Comunicación de hoy. La neolengua nos alcanza.

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Por María Elena Estrada

Mutilar el lenguaje es epítome de las deficiencias de una sociedad donde paradójicamente la comunicación y la tecnología son religión (Bracho, 2003)

Vivimos en una era tecnológica, donde el conocimiento y la información crecen frenéticamente a la misma velocidad con la que se transmiten. Para estar «informados» y «disponibles» nos equipamos con lo que podemos llevar con nosotros y, en ocasiones, nos sentimos aislados si no tenemos al alcance la televisión, radio, internet, celular, computadora, iPhone, etcétera. Cualquier persona, que no muestre el mismo furor y se limite a manejar los aparatos básicos que necesita en su vida rutinaria, es acusada de vivir en la arcaicidad.

Desafortunadamente, a medida que crece el mercado tecnológico, sucede lo contrario con nuestra capacidad de comunicación verbal. El número de vocablos con los que una persona se hace entender fluctúa en los diferentes países y regiones. Decía el doctor Ernesto de la Peña que un adulto joven en México usa, de manera cotidiana, alrededor de 150 palabras. Si bien el desarrollo de esas tecnologías aporta nuevos vocablos, la realidad es que hay una marcada tendencia a la baja, hoy nuestro vocabulario es más reducido que el de nuestros abuelos o el de nuestros padres. Las nuevas generaciones distarán mucho, en este sentido, de la de nosotros si así lo permitimos.

El panorama anterior podría ubicarnos en un escenario parecido al de 1984 (Orwell, 2003), la novela que versa sobre el totalitarismo. En ella, el Gran Hermano ejerce un completo dominio sobre los miembros del partido, sometiéndolos a una vida vigilada incluso en el pensamiento, a través de telepantallas, espías y la policía del pensamiento, dispuestos a delatar a cualquiera que tuviera pensamiento autónomo o pareciera salir de las tareas mecánicas conferidas para mantener a Oceanía como potencia en guerra.

En esta novela, podemos entender cómo la neolengua es usada también como herramienta de control. La neolengua difería de la mayoría de los otros lenguajes, en los que su vocabulario se empequeñecía en lugar de agrandarse. Cada reducción era una ganancia, ya que cuanto menor era el área a escoger, más pequeña era la tentación de pensar. En definitiva, se esperaba construir un lenguaje articulado que surgiera de la laringe sin involucrar en absoluto a los centros del cerebro.

Esta nueva lengua dejaba al idioma en los huesos, debido al incansable perfeccionamiento de las ediciones de su diccionario, que en cada edición se destruían centenares de vocablos. Todo este esfuerzo tenía como propósito evitar que las personas pensaran cualquier cosa más allá de lo que el partido deseaba. Así, por ejemplo, no se podía cometer un crimen porque no había palabras como «violencia» que lo definieran. En esa sociedad sólo la prole gozaba de libertad y era considerada como «no peligrosa» debido a que vivían en la mísera y monotonía, cuya única preocupación era la de satisfacer sus necesidades alimentarias. Tenían la libertad de pensar, pero no lo hacían, pues sólo la cerveza y el cine los mantenía felices.

El rezago educativo, la influencia de la televisión, la música insulsa, la pobre estimulación que se recibe en el hogar y el desinterés de los medios, han dejado huella desvirtuando nuestra capacidad expresiva, como lo comenta Jacques Barzun (2002): Nuestros sistemas de comunicación son depósitos de memorias colectivas históricas y culturales, forman parte de nuestra identidad y cosmovisión; su simplificación, a partir de la desaparición de sinónimos, violencia verbal, abreviación de palabras, empobrecimiento de las variedades léxicas y abuso de términos técnicos y jergas, no daña sólo al entendimiento humano, pues afecta todo aquello con lo que el lenguaje sirve de enlace.

Los lenguajes populares son decadentes porque la inflación verbal y los malos usos menoscaban el vigor, la precisión y la claridad. Los adolescentes y los usuarios asiduos a las redes sociales son los grupos más vulnerables por su exposición –casi dependiente– a la tecnología. Toda cultura técnica ha sido creada para mejorar nuestras circunstancias, para optimizar el esfuerzo humano y dar mayor tiempo al entretenimiento. Sin embargo, las desventajas son innegables. Internet representa una fuente de información rápida y eficaz, pero también representa la posibilidad de perdernos en medio de una avalancha de basura cibernética o de que invada nuestra privacidad: el chat es el ejemplo obligado.

Al inicio de este texto se comentó que vivimos una era en la que el conocimiento y la información crecen frenéticamente, a la misma velocidad con la que se transmiten. Esa velocidad nos orilla a la necesidad de escribir rápidamente, lo cual ha mutilado el vocabulario de los asistentes a una sala de chat, y los emoticones sustituyen pensamientos y emociones al grado de poder crear conversaciones sin necesidad de usar palabras. No debe sorprender entonces que, generaciones de niños con problemas de lecto-escritura, desemboquen en las universidades y el campo laboral como analfabetas funcionales.

Por otro lado, Carlos Fuentes ya reflexionaba: «¿se nos está ofreciendo mucho de lo que importa poco y poco de lo que importa mucho?» A su vez señalaba que uno de los pocos méritos que tiene internet es el rescatar el arte de la correspondencia escrita por correo electrónico: el gusto epistolar. Estemos de acuerdo o no con él, jamás será lo mismo que usar papel y pluma; el hecho de escribir a nuestros familiares y amigos reaviva uno de los mejores intercambios entre los seres humanos: la conversación, el impulso vital de tener amigos. También nos invitaba a ir más allá de la diversión vana, a reflexionar sobre la oferta de la red y a replantear nuestras exigencias.

Por otro lado, Carlos Fuentes ya reflexionaba: «¿se nos está ofreciendo mucho de lo que importa poco y poco de lo que importa mucho?» A su vez señalaba que uno de los pocos méritos que tiene internet es el rescatar el arte de la correspondencia escrita por correo electrónico: el gusto epistolar. Estemos de acuerdo o no con él, jamás será lo mismo que usar papel y pluma; el hecho de escribir a nuestros familiares y amigos reaviva uno de los mejores intercambios entre los seres humanos: la conversación, el impulso vital de tener amigos. También nos invitaba a ir más allá de la diversión vana, a reflexionar sobre la oferta de la red y a replantear nuestras exigencias.

Como dice Salman Rushdie (2005): «La realidad nos muestra que debemos luchar nuevamente la batalla por la Ilustración, pues los aportes de la imaginación y el anhelo de saber vienen en gran parte de ella». Reconstruir el idioma es tarea inexcusable de la escuela, los medios de comunicación, la familia y, sobre todo, del propio individuo, porque en juego se encuentran sus capacidades crítica, de abstracción y razonamiento.

¿Cómo leerán, se comunicarán y concebirán el mundo las personas en el futuro?

Posibles soluciones:

• Optar por la buena lectura. La literatura es un transmisor lingüístico por excelencia. Si algo puede salvar a las masas del embrutecimiento es leer, cultivarse de la forma más estilizada y trascendente del lenguaje. Es una pena que mientras en países de vanguardia se discute si el concepto de e-book desplazará al volumen tradicional, en nuestro país apenas se intenta hacer del libro parte de nuestra vida diaria.

• Cuidar lo que aceptamos del ciberespacio, ya que con un sólo click nuestro tiempo puede ser tan provechoso o estéril como queramos.

• Utilizar las ventajas de la tecnología y los medios de comunicación sin olvidar que son eso: medios, no fines.

Si las palabras encierran ideas y cada vez son menos las utilizadas, nuestra percepción y razonamiento profundo de las cosas quedan sometidos al avance inminente de la pobreza lingüística. Con lenguajes proclives a la simpleza un día los nombres de cosas o acciones estarán fuera de nuestra cosmovisión, como en la distopía 1984.

*La foto es de Laina Briedis

Bibliografía
Bracho, Carlos (2003). «Los trancos de Bracho», en El universo del Búho, No. 41, México.
Orwell, George (2003). 1984. México: Pearson Educación.
Barzun, Jacques (2002). Del amanecer a la decadencia. Quinientos años de vida cultural en occidente, España: Taurus.
Rushdie, Salman (2005). «¿Tenemos que volver a pelear la lucha por la Ilustración?», en La Jornada, México.
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