En las faldas de Disney

El otro día mi hermana y yo vimos una película de nuestra infancia con nuestra prima de Argentina que ella, ávida fanática de Disney [1], nunca vio: La princesa encantada. La película está medio basada en El lago de los cisnes: Odette es capturada por el hechicero Rubarto quien la convierte en cisne hasta que el príncipe Derek la rescata (matando a Rubarto y jurándole a Odette un voto de amor eterno).

Lo malo de volver a las cosas de la infancia es que suelen ser mucho peor de lo que recordábamos, y éste definitivamente fue el caso con La princesa encantada. Lo que me molestó no fue tanto la calidad, sino lo machista que es la película. Existe el test Bechdel, desarrollado a partir de lo que dos personajes discuten en un comic escrito por Alison Bechdel en 1985. Es una prueba simple para comprobar lo bien o mal representadas que están las mujeres en una película (o en cualquier medio, en realidad). Para pasarlo, la película tiene que incluir por lo menos dos mujeres (La princesa encantada, quien triunfa, pues al fin y al cabo es la princesa; y la Reina Uberta), que estas mujeres hablen entre sí (cosa que no sucede en la película), y por último que sus conversaciones giren en torno a algo más que hombres. Odette pasa toda la película hablando de Derek: vemos la vertiginosa infancia de ambos en una canción mientras éstos se pelean (naturalmente la princesa sólo habla de cuánto odia al príncipe), después habla con su padre sobre por qué rechazó la boda, y finalmente conversa con sus amigos del lago —una rana, una tortuga y un frailecillo— sobre cómo espera que Derek la vaya a rescatar. La Reina Uberta, por su parte, habla de y con su hijo acerca de su posible boda, y una bruja (la única otra mujer) que resulta ni siquiera tener poderes y se reduce a gesticular, pues es muda (bastante triste que ni siquiera el personaje que viene de la tradición de satanizar a las mujeres tenga algo de importancia). Pero la prueba Bechdel no es la única forma de saber si una película es feminista, y aunque algunas reprueban el examen, siguen mostrándonos personajes femeninos fuertes. No es el caso de La princesa encantada.

Peor que la falta de conversaciones es la falta de agentividad que tienen estas mujeres, sobre todo Odette. Después de pasar quince años odiándose, la canción del principio muestra que, al convertirse en adultos, Derek y Odette se enamoran con tan sólo verse. La canción, ahora romántica, se transforma en una celebración mientras los sirvientes entran con comida y arreglos, listos para que empiece la boda. Odette detiene todo y le pregunta a Derek por qué la ama. “Eres  todo cuánto quiero. Eres hermosa”, contesta. “¿Pero qué más? ¿Es la belleza para ti lo único que cuenta?” Cuando Derek no puede dar ninguna respuesta Odette se va, y parece que todos los planes de la boda quedan frustrados. “Necesito saber que me ama; que me ama por ser yo” dice ella a su padre antes de que Rubarto los ataque, mate al rey y haga de la princesa su prisionera encantada. Odette pasa el resto de la película lamentándose y esperando a que Derek la rescate. El único momento en que ella decide sobre su vida es cuando interrumpe la boda, pues necesita saber que la aman, pero pronto este argumento es olvidado. La protagonista que dudó del amor de pronto se convence de que la rescatarán precisamente por eso. La única Odette con algo de personalidad que vemos en toda la película es la niña que durante cuatro minutos en la canción del principio se pelea a golpes con Derek y su amigo/patiño. Pelean como iguales y además les gana.

En el coche con mi prima, cantando las canciones de todas las películas de Disney a las que tenemos acceso, me acordé de cuando fuimos a California. Nos obligó (a mí y a sus hermanos) a hacer la fila para tomarnos fotos con las princesas, fila que inevitablemente estaba llena de niñas disfrazadas. Una iba de Ariel mientras su hermanito iba de Flounder. En ese momento me sorprendió su elección de personaje, pero en realidad tenía (y sigue teniendo) pocas opciones: no fue hasta que Disney compró Marvel (y ahora Star Wars) que el gigante del entretenimiento pudo proponer personajes interesantes para los niños.

Las películas clásicas [2] de Disney tienen príncipes, pero éstos no pasan la prueba Bechdel invertida. En Blancanieves, Cenicienta, La bella durmiente, La bella y la bestia y La sirenita sólo hay un hombre (el príncipe, aunque a veces también está el padre ausente), que rara vez habla con otro hombre (aunque suelen hablar con animales, y en el caso de Blancanieves, los enanos hablan entre sí), y si lo hace es invariablemente acerca de la princesa. Las mujeres, en cambio, discuten temas variados entre ellas (Blancanieves habla de pays con su madrastra, Cenicienta pide permiso para ir a un baile, Aurora pide salir del bosque, Ariel negocia por un par de piernas y la Bella discute qué se pondrá con una tetera y un clóset). Lo masculino queda relegado a príncipes sin profundidad psicológica o animales —y enanos— simpáticos y antropomórficos pero sin desarrollo emocional. Los personajes más poderosos de estos reinos muy muy lejanos son mujeres, tanto las buenas como las malas, que controlan y deciden qué sucederá.

Tampoco sugiero, sin embargo, que hay que ignorar todos los demás problemas de representación machista. Sí, estas princesas hablan de otros temas, pero siguen siendo temas “femeninos”, y sus preocupaciones son limpiar, cocinar y vestirse para los hombres. Aunque tienen mucha más agentividad que Odette, siguen quedando a la espera de que las rescaten.

Las películas de acción siguen una falacia donde las mujeres son premios (tomemos Duro de matar: John McClane y su esposa están en proceso de divorciarse porque él es un imbécil, pero al final de la película ella vuelve a él sin que McClane haya pasado por algún proceso de cambio; simplemente mató a un montón de alemanes). Pero no sólo pasa en las películas de acción, sino también en la mayoría de lo que vemos en el cine: las mujeres pasan a ser premios que los protagonistas se ganan. Las películas de Disney caen en estas falacias, pero por lo menos no lo ocultan y quizá voltean la convención. Sí, los príncipes “se quedan” a las princesas, pero no es accidental sino que luchan por ellas; casi como si estas mujeres (o en realidad otras mujeres más poderosas) dictaran las pautas y los hombres no tuvieran elección en el asunto.

Disney como tal no tiene héroes. Tiene príncipes poco interesantes, y para apelar al consumo de los niños se tuvo que servir de animales antropomórficos (Robin Hood, El libro de la selva) y más recientemente de hombres simpáticos pero torpes (Las locuras del emperador, El jorobado de Notre Dame). Aladino y Hércules son quizá las únicas películas de “princesos” hechas por Disney, pero incluso éstas tienen el discurso feminista de Jazmín y Megara (aunque reprueban el Bechdel porque no hay más mujeres). Poco a poco Disney va escribiendo personajes femeninos más independientes (Pocahontas, Mulán y Tiana de La princesa y el sapo), y para apelar a los niños ha decidido por outsourcear la creación de héroes.

No creo, en realidad, que Disney haya querido fomentar el feminismo: probablemente el mérito está más en el texto de origen que en una pulsión propia, pues los cuentos de hadas cargan consigo los arquetipos de las mujeres poderosas, tanto buenas (hadas y madres) como malas (brujas y madrastras). Hay que señalar también que los textos en los que se basan para hacer películas que giran en torno a un héroe masculino parten de otro tipo de obras: leyendas medievales, mitos griegos, cuentos de un Premio Nobel [3], o Shakespeare.

No quedo satisfecha con Disney. Está bien, supongo, que me hayan ofrecido un universo en mi infancia donde las mujeres podían decidir sobre su historia. Lo trágico es que sólo son feministas si comparamos éstas con otras películas. Lo peor de todo es que la oferta (no sólo para niñas y niños, sino para todo el mundo) es tan absolutamente pobre que nos tenemos que contentar con muy poco para declarar que algo defiende la posibilidad de que traten igual a las mujeres y a los hombres.

Ana Laura Magis Weinberg

[1] Por “Disney” se entiende, más que una marca, un género de películas animadas para niños, muchas de ellas con princesas como protagonistas.

[2] Se entiende como una película clásica de princesas de Disney las previas a Pocahontas (1995), cuyo título es el nombre o un sinónimo del nombre de la princesa, los personajes principales son humanos y las protagonistas han sido incluidas en la lista oficial de princesas de Disney. Para fines prácticos, se toman en consideración a Blancanieves, Cenicienta, Aurora (de La bella durmiente), Bella (de La bella y la bestia) y Ariel (de La sirenita). Jazmín, por razones que se explicarán más adelante, no entra en esta categoría.

[3] Rudyard Kipling y El libro de la selva

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