Las otras de las otras: subalternas, periféricas, tercermundistas y poscoloniales

Reflexiones en torno al trabajo con mujeres indígenas por la Igualdad de Género

Lourdes Gallardo Robles

Los inicios del feminismo nos remontan a la Europa occidental del siglo XVII. Con el surgimiento del movimiento filosófico y político de la Ilustración nace también el movimiento crítico, ético y político del feminismo. Bajo las premisas de igualdad, racionalidad, autonomía y libertad transcurre la Ilustración que, entre otras cosas, pretendía desmontar las bases de la desigualdad “natural” que legitimaban el Antiguo Régimen. Los filósofos de la Ilustración intentaban demostrar que la racionalidad era un atributo universal. Sin embargo, los privilegios derivados de ésta sólo le correspondían a unos cuantos individuos: hombres, blancos y propietarios.

Los hombres ilustrados al intentar superar la lógica excluyente de la sociedad medieval, crearon argumentos para negar la autonomía a ‘otros’ sobre la base de esta distinción entre lo público, con seres autónomos iguales en derechos, y lo privado, con seres dependientes que por sus características naturales eran presuntamente incapaces de gobernarse a sí mismos: mujeres, proletarios y los ‘otros’ colonizados”. (Liliana Suárez, 2008)

Así, las mujeres fueron definidas y construidas a partir de su “diferencia” como “el otro” del hombre, seres inferiores, incapaces de una racionalidad que les permita dictarse sus propias normas, controlar sus pasiones; seres gobernados por su “naturaleza” salvaje. Es en estas contradicciones del pensamiento ilustrado donde surgen las primeras críticas y cuestionamientos de algunas escritoras(es) a los principios filosóficos y políticos que pretendían legitimar la subordinación social de las mujeres. (Estela Serret, 2008). En este contexto político, económico y social podemos ubicar los orígenes del movimiento feminista, como respuesta a las desigualdades que el la Ilustración había traído para las mujeres. Surge como una reivindicación de las mujeres (y de algunos hombres) para ser incluidas en la vida pública (acceso a la educación, empleo, espacios políticos) y como una lucha que buscaba el reconocimiento de las mujeres como ciudadanas, con autonomía, raciocinio y capacidad de decisión.

Durante los siglos posteriores, las diferentes corrientes y olas del movimiento feminista enarbolaron una serie de luchas por el reconocimiento y el pleno ejercicio de los derechos de las mujeres a la educación, a la propiedad, al trabajo remunerado, al voto, a la igualdad, y a decidir sobre su propio cuerpo y proyecto de vida. En suma, se conformaron diversos frentes para conseguir lo que les había sido negado, constituirse en sujetas de derechos.

Los resultados de las conquistas legítimas e imprescindibles del feminismo han sido fundamentales para incidir y modificar las condiciones de vida de millones de mujeres alrededor del mundo, lo que se ha traducido en mayores oportunidades y acceso a la educación, al empleo remunerado, a los servicios de salud y a los espacios de participación política. Sin embargo, si entendemos posición como la ubicación social y política de las mujeres con respecto a los hombres (Young, 1988), podríamos decir que la de las mujeres se ha modificado muy poco. Si agregamos la condición étnica, de clase o etaria, las condiciones y posiciones sociales se complejizan aún más y adquieren otros matices y dimensiones.

Los procesos históricos y sociales que dieron origen al feminismo en los países europeos, han sido muy distintos a los de nuestras sociedades latinoamericanas, pues están marcados por sus historias de colonialismo. Por colonialismo me refiero a “un patrón de poder que opera a través de la naturalización de jerarquías raciales, sociales y de género que posibilitan la reproducción de relaciones de dominación territoriales y epistémicas que no sólo garantizan la explotación por el capital de unos seres humanos por otros a escala mundial sino que también subalternizan y obliteran los conocimientos, experiencias y formas de vida de quienes son así dominados y explotados” (Quijano, 2000).

El feminismo occidental, al igual que las ciencias sociales y la planificación del desarrollo económico y social realizado por las grandes agencias de Cooperación Internacional, no han escapado a estas estructuras de pensamiento colonialista. El feminismo occidental se ha erigido como portavoz de las mujeres del mundo “nace con una pretensión de universalismo semejante al que le ha excluido” (Liliana, Suárez, 20008). Así, plasma las necesidades y demandas de una gran diversidad de mujeres –insertas en la pluralidad de contextos históricos, sociales, económicos y políticos alrededor del mundo–, en una agenda política, la cual se ha consolidado como la única vía para alcanzar la equidad de género. Las mujeres blancas, mestizas, letradas, clasemedieras son quienes orientan y dirigen a sus “otras”, como si ellas fuesen incapaces de conducir sus propias vidas, lo que supone no sólo la superioridad intelectual sobre las mujeres indígenas sino que subalterniza y oblitera sus conocimientos, experiencias y formas de vida. Son entonces, así definidas y construidas por sus diferencias, como las “otras” de las “otras”, seres inferiores, incapaces de una racionalidad que les permita emanciparse. “Son las otras mujeres de aquel sujeto histórico: son las otras de las otras, mujeres tradicionales, creyentes, mestizas, pertenecientes a minorías, pobres o que viven en el Sur”. (Gómez-Quintero y Franco, 2011)

Desde mediados del siglo XX, especialmente en las últimas décadas, los programas de Cooperación Internacional para el desarrollo, principalmente de países europeos, han promovido plataformas, programas y estrategias enfocados a la eliminación de la violencia y discriminación hacia las mujeres, así como a la búsqueda de la equidad. Sin embargo, debemos de tener en cuenta los contextos socioculturales en los cuales se implementan estos programas y proyectos. Impulsar agendas y procesos sociales enfocados a transformar las relaciones de desigualdad entre hombres y mujeres en contextos como el nuestro, implica considerar nuestras especificidades sociales, históricas, culturales y económicas.

En el caso de las mujeres indígenas de nuestro país, hay diversos factores a considerar:

El aspecto material es de gran importancia, pues sin las condiciones materiales mínimas para la supervivencia, resulta imposible desarrollar habilidades, propiciar la capacidad dialógica de los sujetos o pensar en procesos de concientización o empoderamiento de los sectores subalternos. Los principios y valores que orientan sus prácticas y configuran sus subjetividades son diferentes a los de las sociedades occidentales, donde la religiosidad y la colectividad juegan un papel importante en la construcción de identidades. En este sentido, sería erróneo partir de valores o principios universales. Otro aspecto que ha suscitado diversos debates es la incorporación de las mujeres indígenas al mercado de trabajo capitalista. Esto suele ser visto como un acto de “liberación femenina”. Sin embargo cabría preguntarse si detrás de la emancipación, está la lógica expansionista del capitalismo y si tendría que pasar por la proletarización, por la autosuficiencia comunitaria o por otras formas de subsistencia. (Gómez-Quintero y Franco, 2011).

Con lo anterior, no pretendo desvirtuar los grandes aportes y alcances de los programas, planes y estrategias desarrollados por los actores de la Cooperación Internacional para el desarrollo. Sin duda han sido y siguen siendo necesarios y de gran importancia en la disminución de la violencia y discriminación hacia las mujeres, así como en la búsqueda de la equidad.

Considero que es necesario emprender un análisis crítico sobre nuestras prácticas y las relaciones de poder que establecemos y reproducimos con las otras(os). Ser conscientes del lugar que ocupamos en la estructura social, económica y política es fundamental para superar nuestros propios sesgos colonialistas. Así como reconocer y valorar las diversas formas de mirar y estar en el mundo, sin subestimar, descalificar o jerarquizar otras subjetividades, prácticas, significados y cosmovisiones.

Igualmente me parece importante reflexionar en la forma en que se operativizan algunos programas y proyectos, así como en los mecanismos empleados para conseguir sus objetivos, pues los tiempos que marcan las agencias o financiadoras internacionales en ocasiones son muy distintos a los tiempos de los pueblos indígenas. Asimismo, el tratamiento teórico y metodológico que se les da a estos procesos muchas veces responde a lógicas occidentales.

Por último, considero que es fundamental reconocer que las formas de opresión no son las mismas para todas las mujeres, sobre todo cuando otras estructuras opresoras como la clase y la etnia están en juego.

La opresión de la mujeres no conoce fronteras raciales o étnicas, cierto, pero esto no implica que esa opresión sea idéntica dentro de esas diferencias. “(Liliana, Suárez, 20008).

Estas reflexiones se formulan desde mi experiencia.  Digo esto con el fin de subrayar la importancia de visualizar el lugar y posición desde donde se habla. Siguiendo a Chandra Mohanty, nuestro lugar de enunciación determina la manera en que vivimos y percibimos las relaciones de dominación. Es por ello que estas reflexiones las escribo desde el contexto histórico y social en donde he vivido y en el que he desarrollado mi trabajo profesional.

Bibliografía

  • Gómez-Quintero Juan D., Franco Martínez Juan A. (2011) “La agenda oculta de la igualdad de género en el desarrollo” en Dossier Feminismo y postcolonialidad, Andamios. Revista de Investigación Social, Vol.8, número 17, ed. UACM, México. Págs.37-60.
  • Suárez, N. Liliana, Hernández Rosalva, A. (eds.), (2008), Descolonizando el feminismo. Teorías y prácticas desde los márgenes, Madrid, Ed. Cátedra/instituto de la Mujer.
  • Serret, Estela, (2008) Qué es y para qué sirve la perspectiva de género. Libro de texto para la asignatura: Perspectiva de género en la educación superior, México, Instituto de la Mujer Oaxaqueña. Págs. 15-17.
  • Quijano, A. (2000), “Colonialidad del poder, eurocentrismo y América Latina”, en Edgardo Lander (comp.) La colonialidad del saber: eurocentrismo y ciencias sociales. Perspectivas latinoamericanas, Buenos Aires, CLACSO, págs. 201-246.
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