El día internacional del libro, por qué lo celebramos y la perspectiva de género

Hoy es el Día Internacional del Libro y vale la pena recordar por qué se celebra el 23 de abril. Se ha fijado esta fecha como la ideal para celebrar el día del libro porque también es la fecha en la que “decidimos” conmemorar la muerte de las dos figuras más importantes de la literatura occidental: Don Miguel de Cervantes Saavedra y William Shakespeare. Y digo decidimos porque, en realidad, Cervantes y Shakespeare no murieron el mismo día, pero la diferencia entre los calendarios en Inglaterra y España en 1616 y las discrepancias de ambos con el calendario actual nos han permitido manipular bienintencionadamente los números para poder decir que el Bardo de Stratford y el Manco de Lepanto fallecieron con algunas horas de diferencia nada más. Dicho esto, no deja de ser una idea bonita, que raya en lo místico, el que los dos contribuyentes más relevantes al mundo de las letras hayan dejado de existir al mismo tiempo, como si el uno no pudiera seguir existiendo sin el otro. Así, creo que el Día Internacional del Libro, además de ser una invitación a tomar cualquier libro, lo es también para acercarse en particular a estas dos figuras que, por desgracia, son más comentadas o citadas (Twitter, Facebook, citas apócrifas, etc.) que leídas.

Ahora bien, en el contexto de MICGénero, parece algo extraño que esté recomendando a dos autores que a) no necesitan recomendaciones mías ni de nadie y b) son el centro del canon occidental, sí, el patriarcal, colonizador, excluyente, misógino y clasista canon que ha servido para conquistar, excluir y soslayar a tantxs (sí, te hablo a ti Harold Bloom, aunque no me leas). Creo, sin embargo que hay tres situaciones cruciales que mencionar a este respecto:

La primera, la más obvia, es que el uso que terceros le hayan dado a la obra no debe vilipendiar a la obra misma. ¿Puede alguien culpar a J.D. Salinger por la influencia que tuvo El guardián en el centenoen Mark David Chapman, el asesino de John Lennon? Por supuesto que no. Si alguien lo hace, por favor, reconsidere. Lo mismo se tiene que pensar con la enorme cantidad de horrores innombrables, dentro de la literatura y fuera de los libros, que se han cometido en nombre del canon.

La segunda razón, la personal y la de este post en particular, es la de los propósitos y la metodología de trabajo de MICGénero. Una de las premisas fundamentales de la Muestra es no sólo presentar ni analizar obras que se hayan creado con la perspectiva de género en mente; intentamos poner sobre la mesa la discusión basada en la perspectiva de género de obras que no estén necesariamente relacionadas con ésta, porque el género nos toca a todxs y lo toca todo. Y tal vez no haya mejor ejercicio para la crítica con perspectiva de género que el pensar en las obras de estos dos autores de esta manera.

Esto me lleva al tercer punto, el corpus de ambos autores se presta enormemente para este tipo de lecturas. Ambos autores, desafiantes y rompedores de tradiciones y convenciones, hicieron de muchas cuestiones que ahora discutimos con diferentes recursos teóricos (teoría feminista, queer, el estudio de las masculinidades, etc.) parte esencial de sus textos. Alonso Quijano, también conocido como Don Quijote, en su afán de convertirse en el hombre que miles de ficciones prescriptivas le dijeron que tenía que convertirse –hidalgo, héroe, combatiente y amante— se enamora de una mujer de nombre Aldonza Lorenzo, una “dama” regordeta, chaparra, de tez morena y campesina. Entrecomillo la palabra “dama” porque para que ella lo fuera tendría que ser completamente distinta a como es, pero de eso se encargará el Quijote con su inagotable imaginación. Aldonza Lorenzo, por deseo de la mente del Quijote, se convertirá en Dulcinea del Toboso, descrita como rubia, con la piel más nívea que uno pudiera imaginar y de noble y reconocida familia, claro está. El modelo de la dama petrarquista que le resultaba tan tedioso a Cervantes –y con el que Shakespeare también tiene un pollo que comerse—comienza a operar de forma paródica; resulta gracioso y ridículo que Don Quijote imponga en Aldonza todos esos preceptos inalcanzables después de que una serie de novelas caballerescas repletas de virtudes y valores inalcanzables se los hubieran impuesto a él. La crítica de Cervantes al modelo impuesto de belleza y a la negación de cualquier otro es tan aguda en tanto el Quijote no esté al tanto de ella y Sancho, dueño de unos momentos de lucidez asombrosa así como de unos de inocencia enternecedores, lo pueda comentar con libertad absoluta. Este aspecto, aunque es mucho más evidente en la larga “relación” entre el hidalgo y su amada es un recurso frecuente en todos los pequeños episodios que componen el Quijote y las muchas mujeres que aparecen en él. Sobra incluso mencionar la discusión que el Quijote nos obliga a emprender en cuanto a la definición de la masculinidad en la obra, si el Quijote busca convertirse en el Quijote porque lo desea o porque sus interminables lecturas le han dicho que un hombre sólo vale si lucha contra gigantes, ahuyenta leones y salva damas.

Lo mismo y más se puede decir de Shakespeare, famoso por sus personajes femeninos tan distintos de todos los de su época y aún muy adelantados a muchos contemporáneos. Explorar la lectura con perspectiva de género en la obra del dramaturgo inglés puede ser una tarea interminable: la relación entre Romeo y Julieta, por ejemplo, en la que no vemos a dos adolescentes mensos hacer estupideces por “amor” y ya, vemos, en cambio, a uno de los antes mencionados y a una Julieta en la que las restricciones impuestas por su padre, su relación con la nodriza, el descubrimiento de su sexualidad y su agudísima inteligencia confluyen para crear un personaje por demás complejo e interesantísimo. Algo similar podemos leer en la relación de los Macbeth: desde la eterna pregunta de si tuvieron hijos o no y la subsecuente duda que la acecha en cuanto a su valía como mujer en caso de que haya tenido hijos que murieron o jamás pudo concebir; la redefinición del concepto de hombría que tiene Macbeth de él mismo una vez que es su esposa quien “se pone los pantalones” y cómo eso cambia nuestra percepción de ambos; y, por supuesto, la constante fuerza motora de la obra, las brujas, mujeres, marginadas, pobres, que en su rebeldía contra las instituciones logran cambiar el curso de la historia (si es la lectura que le queremos dar) desde fuera del poder, desde los márgenes. También nos puede llevar a interesantes conclusiones la exploración de La Tempestad en cuanto a la definición de la masculinidad y de quién es un buen hombre y quién no que se nos plantea mientras muchos hombres se comportan y manifiestan de muy diversas maneras frente a Miranda, la única mujer en la obra. La lista podría seguir y seguir, pero, para que me dejen de leer a mí y vayan a leer a Shakespeare, aquí la dejo.

No sobra mucho qué decir, más que: hoy 23 de abril tenemos la excusa perfecta para volver a visitar, o conocer por primera vez a los dos escritores más importantes que ha dado la humanidad y, por supuesto, #LeerConPerspectiva.

 

¡Feliz día del libro!

José Carlos Ramos

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