadas. Una iba de Ariel mientras su hermanito iba de Flounder. En ese momento me sorprendió su elección de personaje, pero en realidad tenía (y sigue teniendo) pocas opciones: no fue hasta que Disney compró Marvel (y ahora Star Wars) que el gigante del entretenimiento pudo proponer personajes interesantes para los niños.

Las películas clásicas [2] de Disney tienen príncipes, pero éstos no pasan la prueba Bechdel invertida. En Blancanieves, Cenicienta, La bella durmiente, La bella y la bestia y La sirenita sólo hay un hombre (el príncipe, aunque a veces también está el padre ausente), que rara vez habla con otro hombre (aunque suelen hablar con animales, y en el caso de Blancanieves, los enanos hablan entre sí), y si lo hace es invariablemente acerca de la princesa. Las mujeres, en cambio, discuten temas variados entre ellas (Blancanieves habla de pays con su madrastra, Cenicienta pide permiso para ir a un baile, Aurora pide salir del bosque, Ariel negocia por un par de piernas y la Bella discute qué se pondrá con una tetera y un clóset). Lo masculino queda relegado a príncipes sin profundidad psicológica o animales —y enanos— simpáticos y antropomórficos pero sin desarrollo emocional. Los personajes más poderosos de estos reinos muy muy lejanos son mujeres, tanto las buenas como las malas, que controlan y deciden qué sucederá.

Tampoco sugiero, sin embargo, que hay que ignorar todos los demás problemas de representación machista. Sí, estas princesas hablan de otros temas, pero siguen siendo temas “femeninos”, y sus preocupaciones son limpiar, cocinar y vestirse para los hombres. Aunque tienen mucha más agentividad que Odette, siguen quedando a la espera de que las rescaten.

Las películas de acción siguen una falacia donde las mujeres son premios (tomemos Duro de matar: John McClane y su esposa están en proceso de divorciarse porque él es un imbécil, pero al final de la película ella vuelve a él sin que McClane haya pasado por algún proceso de cambio; simplemente mató a un montón de alemanes). Pero no sólo pasa en las películas de acción, sino también en la mayoría de lo que vemos en el cine: las mujeres pasan a ser premios que los protagonistas se ganan. Las películas de Disney caen en estas falacias, pero por lo menos no lo ocultan y quizá voltean la convención. Sí, los príncipes “se quedan” a las princesas, pero no es accidental sino que luchan por ellas; casi como si estas mujeres (o en realidad otras mujeres más poderosas) dictaran las pautas y los hombres no tuvieran elección en el asunto.

Disney como tal no tiene héroes. Tiene príncipes poco interesantes, y para apelar al consumo de los niños se tuvo que servir de animales antropomórficos (Robin Hood, El libro de la selva) y más recientemente de hombres simpáticos pero torpes (Las locuras del emperador, El jorobado de Notre Dame). Aladino y Hércules son quizá las únicas películas de “princesos” hechas por Disney, pero incluso éstas tienen el discurso feminista de Jazmín y Megara (aunque reprueban el Bechdel porque no hay más mujeres). Poco a poco Disney va escribiendo personajes femeninos más independientes (Pocahontas, Mulán y Tiana de La princesa y el sapo), y para apelar a los niños ha decidido por outsourcear la creación de héroes.

No creo, en realidad, que Disney haya querido fomentar el feminismo: probablemente el mérito está más en el texto de origen que en una pulsión propia, pues los cuentos de hadas cargan consigo los arquetipos de las mujeres poderosas, tanto buenas (hadas y madres) como malas (brujas y madrastras). Hay que señalar también que los textos en los que se basan para hacer películas que giran en torno a un héroe masculino parten de otro tipo de obras: leyendas medievales, mitos griegos, cuentos de un Premio Nobel [3], o Shakespeare.

No quedo satisfecha con Disney. Está bien, supongo, que me hayan ofrecido un universo en mi infancia donde las mujeres podían decidir sobre su historia. Lo trágico es que sólo son feministas si comparamos éstas con otras películas. Lo peor de todo es que la oferta (no sólo para niñas y niños, sino para todo el mundo) es tan absolutamente pobre que nos tenemos que contentar con muy poco para declarar que algo defiende la posibilidad de que traten igual a las mujeres y a los hombres.

Ana Laura Magis Weinberg

[1] Por “Disney” se entiende, más que una marca, un género de películas animadas para niños, muchas de ellas con princesas como protagonistas.

[2] Se entiende como una película clásica de princesas de Disney las previas a Pocahontas (1995), cuyo título es el nombre o un sinónimo del nombre de la princesa, los personajes principales son humanos y las protagonistas han sido incluidas en la lista oficial de princesas de Disney. Para fines prácticos, se toman en consideración a Blancanieves, Cenicienta, Aurora (de La bella durmiente), Bella (de La bella y la bestia) y Ariel (de La sirenita). Jazmín, por razones que se explicarán más adelante, no entra en esta categoría.

[3] Rudyard Kipling y El libro de la selva

“Después de Tiller”, documental de Martha Shane y Lana Wilson

Mientras comíamos, mi amiga me preguntó, “¿de qué trata el documental?”. Ya le había mencionado que era sobre el aborto, pero nada más. “Es sobre los únicos cuatro médicos que practican abortos en el tercer trimestre de embarazo en Estados Unidos”, le respondí. Su mirada se oscureció y me dijo “pero eso no está bien”. Traté de aligerar la plática argumentando que no sabía si el documental era a favor o en contra de dicha práctica y cambié de tema lo más rápido que pude. No obstante, para cuando terminamos de comer, mi amiga ya había pedido disculpas porque tenía un evento familiar que había olvidado y no podría acompañarme a la función. Era la segunda persona que se retractaba de mi invitación a ver este documental (ya antes un amigo había dicho que no en cuanto mencioné la palabra “aborto”).

El documental del que hablo es Después de Tiller (After Tiller, 2013). En él se retratan, como ya dije, las vidas de los únicos cuatro médicos que practican abortos en el tercer trimestre de embarazo después del asesinato del doctor George Tiller en 2009. La película se enfoca tanto en los casos particulares de las mujeres que buscan realizarse un aborto en la última etapa de la gestación del bebé como en el trabajo que los médicos realizan dentro y fuera de sus clínicas, los problemas que enfrentan con  grupos anti-abortistas, los conflictos personales que tienen al realizar esta actividad y cómo su profesión repercute en sus vidas y en la de sus familias.

Lo primero que el documental hace es dejar en claro las razones para que se practiquen estos abortos. Contrario a lo que se pensaría, y a la idea que tratan de promover los grupos anti-abortistas, casi todas estas mujeres (que, cabe mencionarse, van acompañadas de sus parejas) tienen que recurrir al aborto no porque no quieran a sus bebés, sino porque los quieren. En la mayoría de los casos que documenta la película, los bebés han sido diagnosticados con enfermedades que impedirán que tengan una buena calidad de vida (uno de los bebés nacerá sin la mitad del cerebro, otro tiene una malformación que provocará, en caso de que nazca vivo, que viva a lo mucho un par de años y con dolor físico extremo). Sólo se menciona un caso de violación y uno de una adolescente que se embaraza en su primer encuentro sexual. En ambas situaciones, se hace énfasis en el estado de negación y/o de shock que impidieron a estas mujeres tomar una decisión “a tiempo”. Así, al tratar a profundidad el dolor que estas mujeres sienten, sea cual sea la razón por la que se acercan a estos médicos, se humaniza a las pacientes y a quienes las atienden (pues ellos están concientes de ese dolor y tratan, en lo posible, de ayudarlas en su proceso de duelo).

El documental hace énfasis en cómo los médicos crean vínculos emocionales con sus pacientes y las consecuencias que eso tiene en ellos (una de las doctoras señala que le cuesta mucho trabajo realizar los abortos porque ve a los productos como bebés, no como fetos). También se muestran los elementos que los médicos toman en consideración para atender o no a una paciente, pues existe un filtro que tienen para realizar abortos sólo a casos extremos, y cómo justifican su práctica.

La constante lucha que viven estos médicos con los grupos anti-abortistas también es un tema al que se le da mucha importancia (no en vano el origen del documental es el asesinato del doctor Tiller a manos de un activista anti-aborto cuando estaba en misa un domingo en la mañana). Si bien es innegable que la película tiene una visión a favor de la labor de estos médicos, se le da tiempo a los grupos en contra para que expongan sus razones (aunque éstas sean desinformadas y basadas en dogmas religiosos). Se muestran las manifestaciones que diariamente hacen afuera de las clínicas y que consisten en oraciones y gritos sobre almas que arderán eternamente en el infierno, pero también las amenazas de muerte que doctores, sus parejas e hijos reciben por teléfono, y las estrategias políticas que utilizan para influir en el gobierno para prohibir el aborto en esta etapa por considerarlo asesinato.

El gran acierto del documental es la sensibilidad con que aborda un aspecto particularmente delicado en un tema muy controversial en sí mismo, pero sin dejar de ser claro y directo. El hecho de que se trate de mostrar el lado positivo de la labor que estos médicos realizan no lo vuelve monológico ni busca cambiar la opinión que cada persona tiene sobre ellos. Sólo busca dar voz a quienes son vistos por gran parte de la sociedad como seres que realizan actos reprobables y romper con los prejuicios que se tienen de ellos y de sus pacientes. Busca mostrar el lado humano de un acto difícil de racionalizar y mostrar por qué las mujeres deben tener derecho a decidir sobre su cuerpo sin temer los señalamientos del resto de la sociedad. Sin duda el tema asusta, como ocurrió con mis amigos, pero precisamente por eso Después de Tiller es importante; porque reaviva la discusión que se tiene sobre los derechos reproductivos de las mujeres sin perder de vista su lado humano y emocional.

Antonio Puente

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El 24 de abril de 2007 es una fecha histórica para México, pues se aprobó una reforma de ley nunca antes vista en nuestro país y considerada de las más liberales en Latinoamérica: la despenalización del aborto hasta las 12 semanas de gestación, en la Ciudad de México.

Sobra mencionar que la despenalización del aborto es un avance muy importante a nivel de salud pública y también a nivel cultural. Desde esa fecha las mujeres han podido tomar una decisión libre sobre su cuerpo y su embarazo y esto ha dado pie a variadas discusiones sobre la educación sexual, mortalidad materna y la salud sexual y reproductiva del pueblo mexicano; y de Latinoamérica. Al ser pionero en este tipo de leyes, México ha dado el primer paso para que países como Uruguay también incluyan la despenalización del aborto como parte de las reformas a sus leyes.

Sin embargo, aunque esta reforma histórica es muy celebrable, es tan solo un pequeño paso pues la realidad es que apenas el 7.87% (porcentaje aproximado) de la población habita en el Distrito Federal, mientras que el resto continúa en estados donde su decisión es vista como un crimen penado con prisión.

Es verdad que todos los códigos penales estatales consideran el aborto como una acción legal en casos de violación, la mayoría lo permiten cuando la vida de la mujer está en riesgo y Yucatán incluye factores económicos cuando la mujer tiene ya tres o más hijos desde 1992. También es verdad que aunque el aborto esté dentro del margen de la ley, en la práctica son pocos los estados que facilitan la Interrupción Legal del Embarazo. El tabú y los prejuicios continúan.

Este 24 de abril celebremos que cada vez más las mujeres son capaces de tomar decisiones sin ser castigadas, pero tengamos en cuenta de que aún nos falta. ¡Va un Estado de la República, nos faltan 31! Y eso es solo en México.

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Texto e imagen: Marie Stopes México


Marie Stopes es una organización para la planificación familiar fundada en 1921 por la doctora Marie Stopes en Inglaterra. En 1972 se internacionalizó y actualmente trabaja en 42 países. En 1991 llegó a México y fundó clínicas de salud sexual y reproductiva en Chiapas. Hoy en día existen seis centros y clínicas de atención especializada médica y psicológica para la planificación familiar, anticoncepción, salud sexual y reproductiva y la interrupción legal del embarazo en la Ciudad de México. También cuenta con clínicas en Chiapas y en Oaxaca.

Para más información visita su página:

 http://www.mariestopes.mx/index

Cifras y realidades del aborto inseguro

La Organización Mundial de la Salud estima que 47,000 mujeres mueren cada año a causa de un abortos mal practicados en todo el mundo. Estos números deberían ser suficiente para sacudir a cualquiera, pero las muertes por abortos mal practicados no pueden reducirse a una estadística.

“En los casos en que la tecnología médica está disponible y la interrupción del embarazo puede llevarse a cabo de manera segura, resulta terriblemente injusto que las creencias religiosas y las leyes restrictivas obliguen a las mujeres a arriesgar su vida y sacrificar su futuro por un aborto realizado en malas condiciones. Ante todo, se trata de un asunto de derechos humanos, uno que debe ser atendido de inmediato, particularmente en vista de que en muchos lugares del mundo las leyes liberales establecidas con anterioridad están siendo reevaluadas y reemplazadas por nuevos obstáculos”

– Shweta Krishnan
“Unsafe abortion: Not just a number”

Las cifras sobre el aborto inseguro de la Organización Mundial de la Salud incluyen los siguientes hechos clave:

  • Cada año se practican cerca de 22 millones de abortos inseguros en el mundo, la mayoría en países en desarrollo.
  • Las muertes causadas por el aborto inseguro suman 13% del total de mortalidad materna. El continente africano se ha visto afectado desproporcionadamente, con casi dos tercios del total de muertes relacionadas al aborto.
  • Cada año cerca de 5 millones de mujeres son internadas en el hospital como resultado de un aborto mal practicado.
  • Más de tres millones de mujeres que sufren complicaciones como consecuencia de un aborto inseguro no reciben atención médica.
  • El costo anual de tratar complicaciones graves a consecuencia de un aborto inseguro se estima en 680 millones de dólares.
  • Casi todas las muertes y discapacidades causadas por aborto pueden prevenirse a través de educación sexual, uso correcto de anticonceptivos, acceso a la interrupción legal del embarazo practicada según estándares de seguridad y tratamiento oportuno ante complicaciones.

La interrupción legal del embarazo no es una cuestión ideológica o de creencias, es un asunto de vida y derechos humanos. Conocemos los números y las estadísticas, sabemos que esto sucede en todo el mundo. No se trata de estar de acuerdo o no, sino de crear consciencia sobre una realidad que ningún juicio personal puede alterar. Millones de mujeres mueren por no tener acceso a servicios de salud, por las legislaciones que les prohiben decidir pero no actuar.

En abril de 2014 se cumplen 7 años de que la Interrupción Legal del Embarazo fuera aprobada en el Distrito Federal. Definitivamente es un paso adelante, sobre todo considerando que todo el esfuerzo previo ha prevalecido casi una década. Sin embargo, no es posible vivir en un mundo de derechos centralizados, en el que el acceso a servicios básicos de salud sólo están disponibles en la capital de un país tan grande y diverso como México.

El 7º Aniversario de la ILE en el D.F. es motivo de reflexión y concienciación.  Hagamos que los derechos universales sean en verdad universales y dejemos de reducir el debate a lo que ocurre entre nuestras orejas. Hay mucho por delante. Abramos los ojos.


Fuentes:

Women’s Global Network for Reproductive Rights
http://www.wgnrr.org/blog/11/unsafe-abortion-not-just-number

Organización Mundial de la Salud
http://www.who.int/mediacentre/factsheets/fs388/en/

Derechos Sexuales y Reproductivos: Avances y retrocesos violentos contra las mujeres mexicanas

En materia de derechos reproductivos, nuestro país cuenta con un largo historial de avances y retrocesos, son estos últimos, por su irracionalidad jurídica, los que han llevado a criminalizar a las mujeres al grado de perseguirlas, denunciarlas y procesarlas, no sólo por el delito de aborto, sino bajo acusaciones de homicidio agravado en razón de parentesco, infanticidio, o fabricando delitos aberrantes como el de homicidio en agravio de un producto en gestación, todos con condenas que promedian los treinta años de prisión.

Con un gobierno local de izquierda y con los cálculos políticos de abordar un tema polémico bien aquilatados, en el mes de abril del año 2007, la Asamblea Legislativa del Distrito Federal votó por la despenalización del aborto voluntario hasta la doceava semana de gestación, aprobando reformas tanto al código penal de la ciudad de México, como a su correspondiente ley de salud. La estrategia legislativa consistió en reformular la definición jurídica del delito de aborto, quedando la siguiente redacción “aborto es la interrupción del embarazo después de la décimo segunda semana de gestación”. Por lo tanto, la interrupción de un embarazo únicamente puede penalizarse a partir de la semana 13 de gestación, siendo lícitos los abortos consentidos o procurados dentro de las primeras 12 semanas de embarazo (Artículo 144 CPDF).

Pasado un mes de que el gobierno de la ciudad inició el servicio de la
interrupción legal del embarazo (ILE), las reacciones del clero político y de los grupos conservadores, que proponemos llamar grupos anti-derechos, comenzaron a organizarse con recursos y actuar de una forma en extremo violenta. El gobierno federal integrado por algunos grupos de extrema derecha, por conducto del titular de la procuración de justicia, y con la complicidad vergonzosa del entonces titular de la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (CNDH), intentaron echar abajo los avances legislativos logrados en la ciudad de México, interponiendo como estrategia de litigio, acciones de inconstitucionalidad ante la Suprema Corte de Justicia de la
Nación. La argumentación central del citado recurso legal, era más ideológica que jurídica y reflejaba un total desconocimiento de los compromisos adquiridos por México a nivel internacional con la firma de los tratados de derechos humanos que protegen a las mujeres, con los objetivos del milenio para disminuir la muerte materna y con el cumplimiento a las recomendaciones que varios organismos internacionales habían hecho en reiteradas ocasiones al Estado mexicano en el sentido de eliminar los marcos restrictivos a los derechos reproductivos.

El histórico día 28 de Agosto del 2008, ocho ministros y ministras de un total de once que forman parte de la Suprema Corte de Justicia de la Nación, resolvieron que las reformas en materia penal y de salud hechas por la Asamblea Legislativa del Distrito Federal, eran constitucionales. Esta resolución representó un parte-aguas político y jurídico para todo el país, pues el concreto derecho a decidir de las mujeres quedó priorizado sobre un abstracto derecho a la vida.

La despenalización del aborto voluntario hasta la doceava semana de
gestación y los servicios de salud reproductiva gratuitos, colocaron a la ciudad de México a la vanguardia en América Latina. El desarrollo
argumentativo que tuvo lugar en lo social y en lo jurídico, será un importante referente para los procesos futuros de la región latinoamericana, por lo que las organizaciones civiles y la academia han cuidado su adecuada documentación.

Unas semanas antes de que finalizara el año 2008, la Suprema Corte de Justicia de la Nación publicó la sentencia que validaba la constitucionalidad de las reformas legislativas en el Distrito Federal. Es importante notar que a diferencia de la riqueza argumentativa del debate en el Pleno, para el engrose de la sentencia, se optó por una enunciación jurídica formalista y excesivamente literal que dejó flancos débiles, de manera intencional, por los que se coló una estrategia perversa de corte conservador con notorios tintes fundamentalistas, planeada desde las cúpulas del poder en contubernio con el clero político y que ha causado graves daños a la vida y a la salud de muchas mujeres mexicanas, que en su mayoría viven pobreza.

La estrategia perversa de corte conservador tenía la clara intención de blindar a las entidades federativas para impedir que se legisle en favor de la despenalización del delito de aborto y vulnerando flagrantemente la laicidad del Estado, en un lapso de dieciocho meses contados a partir de la resolución judicial citada, los congresos locales de 16 Estados de la República Mexicana votaron de una forma irregular y contraria a los principios de la democracia, modificaciones a sus constituciones políticas locales, en el sentido de “proteger la vida desde el momento de la concepción/fecundación hasta la muerte natural”.

Lourdes Enríquez Rosas


Lourdes Enríquez Rosas es profesora, investigadora de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, especialista en estética y filosofía
política, y coordinadora del Seminario de Investigación permanente “Alteridad y Exclusiones: Vocabulario para el debate social y político”

Texto del Programa Universitario de Estudios de Género

Sigue este link para leer el texto completo:

Haz clic para acceder a derechos_sexuales_y_reproductivos_avances_y_retrocesos_violentos_contra_las_mujeres_mexicanas.pdf

10 libros con perspectiva de género

1. Un cuarto propio (1929) de Virginia Woolf

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En este ensayo ficcionalizado, Virginia Woolf presenta las reflexiones que la voz narrativa (que no debe identificarse con la de la autora) hace cuando se le pide que dicte una conferencia sobre el tema “Mujeres y ficción”. Para lograr su cometido, hace un recorrido por la historia literaria inglesa desde la época isabelina hasta principios del siglo XX para señalar las condiciones en que se ha producido la literatura escrita por mujeres. Debate los cánones literarios centrados en la obra de hombres y hace énfasis en que la escasez de escritoras se debe a la falta de oportunidades y educación para mujeres. Finalmente,  cuestiona las representaciones que se hacen de mujeres en textos científicos, religiosos y literarios escritos por hombres, pues construyen una sola idea de lo que es ser mujer que no encarna las muy diversas experiencias que las mujeres viven día a día.

 

2. Canta la hierba (1950) de Doris Lessing

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Mary Turner es asesinada por uno de los trabajadores negros que laboraban en la granja de su esposo, Dick. El asesino espera a que la policía llegue a arrestarlo y Dick pierde la razón. Así comienza la primera novela de Doris Lessing, que narra la vida de Mary, una mujer feliz e independiente quien, debido a la presión de la sociedad en que vive, decide casarse con un hombre al que no ama. Por eso, deja su vida en la ciudad para vivir en una apartada granja en el sur de África. Sin nada que hacer, Mary perderá poco a poco su vitalidad y comenzará a sentirse cada vez más sola, pues la relación con su esposo se basa en una continua lucha por obtener el control de la granja. Todo parece cambiar cuando uno de los trabajadores negros de la granja se convierte en su ayudante dentro de la casa. La novela hace énfasis en las consecuencias negativas que las mujeres experimentan al tener que someterse a las expectativas sociales de su entorno y en las relaciones de poder tanto de género como de raza en África durante la Segunda Guerra Mundial.

 

3. Mujer que sabe latín… (1973) de Rosario Castellanos

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De manera similar al texto de Woolf, Rosario Castellanos escribe una serie de ensayos en los que analiza, en primer lugar, la figura que se tiene de la mujer como “el sexo débil” y la supuesta naturalidad de su papel en el ámbito privado del hogar. También escribe sobre la falta de oportunidades educativas para las mujeres en México y el énfasis que, en cambio, se le da a que las mujeres se casen. Finalmente, escribe breves ensayos biográficos en los que analiza la obra de diversas escritoras que para ella son importantes (desde Virginia Woolf y Simone de Beauvoir a Ivy Compton-Burnett y Natalia Ginzburg).

 

4. Las amantes (1975) de Elfriede Jelinek

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Dos mujeres, Brigitte y Paula, trabajan en una fábrica de ropa interior en un pueblo de los Alpes. La única forma en que pueden ascender de nivel social es casándose. Por eso, ambas harán lo que sea con tal de conquistar a dos hombres que parecen tener un futuro prometedor. Una fracasa, la otra triunfa. ¿Por qué? Con un lenguaje simple, pero sumamente crudo, Jelinek narra los recursos que ambas mujeres utilizan para lograr su cometido (y que incluyen la esclavitud y la prostitución), pues, en la sociedad en que viven, una mujer sin hombre no tiene valor.

 

5. La biblioteca de la piscina (1988) de Alan Hollinghurst

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Situada en el Londres de 1983, la novela narra la amistad que establece William Beckwith, un hombre joven, guapo y adinerado, con Lord Nantwich, un aristócrata anciano que necesita alguien que escriba su biografía. Al mismo tiempo, se presentan los encuentros sexuales clandestinos que William establece con diversos hombres en diversos sitios de Londres para así dibujar un retrato bastante detallado de las costumbres de los hombres homosexuales en esa época inmediatamente anterior al estallido del SIDA. La narración también hace énfasis en cómo las relaciones homosexuales son marcadas por cuestiones de clase, raza y dinero.

 

6. Escrito en el cuerpo (1992) de Jeanette Winterson

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Esta novela narra la relación que la voz narrativa tiene con una mujer casada, las experiencias eróticas que viven, la forma en que entienden el amor y el dolor que experimenta al tener que separarse de ella. Parecería que no hay nada sorprendente en lo anterior, pero si les digo que nunca sabemos si la voz narrativa es de un hombre o una mujer, todo cambia. En este libro, Jeanette Winterson consigue borrar todas las marcas de género por lo que el texto puede leerse como un romance heterosexual o como uno lésbico. Todavía más importante, logra poner en tela de juicio que existan marcas claras entre la forma en que escriben las mujeres y los hombres y, en consecuencia, que existan características que sólo un género tiene y que lo distinguen del otro.

 

7. Fiebre en las gradas (1992) de Nick Hornby

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En este año mundialista, muchos volverán a leer el clásico de Nick Hornby, Fiebre en las gradas. Este libro autobiográfico se centra en el gusto que Hornby adquiere desde niño por el fútbol y su fanatismo por el Arsenal. Si bien parecería que el libro sólo se enfoca en las anécdotas relacionadas al fútbol que el escritor ha vivido, también deja entrever cómo el fútbol está íntimamente relacionado con la construcción de una masculinidad idealizada dentro de su entorno social que él trata de reproducir. El fútbol se convierte, entonces, en un ritual en el que se exalta la masculinidad de sus espectadores en una época en la que las mujeres no podían entrar a los estadios.

 

8. La carretera (2006) de Cormac McCarthy

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En un mundo post-apocalíptico en el que ya no existen plantas ni animales y sólo sobreviven algunos seres humanos, un padre y su hijo emprenden un viaje para tratar de encontrar un lugar donde puedan vivir al mismo tiempo que deben luchar por encontrar comida y no ser atrapados por bandas de caníbales. La novela, al aislar a estos dos personajes, muestra las dificultades que existen para la construcción de una relación armónica entre un padre y su hijo (en una sociedad que privilegia el papel de la madre en la crianza de los infantes), la forma en que puede crearse un vínculo afectivo sano entre ambos y la importancia que el padre tiene en el desarrollo del niño.

 

9. La sangre erguida (2010) de Enrique Serna

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Los protagonistas son un mexicano, un argentino y un español. Sí, como de chiste. ¿El tema? La relación que estos hombres establecen con sus penes. En el caso del mexicano, cómo su miembro lo controla y lo obliga a realizar acciones que él sabe que están mal. El argentino es un actor porno famoso por tener la capacidad de tener erecciones a voluntad… hasta que se enamora y se vuelve impotente. Finalmente, el español es un casanova con un pequeño problema: es impotente porque tiene miedo a que lo critiquen en la cama. Con humor negro, Enrique Serna muestra diversas representaciones de una masculinidad heterosexual que se fundamentan en el poder sexual de los hombres y al mismo tiempo cuestiona las formas en que esta virilidad funciona a favor y en contra de los mismos varones en una sociedad falocéntrica.

 

10. Annabel (2010) de Kathleen Winter

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En una de las regiones más remotas de Canadá, en la década de los sesenta, nace Wayne, un bebé que tiene testículos y pene, pero también vagina. Tras un examen médico que sólo consiste en medir el tamaño del falo del infante para determinar si es pene o clítoris, sus padres deciden que es hombre y le cosen la vagina. El texto presenta los problemas que sus padres viven al tener opiniones y expectativas muy diferentes sobre el género que su hijo debe representar a lo largo de su vida, la crianza de Wayne como hombre, el conflicto que experimenta al no sentirse conforme con el género que sus padres le asignaron, el descubrimiento de su condición como sujeto intersex y la decisión que toma sobre el desarrollo de su propio cuerpo y su identidad sexual.

Antonio Puente Méndez

*El orden de la lista es por el año de publicación.

El día internacional del libro, por qué lo celebramos y la perspectiva de género

Hoy es el Día Internacional del Libro y vale la pena recordar por qué se celebra el 23 de abril. Se ha fijado esta fecha como la ideal para celebrar el día del libro porque también es la fecha en la que “decidimos” conmemorar la muerte de las dos figuras más importantes de la literatura occidental: Don Miguel de Cervantes Saavedra y William Shakespeare. Y digo decidimos porque, en realidad, Cervantes y Shakespeare no murieron el mismo día, pero la diferencia entre los calendarios en Inglaterra y España en 1616 y las discrepancias de ambos con el calendario actual nos han permitido manipular bienintencionadamente los números para poder decir que el Bardo de Stratford y el Manco de Lepanto fallecieron con algunas horas de diferencia nada más. Dicho esto, no deja de ser una idea bonita, que raya en lo místico, el que los dos contribuyentes más relevantes al mundo de las letras hayan dejado de existir al mismo tiempo, como si el uno no pudiera seguir existiendo sin el otro. Así, creo que el Día Internacional del Libro, además de ser una invitación a tomar cualquier libro, lo es también para acercarse en particular a estas dos figuras que, por desgracia, son más comentadas o citadas (Twitter, Facebook, citas apócrifas, etc.) que leídas.

Ahora bien, en el contexto de MICGénero, parece algo extraño que esté recomendando a dos autores que a) no necesitan recomendaciones mías ni de nadie y b) son el centro del canon occidental, sí, el patriarcal, colonizador, excluyente, misógino y clasista canon que ha servido para conquistar, excluir y soslayar a tantxs (sí, te hablo a ti Harold Bloom, aunque no me leas). Creo, sin embargo que hay tres situaciones cruciales que mencionar a este respecto:

La primera, la más obvia, es que el uso que terceros le hayan dado a la obra no debe vilipendiar a la obra misma. ¿Puede alguien culpar a J.D. Salinger por la influencia que tuvo El guardián en el centenoen Mark David Chapman, el asesino de John Lennon? Por supuesto que no. Si alguien lo hace, por favor, reconsidere. Lo mismo se tiene que pensar con la enorme cantidad de horrores innombrables, dentro de la literatura y fuera de los libros, que se han cometido en nombre del canon.

La segunda razón, la personal y la de este post en particular, es la de los propósitos y la metodología de trabajo de MICGénero. Una de las premisas fundamentales de la Muestra es no sólo presentar ni analizar obras que se hayan creado con la perspectiva de género en mente; intentamos poner sobre la mesa la discusión basada en la perspectiva de género de obras que no estén necesariamente relacionadas con ésta, porque el género nos toca a todxs y lo toca todo. Y tal vez no haya mejor ejercicio para la crítica con perspectiva de género que el pensar en las obras de estos dos autores de esta manera.

Esto me lleva al tercer punto, el corpus de ambos autores se presta enormemente para este tipo de lecturas. Ambos autores, desafiantes y rompedores de tradiciones y convenciones, hicieron de muchas cuestiones que ahora discutimos con diferentes recursos teóricos (teoría feminista, queer, el estudio de las masculinidades, etc.) parte esencial de sus textos. Alonso Quijano, también conocido como Don Quijote, en su afán de convertirse en el hombre que miles de ficciones prescriptivas le dijeron que tenía que convertirse –hidalgo, héroe, combatiente y amante— se enamora de una mujer de nombre Aldonza Lorenzo, una “dama” regordeta, chaparra, de tez morena y campesina. Entrecomillo la palabra “dama” porque para que ella lo fuera tendría que ser completamente distinta a como es, pero de eso se encargará el Quijote con su inagotable imaginación. Aldonza Lorenzo, por deseo de la mente del Quijote, se convertirá en Dulcinea del Toboso, descrita como rubia, con la piel más nívea que uno pudiera imaginar y de noble y reconocida familia, claro está. El modelo de la dama petrarquista que le resultaba tan tedioso a Cervantes –y con el que Shakespeare también tiene un pollo que comerse—comienza a operar de forma paródica; resulta gracioso y ridículo que Don Quijote imponga en Aldonza todos esos preceptos inalcanzables después de que una serie de novelas caballerescas repletas de virtudes y valores inalcanzables se los hubieran impuesto a él. La crítica de Cervantes al modelo impuesto de belleza y a la negación de cualquier otro es tan aguda en tanto el Quijote no esté al tanto de ella y Sancho, dueño de unos momentos de lucidez asombrosa así como de unos de inocencia enternecedores, lo pueda comentar con libertad absoluta. Este aspecto, aunque es mucho más evidente en la larga “relación” entre el hidalgo y su amada es un recurso frecuente en todos los pequeños episodios que componen el Quijote y las muchas mujeres que aparecen en él. Sobra incluso mencionar la discusión que el Quijote nos obliga a emprender en cuanto a la definición de la masculinidad en la obra, si el Quijote busca convertirse en el Quijote porque lo desea o porque sus interminables lecturas le han dicho que un hombre sólo vale si lucha contra gigantes, ahuyenta leones y salva damas.

Lo mismo y más se puede decir de Shakespeare, famoso por sus personajes femeninos tan distintos de todos los de su época y aún muy adelantados a muchos contemporáneos. Explorar la lectura con perspectiva de género en la obra del dramaturgo inglés puede ser una tarea interminable: la relación entre Romeo y Julieta, por ejemplo, en la que no vemos a dos adolescentes mensos hacer estupideces por “amor” y ya, vemos, en cambio, a uno de los antes mencionados y a una Julieta en la que las restricciones impuestas por su padre, su relación con la nodriza, el descubrimiento de su sexualidad y su agudísima inteligencia confluyen para crear un personaje por demás complejo e interesantísimo. Algo similar podemos leer en la relación de los Macbeth: desde la eterna pregunta de si tuvieron hijos o no y la subsecuente duda que la acecha en cuanto a su valía como mujer en caso de que haya tenido hijos que murieron o jamás pudo concebir; la redefinición del concepto de hombría que tiene Macbeth de él mismo una vez que es su esposa quien “se pone los pantalones” y cómo eso cambia nuestra percepción de ambos; y, por supuesto, la constante fuerza motora de la obra, las brujas, mujeres, marginadas, pobres, que en su rebeldía contra las instituciones logran cambiar el curso de la historia (si es la lectura que le queremos dar) desde fuera del poder, desde los márgenes. También nos puede llevar a interesantes conclusiones la exploración de La Tempestad en cuanto a la definición de la masculinidad y de quién es un buen hombre y quién no que se nos plantea mientras muchos hombres se comportan y manifiestan de muy diversas maneras frente a Miranda, la única mujer en la obra. La lista podría seguir y seguir, pero, para que me dejen de leer a mí y vayan a leer a Shakespeare, aquí la dejo.

No sobra mucho qué decir, más que: hoy 23 de abril tenemos la excusa perfecta para volver a visitar, o conocer por primera vez a los dos escritores más importantes que ha dado la humanidad y, por supuesto, #LeerConPerspectiva.

 

¡Feliz día del libro!

José Carlos Ramos

Día Internacional del Libro: El amante, Marguerite Duras

Existen visiones que muestran otras maneras de vivir. Ambiguas formas que se confunden con recuerdos. Sentir es un acto que a menudo se confunde con recordar. “Muy pronto en mi vida fue demasiado tarde” escribe Marguerite Duras y con esas palabras algo muy profundo resuena. Es la lluvia de las tardes donde dos cuerpos se buscan el temblor del corazón. El amante es el relato del encuentro entre una chica de quince años y un hombre de casi treinta. Acudimos al festejo de la desnudez, a la humedad de las tardes de los cuerpos transmutada en palabras. Sin saberlo de manera racional, presentí que la escritura de ese libro, que en mis manos se deshacía en sensaciones, era el triunfo de una mujer enseñando su verdadero rostro.

Escribir es mirarse en el espejo y de tanto contemplarse ya no saber qué es lo que se está mirando. Cada vez que una de nosotras se detiene frente al espejo es urgente desnudarse de muchas visiones impuestas, y para eso el cuerpo es el mejor aliado. El placer como camino hacia el descubrimiento. Ser una, con la propia carne y los huesos y los ritmos extraños y las palabras que se escurren entre las piernas. Y sólo así recordar se transforma en un acto colectivo que nace del reconocimiento de una misma. Le debo a Marguerite Duras la sed y la lluvia. Le debo más, pero quizá nunca lo pueda poner en palabras, pues como ella misma afirma: “No se puede escribir sin la fuerza del cuerpo. Para abordar la escritura hay que ser más fuerte que uno mismo, hay que ser más fuerte que lo que se escribe”

 Oriana Jiménez Castro

Día Internacional del Libro: Casa desolada, Charles Dickens

Hace poco caí, casi por error, en las redes de Charles Dickens. Ante mí estaba Casa desolada, una novela gorda y poco conocida. En realidad no sé por qué la elegí, pues desde el principio creí que la iba a odiar. Como dice Margaret Atwood, encontrar un buen libro es una cuestión de azar, pues depende de que éste sea el libro adecuado y de que nosotros estemos en el momento adecuado para leerlo. Quizá mi problema en la universidad al leer Grandes esperanzas fue que mi vida no se había acomodado, o que la novela no es el mejor de mis Dickens posibles. Pero algo cambió con Casa desolada: me enfrenté con el maravilloso mundo de la gente que espera a que se resuelvan casos, con personajes tan bien trazados que una característica (su aversión a que la gente les dé las gracias) los describe a la perfección.

La novela está narrada en dos partes que se intercalan: en una Esther Summerson, la protagonista huérfana, nos cuenta su vida, y en la otra un narrador omnisciente revela la verdad sobre los padres de Esther.

Estamos acostumbrados a que las mujeres sean guapas. Una mujer, además de ser cualquier otra cosa, tiene que tener una cara bonita, cuerpo de modelo,  e ir bien vestida. Es una de las horribles falacias con las que una sociedad obsesionada con el peso de alguna famosa nos obliga a vivir. Esther Summerson empieza siendo muy bonita, pero a la mitad de la novela le da una enfermedad típicamente victoriana y de repente se vuelve “fea”. No explica si quedó marcada por alguna cicatriz o si se le enflaqueció la cara, pero ahora resulta que es fea. Me pasé toda la novela angustiadísima, esperando que con el mismo súbito que llegó la fealdad se fuera. Pero no lo hizo. Al final no importa, porque Esther es tan buena que el hombre del que está enamorada la quiere igual, y aunque quizá Dickens no hace un comentario sobre las mujeres tratadas como objeto, por lo menos fue muy interesante darme cuenta que yo también, sin querer, caigo en la falacia de que lo único que importa en una mujer es que sea bonita. Pero quizá lo más importante que aprendí de todo el proceso es que Dickens es un escritor extraordinario, pero sobre todo que hay que darle segundas oportunidades a las cosas, a ver si algo cambió.

Ana Laura Magis Weinberg

Las otras de las otras: subalternas, periféricas, tercermundistas y poscoloniales

Reflexiones en torno al trabajo con mujeres indígenas por la Igualdad de Género

Lourdes Gallardo Robles

Los inicios del feminismo nos remontan a la Europa occidental del siglo XVII. Con el surgimiento del movimiento filosófico y político de la Ilustración nace también el movimiento crítico, ético y político del feminismo. Bajo las premisas de igualdad, racionalidad, autonomía y libertad transcurre la Ilustración que, entre otras cosas, pretendía desmontar las bases de la desigualdad “natural” que legitimaban el Antiguo Régimen. Los filósofos de la Ilustración intentaban demostrar que la racionalidad era un atributo universal. Sin embargo, los privilegios derivados de ésta sólo le correspondían a unos cuantos individuos: hombres, blancos y propietarios.

Los hombres ilustrados al intentar superar la lógica excluyente de la sociedad medieval, crearon argumentos para negar la autonomía a ‘otros’ sobre la base de esta distinción entre lo público, con seres autónomos iguales en derechos, y lo privado, con seres dependientes que por sus características naturales eran presuntamente incapaces de gobernarse a sí mismos: mujeres, proletarios y los ‘otros’ colonizados”. (Liliana Suárez, 2008)

Así, las mujeres fueron definidas y construidas a partir de su “diferencia” como “el otro” del hombre, seres inferiores, incapaces de una racionalidad que les permita dictarse sus propias normas, controlar sus pasiones; seres gobernados por su “naturaleza” salvaje. Es en estas contradicciones del pensamiento ilustrado donde surgen las primeras críticas y cuestionamientos de algunas escritoras(es) a los principios filosóficos y políticos que pretendían legitimar la subordinación social de las mujeres. (Estela Serret, 2008). En este contexto político, económico y social podemos ubicar los orígenes del movimiento feminista, como respuesta a las desigualdades que el la Ilustración había traído para las mujeres. Surge como una reivindicación de las mujeres (y de algunos hombres) para ser incluidas en la vida pública (acceso a la educación, empleo, espacios políticos) y como una lucha que buscaba el reconocimiento de las mujeres como ciudadanas, con autonomía, raciocinio y capacidad de decisión.

Durante los siglos posteriores, las diferentes corrientes y olas del movimiento feminista enarbolaron una serie de luchas por el reconocimiento y el pleno ejercicio de los derechos de las mujeres a la educación, a la propiedad, al trabajo remunerado, al voto, a la igualdad, y a decidir sobre su propio cuerpo y proyecto de vida. En suma, se conformaron diversos frentes para conseguir lo que les había sido negado, constituirse en sujetas de derechos.

Los resultados de las conquistas legítimas e imprescindibles del feminismo han sido fundamentales para incidir y modificar las condiciones de vida de millones de mujeres alrededor del mundo, lo que se ha traducido en mayores oportunidades y acceso a la educación, al empleo remunerado, a los servicios de salud y a los espacios de participación política. Sin embargo, si entendemos posición como la ubicación social y política de las mujeres con respecto a los hombres (Young, 1988), podríamos decir que la de las mujeres se ha modificado muy poco. Si agregamos la condición étnica, de clase o etaria, las condiciones y posiciones sociales se complejizan aún más y adquieren otros matices y dimensiones.

Los procesos históricos y sociales que dieron origen al feminismo en los países europeos, han sido muy distintos a los de nuestras sociedades latinoamericanas, pues están marcados por sus historias de colonialismo. Por colonialismo me refiero a “un patrón de poder que opera a través de la naturalización de jerarquías raciales, sociales y de género que posibilitan la reproducción de relaciones de dominación territoriales y epistémicas que no sólo garantizan la explotación por el capital de unos seres humanos por otros a escala mundial sino que también subalternizan y obliteran los conocimientos, experiencias y formas de vida de quienes son así dominados y explotados” (Quijano, 2000).

El feminismo occidental, al igual que las ciencias sociales y la planificación del desarrollo económico y social realizado por las grandes agencias de Cooperación Internacional, no han escapado a estas estructuras de pensamiento colonialista. El feminismo occidental se ha erigido como portavoz de las mujeres del mundo “nace con una pretensión de universalismo semejante al que le ha excluido” (Liliana, Suárez, 20008). Así, plasma las necesidades y demandas de una gran diversidad de mujeres –insertas en la pluralidad de contextos históricos, sociales, económicos y políticos alrededor del mundo–, en una agenda política, la cual se ha consolidado como la única vía para alcanzar la equidad de género. Las mujeres blancas, mestizas, letradas, clasemedieras son quienes orientan y dirigen a sus “otras”, como si ellas fuesen incapaces de conducir sus propias vidas, lo que supone no sólo la superioridad intelectual sobre las mujeres indígenas sino que subalterniza y oblitera sus conocimientos, experiencias y formas de vida. Son entonces, así definidas y construidas por sus diferencias, como las “otras” de las “otras”, seres inferiores, incapaces de una racionalidad que les permita emanciparse. “Son las otras mujeres de aquel sujeto histórico: son las otras de las otras, mujeres tradicionales, creyentes, mestizas, pertenecientes a minorías, pobres o que viven en el Sur”. (Gómez-Quintero y Franco, 2011)

Desde mediados del siglo XX, especialmente en las últimas décadas, los programas de Cooperación Internacional para el desarrollo, principalmente de países europeos, han promovido plataformas, programas y estrategias enfocados a la eliminación de la violencia y discriminación hacia las mujeres, así como a la búsqueda de la equidad. Sin embargo, debemos de tener en cuenta los contextos socioculturales en los cuales se implementan estos programas y proyectos. Impulsar agendas y procesos sociales enfocados a transformar las relaciones de desigualdad entre hombres y mujeres en contextos como el nuestro, implica considerar nuestras especificidades sociales, históricas, culturales y económicas.

En el caso de las mujeres indígenas de nuestro país, hay diversos factores a considerar:

El aspecto material es de gran importancia, pues sin las condiciones materiales mínimas para la supervivencia, resulta imposible desarrollar habilidades, propiciar la capacidad dialógica de los sujetos o pensar en procesos de concientización o empoderamiento de los sectores subalternos. Los principios y valores que orientan sus prácticas y configuran sus subjetividades son diferentes a los de las sociedades occidentales, donde la religiosidad y la colectividad juegan un papel importante en la construcción de identidades. En este sentido, sería erróneo partir de valores o principios universales. Otro aspecto que ha suscitado diversos debates es la incorporación de las mujeres indígenas al mercado de trabajo capitalista. Esto suele ser visto como un acto de “liberación femenina”. Sin embargo cabría preguntarse si detrás de la emancipación, está la lógica expansionista del capitalismo y si tendría que pasar por la proletarización, por la autosuficiencia comunitaria o por otras formas de subsistencia. (Gómez-Quintero y Franco, 2011).

Con lo anterior, no pretendo desvirtuar los grandes aportes y alcances de los programas, planes y estrategias desarrollados por los actores de la Cooperación Internacional para el desarrollo. Sin duda han sido y siguen siendo necesarios y de gran importancia en la disminución de la violencia y discriminación hacia las mujeres, así como en la búsqueda de la equidad.

Considero que es necesario emprender un análisis crítico sobre nuestras prácticas y las relaciones de poder que establecemos y reproducimos con las otras(os). Ser conscientes del lugar que ocupamos en la estructura social, económica y política es fundamental para superar nuestros propios sesgos colonialistas. Así como reconocer y valorar las diversas formas de mirar y estar en el mundo, sin subestimar, descalificar o jerarquizar otras subjetividades, prácticas, significados y cosmovisiones.

Igualmente me parece importante reflexionar en la forma en que se operativizan algunos programas y proyectos, así como en los mecanismos empleados para conseguir sus objetivos, pues los tiempos que marcan las agencias o financiadoras internacionales en ocasiones son muy distintos a los tiempos de los pueblos indígenas. Asimismo, el tratamiento teórico y metodológico que se les da a estos procesos muchas veces responde a lógicas occidentales.

Por último, considero que es fundamental reconocer que las formas de opresión no son las mismas para todas las mujeres, sobre todo cuando otras estructuras opresoras como la clase y la etnia están en juego.

La opresión de la mujeres no conoce fronteras raciales o étnicas, cierto, pero esto no implica que esa opresión sea idéntica dentro de esas diferencias. “(Liliana, Suárez, 20008).

Estas reflexiones se formulan desde mi experiencia.  Digo esto con el fin de subrayar la importancia de visualizar el lugar y posición desde donde se habla. Siguiendo a Chandra Mohanty, nuestro lugar de enunciación determina la manera en que vivimos y percibimos las relaciones de dominación. Es por ello que estas reflexiones las escribo desde el contexto histórico y social en donde he vivido y en el que he desarrollado mi trabajo profesional.

Bibliografía

  • Gómez-Quintero Juan D., Franco Martínez Juan A. (2011) “La agenda oculta de la igualdad de género en el desarrollo” en Dossier Feminismo y postcolonialidad, Andamios. Revista de Investigación Social, Vol.8, número 17, ed. UACM, México. Págs.37-60.
  • Suárez, N. Liliana, Hernández Rosalva, A. (eds.), (2008), Descolonizando el feminismo. Teorías y prácticas desde los márgenes, Madrid, Ed. Cátedra/instituto de la Mujer.
  • Serret, Estela, (2008) Qué es y para qué sirve la perspectiva de género. Libro de texto para la asignatura: Perspectiva de género en la educación superior, México, Instituto de la Mujer Oaxaqueña. Págs. 15-17.
  • Quijano, A. (2000), “Colonialidad del poder, eurocentrismo y América Latina”, en Edgardo Lander (comp.) La colonialidad del saber: eurocentrismo y ciencias sociales. Perspectivas latinoamericanas, Buenos Aires, CLACSO, págs. 201-246.