100 Horas de Nawal El Saadawi

 por Bárbara Duhau // @barduhau

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¿Qué pasaría si miráramos tanto cine dirigido y protagonizado por mujeres tanto como miramos el que hacen varones? ¿Seríamos personas distintas? ¿Nos gustarían diferentes cosas? ¿Soñaríamos con ser otras personas que no decidimos ser porque pensamos que no lo lograríamos? La Muestra Internacional de Cine con Perspectiva de Género (MICGénero) se hace estas preguntas, y yo también. Pero lo mejor de MICGénero es que no se queda con la duda: investiga, revisa, publica, expone, produce y, sobre todo, confronta todo esto con su público. Porque MICGénero se trata de crear mundos diferentes al que vivimos a diario.

Por un par de semanas paraliza el status quo, le pone un freno y reinventa realidades con películas dirigidas por personas que ven el mundo de una manera más justa, más utópica quizá, o simplemente menos desigual. Se trata de entender que hay un mundo allá afuera que no miramos habitualmente. Y con eso que la Muestra nos ofrece discutimos el presente, revisamos lo naturalizado y nos miramos a nosotrxs mismxs con otros ojos.

Participar de todo ese juego de espejos es una experiencia maravillosa. Ponerse al lado de las personas que arman en fotogramas lo que nadie se atreve a mostrar y hablar a través de ellas es sin dudas sensibilizante. Que una directora alemana se interne en la India más descarnada a mostrar la historia de una mujer atravesada por el dolor, la angustia, la liberación y el poder y nos lo cuente a personas al otro lado del mundo, ya es movilizante, pero que además podamos ver esa historia en un contexto comunitario y colectivo y después podamos discutir sobre eso, compartir pareceres e incluso hablar con personas completamente ajenas a la experiencia MICGénero y que además se interesen, discutan y abran sus propias puertas de lo muchas veces no dicho, es directamente una fiesta. Y no sólo eso. Es también la posibilidad de hacer como si así fuera siempre. Como si estuviéramos a diario permeadxs por esas mujeres geniales, que muestran, cuentan, inventan realidades, cambian las propias y nos invitan en ese viaje.

MICGénero nos da esas ganas y ese impulso de creer por un rato que el mundo podría ser así. Lleno de historias contadas por mujeres; lleno de imágenes de un mundo real pero no visto; lleno de iniciativas y personas valiosas que solamente no vemos pero que están ahí, listas para ser contadas, para ser narradas y, sobre todo, para ser disfrutadas.

Me encantó ser parte de la experiencia de 100 horas de Activismo en 2016. Por miles de horas de activismo más y por un mundo más parecido al que nos dejan ver ahí. Gracias MICGénero por el paseo.

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Bárbara Duhau: Comunicadora, escritora y ciberfeminista. Le gusta contar historias y lo hace a través de la literatura, el periodismo y la comunicación digital. Está Diplomada en Comunicación y Género. Publicó los libros “Criaturas insensibles” (2009) y “Forasteras” (2013). Trabaja como consultora en comunicación e investigadora en temas de género y medios.

The Revenant: paisajes masculinos

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Por Ana Mata // @tatatactictac

Estoy sentada en la oscuridad con las manos en los oídos y los ojos cerrados. En la pantalla están intentando desesperadamente hacernos creer que la película se trata de la lucha por la vida, pero no es cierto. Estamos viendo The Revenant. Salgo del cine con el cuerpo todo dolorido y el desazón particular que te deja haber perdido casi tres horas de vida.

Como está nominada a tantos premios llego a casa intrigada y navego para buscar razones. Encontré de todo. Mucho de la preciosa -y sí es preciosa- cinematografía de Lubezki, algo de las impresionantes -que no son impresionantes- actuaciones, pero dos expresiones me sorprendieron especialmente. La primera, frase inicial de una crítica en Rolling Stone, decía:

Screen Shot 2016-02-07 at 12.06.39 PM(Nota para los cobardes cinematográficos: The Revenant no es para ti.)

Hay que notar que, al igual que en español, la palabra que en inglés se utiliza para decir cobarde es una palabra que intenta calificar de femenino -feminizar-, como si esto fuera algo indeseable. En la Rolling Stone les dicen pussies (que se traduce directamente como “coños”) a quienes en nuestros países les dicen putos.

La segunda, de la revista GQ:

Screen Shot 2016-02-07 at 12.21.53 PM(The Revenant es sorpresivamente, agresivamente masculina)

Con ambas expresiones queda claro que algunas de las críticas positivas sobre The Revenant -como es el caso de éstas que cito- empatan la violencia de la película, y la posibilidad de disfrutarla, con la idea de masculinidad. Pero sin ningún tipo de reflexión ni medianamente interesante acerca de la violencia ni de la masculinidad, la película se defiende sólo con argumentos rancios; patriarcales y heteronormativos.

Más allá de la posibilidad de disfrutar la violencia -cosa que no pretendo decir que no existe pero que por otra parte no me interesa abordar en este momento-, lo que creo es que se les sigue queriendo decir a los varones que tienen que disfrutar la violencia, que es masculino hacerlo. Desde esa misma perspectiva, parecería entendible seguir argumentando que películas como The Revenant no son películas femeninas, ni películas para mujeres. Cuando, por cierto, las únicas tres mujeres que aparecen en la historia tienen en su destino el ser violadas, matadas o en todo caso salvadas por los hombres, creo que queda claro cuál es el universo en el que nos sumergimos por tres largas horas. Un universo bien real.

Y digo real porque leí que esta es una película con aspiraciones a ser naturalista. Quizá gracias a esta palabra algunxs expliquen la existencia en la pantalla de cosas que existen en el mundo real. Sin embargo, no hay gran mérito en conseguir argumentar que una película es buena a partir de un aspecto así de técnico. A mí, ¿qué me importa si utilizaron luz natural, paisajes verdaderos, frío, sueño, enojo, cansancio todo real? De lo que tengo sed en el cine es de una historia, da igual si es real o no. Y una buena actuación necesita de una buena historia. Si no, el plan de ir al cine termina tratándose de ir a ver a Leonardo DiCaprio gruñendo y babeándose encima toda la película y después volver a casa para leer críticas que la defienden con argumentos de hace por lo menos cien años.

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Ana Mata es psicóloga, cineasta y maestra en Derechos Humanos.

Aquí están los artículos de GQ y Rolling Stone. Y aquí hay una de The Guardian que es una joya.

*La imagen es de The Revenant

Transgresoras de la palabra: defensoras de derechos humanos

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Por Atziri Ávila // @AtzirieAvila

Las defensoras de derechos humanos somos mujeres que de manera individual o colectiva, promovemos y defendemos los derechos humanos universalmente reconocidos. Nuestra razón de ser, deriva ya sea de una decisión propia; de la necesidad de exigir justicia por haber sido víctimas de violaciones a los derechos humanos; de la necesidad de alzar la voz; de luchar por una vida digna y de construir la transformación social hacia un mundo más justo e igualitario.

Defensoras de los derechos humanos son las mujeres que luchan en defensa de su territorio en las comunidades indígenas y que las defienden de los megaproyectos y los intereses transnacionales;  las mujeres que exigen medicamentos y atención medica adecuada en su comunidad; las mujeres que defienden el derecho a la educación, los derechos laborales; las mujeres que exigen el cese a todo tipo de violencia contra las mujeres; quienes visibilizan y demandan justicia ante el feminicidio; quienes buscan a sus familiares desaparecidos y recorren largos caminos contra la desaparición forzada; quienes defienden derechos sexuales y reproductivos, el derecho de las mujeres a decidir sobre sus cuerpos;  las mujeres que a través de su voz y su palabra difunden los derechos humanos y las violaciones en contra de ellos.

Somos mujeres que hemos transgredido los roles y estereotipos de género; desafiando las normas culturalmente impuestas.

Mujeres que participamos y actuamos para visibilizar y denunciar los abusos de autoridad y violaciones a los derechos humanos por parte de autoridades municipales, estatales y federales; abusos de empresas nacionales e internacionales que buscan dar continuidad a un sistema patriarcal que deshumaniza cada vez más la sociedad en la que vivimos.

Mujeres que han visto trastocado su proyecto de vida, luego de alguna violación a los derechos, razón que ha hecho que sus casas sean ahora las calles y su motor: la exigencia de justicia.

Desde diversos contextos y espacios, apostamos a la construcción de un mundo en donde los derechos humanos sean respetados, ejercidos y garantizados.

A través de acciones públicas y no públicas combatimos las condiciones de desigualdad y discriminación contra las mujeres.

Buscamos ofrecer alternativas de emancipación para las mujeres y para la construcción de nuevas sociedades; procesos reflexivos  de construcción  pensamiento crítico y de acciones propositivas para lograr una vida digna.

Sin embargo, a pesar de que el aporte de las defensoras busca ser de beneficio para la sociedad; los interés que tocamos nos colocan en situación de vulnerabilidad a través de la cual hemos sido objeto de diversos tipos de agresiones. Agresiones que violentan nuestro ser mujer, además de cuestionar nuestra labor como defensoras de derechos humanos.

Y es que, las mujeres defensoras de derechos humanos, además del riesgo que enfrentan los defensores varones, enfrentamos riesgos específicos por nuestra condición de género: amenazas de violación sexual; violación sexual; hostigamiento sexual y laboral; amenazas de atentar contra nuestras hijas e hijos; campañas de difamación y desprestigio con lenguaje sexista y machista; ridiculización de nuestra sexualidad; feminicidio; entre otras.

Las agresiones se hacen presentes a través de los allanamientos a nuestros domicilios.  En casos documentados recientemente contra mujeres defensoras y periodistas, éstos reflejan claros componentes de género, al dejar sobre sus camas la ropa íntima revuelta; huellas visibles en espacios íntimos, mensajes vinculados con su sexualidad, entre otros.

Las agresiones se hacen presentes también a través de mensajes amenazantes en nuestras oficinas; seguimiento y persecución; campañas difamatorias en nuestras comunidades; mensajes e imágenes agresivas en las redes sociales.

Dichas acciones, además de mermar la labor de las defensoras, generan impactos diferenciados que afectan el trabajo, a la organización a la que pertenecen, su estabilidad emocional, el entorno familiar, entre otros impactos.

En está última década, el incremento de violaciones a los derechos humanos ha incrementado también las agresiones contra las defensoras en nuestro país. A través de la Iniciativa Mesoamericana de Mujeres Defensoras de Derechos Humanos y la Red Nacional de Defensoras de Derechos Humanos en México (RNDDHM) documentaron 118 agresiones en 2012; 189 en 2013 y 308 en 2014.

En la mayoría de los casos la impunidad se hace presente y muchas veces son las propias autoridades quienes las agreden.

Ante ello, desde la sociedad civil; desde las propias defensoras de derechos humanos, hemos generado espacios de convergencia, identidad y comunidad; pactos contra la violencia patriarcal; espacios para generar estrategias de protección y prevención; apostamos a la construcción de medidas reales que puedan desactivar la violencia contra las mujeres.

Exigimos al Estado cumpla con la responsabilidad de garantizar el derecho a defender los derechos humanos y políticas de prevención, y apostamos a tejer y construir en Redes de mujeres, porque estamos convencidas de que las redes salvan vidas.

Hemos logrado reconocernos y reivindicarnos como defensoras de derechos humanos, así como nuestra labor y nuestro aporte específico. Sabemos que es necesario que como sociedad civil defendamos y exijamos el respeto a la labor de quienes defendemos los derechos humanos en contextos urbanos y comunitarios, desde donde contribuimos e impulsamos  la transformación para el cambio social.

Sin duda el 2015 ha sido un año que continúa cimbrando nuestro hacer. Pese a los obstáculos: Digna Ochoa, Marisela Escobedo, Josefina Reyes, Manuelita Solís, Bety Cariño, Rocío Mesino, Nadia Vera son mujeres que continúan sembrando nuestra esperanza e iluminando el camino del nuevo mundo que construimos día con día.

Recibimos el 2016 con nuevos retos y desafíos con la firme convicción de continuar ejerciendo nuestra labor. Tenemos sueños y utopías, pero también la claridad de que nuestro actuar cotidiano es legítimo y que impacta positivamente a nuestra sociedad.

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Atziri Ávila es comunicóloga social, activista y defensora de derechos humanos y Coordinadora de la Red Nacional de Defensoras de Derechos Humanos.

*La foto del principio es de Robert Darch. La segunda es de Atziri Ávila.

Ya no hay donde desnudarse tranquilxs

Por Ana Mata // @tatatactictac

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Me fascina el vestidor del gimnasio. El lugar es húmedo y caluroso, con techos bajos, puertas de vidrio y casilleros viejos. Da la impresión del esplendor opaco de otra época. Como un contenedor por donde han pasado diferentes mujeres en diferentes tiempos; lo que cambia es lo de adentro.

La mística de los vestidores para mí residió en la posibilidad de estar desnuda. De chica, los vestidores de los clubes deportivos fueron el primer lugar donde pude ver cuerpos femeninos como se ven más a menudo. Antes sólo había visto el cuerpo de mi madre y el de las modelos que posaba en las revistas que mirábamos con mis primas. En cambio en los vestidores he visto cuerpos de lo más variados acicalándose frente a los espejos.

A mí me animaban a que me desnudara sin pudor. No pasa nada –recuerdo cada palabra- aquí sólo hay mujeres. Mujeres como a mí me habían enseñado que eran las mujeres: cuerpos con pechos y triángulos oscuros de pelo púbico. No pasa nada, era lo mismo que decir: aquí no hay hombres. Pero lo que en realidad se estaba dejando de plantear es que también podían haber mujeres que miraran a otras mujeres como miran los hombre. Mujeres que gustaran de las mujeres.

Si soy sincera los vestidores nunca me parecieron lugares particularmente “seguros” para desnudarse porque no habían hombres. Nunca me costó más trabajo desnudarme frente a un hombre que desnudarme frente a una mujer.

Sin embargo, hay mujeres que hoy se sienten incómodas ante la posibilidad de estas “nuevas” -no son nuevas- mujeres que se filtran a los vestidores y miran como miran los hombres. Lo sé porque lo dicen. Lo noto mientras camino por el pasillo de las regaderas y veo como algunas ajustan la cortina con urgencia para no ser vistas. Leo en sus caras lo que piensan: ya no hay dónde desnudarse tranquilas.

Y esto simplemente me fascina no sólo porque se están teniendo que desarmar prejuicios sobre la orientación sexual, si no que también me gusta pensar que nadie está a salvo de la mirada -y el encuentro- con otrx. Todxs estamos expuestxs y esa exposición habla bien de nosotrxs, habla de una apertura a la diversidad humana con la que continuamos teniendo que aprender a interactuar.

Descuiden, la tranquilidad que se perdió en los vestidores vendrá por otro lado, quizás surgirá de la libertad de poder estar en paz ante las miradas, sin miedo al prejuicio, al odio, a la violencia. Mientras tanto, nos queda defender el poder ser y vivir toda la potencia que nos da el ver y el ser vistxs.

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Ana Mata es psicóloga, cineasta y maestra en Derechos Humanos.

*La fotografía es de Julie Hascoët

 

 

 

 

 

 

Violencia de género: un problema social

Anosova

Por Atziri Ávila || @AtzirieAvila

 Entre finales del mes de noviembre y principios de diciembre se realiza cada año a nivel global la “Campaña 16 días de activismo contra la violencia de género[1]” que tiene como objetivo eliminar la violencia contra las mujeres. Dicha campaña inicia el 25 de noviembre Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer y concluye el 10 de diciembre Día Internacional de los Derechos Humanos.

La campaña surgió en 1991 impulsada por 25 mujeres de 23 diversos países, entre ellas la feminista Charlotte Bunch, primer mujer en señalar que los derechos de las mujeres también son derechos humanos.

Lo que en un inicio fue impulsado por mujeres activistas y organizaciones de la sociedad civil a través del Centro para el Liderazgo Global de la Mujer de la Universidad de Rutgers en Nueva Jersey, Estados Unidos, más tarde fue retomado por la ONU y hoy en día se ha convertido en una acción internacional que desde diversas trincheras busca hacer un llamado a la sociedad y a los Estados para concientizar, prevenir, atender y erradicar la violencia contra las mujeres en todas sus formas.

El objetivo no ha sido fácil, la batalla para eliminar la violencia hacia las mujeres sigue siendo un reto pendiente, sobre todo cuando su normalización  forma parte del sistema y condiciones sociales, económicas, políticas y culturales en las que vivimos; ademas de que históricamente hemos sido víctimas de siglos de opresión, injusticia y violencia.

A pesar de que se impulsa que la violencia de género sea un asunto central de la agenda de las naciones, de manera cotidiana las mujeres continuamos siendo objeto de acoso callejero, celos, control del dinero, cuestionamientos por la forma de vestir, insultos con leguaje sexista y machista, comportamientos violentos en las relaciones de pareja, manipulación emocional, incesto, acoso sexual, matrimonio infantil, agresiones físicas, violencia obstétrica, prohibición para ejercer el derecho a trabajar, impedimento para estudiar, prohibición de practicar algún deporte, humillaciones, burlas, subvaloración, violencia sexual, feminicidio, entre muchas otras formas de violencia.

Si bien los hombres también son víctimas de la violencia, la violencia contra las mujeres se caracteriza por su alta prevalencia al interior de la familia, su aceptación por la sociedad y su grave impacto a largo plazo sobre la salud y bienestar de las mujeres[2], además de la afectación a sus hijas e hijos.

El reto es aún mayor cuando la violencia de género parece ser, ademas de naturalizada, fomentada desde el hogar, escuela, medios de comunicación y demás instituciones, a través de las cuales se promueven relaciones sociales basadas en la desigualdad.

Ejemplo de ello son los roles asignados desde el núcleo familiar que reproducen patrones de comportamiento sobre el significado de ser hombre y mujer, en los que se impone el dominio masculino sobre el femenino; se considera a la mujer como propiedad del hombre o que es incapaz de tomar sus propias decisiones.

La reproducción de los estereotipos de género construidos socialmente como: que las responsabilidades del hogar atañen únicamente a las mujeres; que las mujeres están limitadas  a la procreación y a la atención del esposo; el  matrimonio; han servido para legitimar la subordinación femenina y han fomentado que la violencia contra las mujeres comience incluso desde antes de su nacimiento y continúe a lo largo de su vida.

Si bien muchas veces es ocultada, la violencia de género es una problemática presente en todas las esferas sociales, en el ámbito público y privado, por lo que debe ser reconocido como un problema social.

En ese sentido, uno de los logros de la Campaña de 16 días de activismo ha sido que la Asamblea de la ONU adoptara en 1998, el 25 de noviembre -16 días antes del Día Internacional de los Derechos Humanos- como el “Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer.”[3]

Durante 16 días continuos, mujeres de diversos países a través de foros públicos, performace, manifestaciones y múltiples acciones, visibilizan que la violencia psicológica, física, sexual, política, económica, doméstica, siguen siendo una realidad en el mundo.

A pesar de que en la IV Conferencia de Naciones Unidas sobre las Mujeres, realizada en Beijing en 1995, se definió que “la violencia que se ejerce contra la mujer es un obstáculo de igualdad, desarrollo y paz, y viola menoscaba e impide el disfrute de los derechos humanos”, atentar contra los cuerpos y la vida de las mujeres es una realidad que lamentablemente se vive e incrementa en nuestro país.

Según el Observatorio Ciudadano Nacional del Feminicidio (OCNF), en México son asesinadas 7 mujeres al día. Muchas veces, a manos de sus propias parejas o familiares.

El incremento de la desaparición de mujeres y feminicidios, así como la impunidad que prevalece en la mayoría de los casos, obligó a que en estados como: Veracruz, Oaxaca, Guanajuato, Estado de México, Morelos, entre otros, se exija la emisión de alertas de género y la urgente atención a la problemática por parte de las autoridades.

Lamentablemente el desconocimiento y cerrazón ante el fenómeno de la violencia contra la mujer ha obstaculizado que las propias autoridades atiendan de manera pronta e integral este problema, contrario a ello la impunidad prevaleciente fomenta su continuidad.

Ante este alarmante contexto, tenemos que seguir visibilizando la violencia de género como un problema social con un trasfondo sociocultural a combatir desde diferentes ámbitos. Es necesario romper el silencio e impulsar acciones para visibilizarla; es imprescindible que como sociedad nos hagamos conscientes de su gravedad y afectaciones, y dado que las sociedades no son fenómenos acabados o inamovibles, generemos y construyamos nuevas formas de relacionarnos y mejores condiciones sociales, económicas, políticas y culturales que eliminen la discriminación en todos los órdenes de la vida.

Sociedades que reconozcan que “la máxima participación de la mujer en igualdad de condiciones con el hombre en todos los campos, es indispensable para el desarrollo pleno y completo de un país, el bienestar de mundo y la paz” como se establece en la Convención sobre la Eliminación de todas las formas de Discriminación contra la Mujer.

Las mujeres somos sujetas de derechos, tenemos el derecho a vivir una vida libre de violencia; al acceso a la justicia; a ejercer nuestra autonomía; a sostener relaciones no violentas; a decidir el número de hijos que queremos tener y si queremos tenerlos o no; a la tenencia de la tierra; a la participación política; a una vida plena.

Es necesario ir removiendo patrones socioculturales que promueven y sostienen la desigualdad de género y las relaciones de poder sobre las mujeres; prestar atención a esta problemática; redimensionar el papel que la educación tiene para construir y deconstruir estereotipos de género; ir desmantelando la estructura,  ideología,  cultura y educación patriarcal; cuestionarnos la injusta inequidad y visibilizar el importante papel de la mujer en la construcción de nuevas realidades.

Es urgente que las autoridades de todos los niveles de gobierno generen y ejecuten acciones para informar, prevenir, sancionar y erradicar la discriminación y la violencia contra las mujeres en cualquiera de sus manifestaciones y ámbitos; desarrollar estrategias y políticas públicas que eviten la revictimización y atiendan los impactos de la violencia de género a nivel físico, psicológico, social, etc.

A 24 años del impulso de la “Campaña 16 días de Activismo contra la Violencia de Género”, las mujeres seguimos alzando la voz, visibilizando la violencia de género como una problemática social y reivindicando la importancia de nuestra participación para la transformación de la sociedad, reconocemos que el propio espíritu humano no está en el ámbito de lo cautivo por lo que desde diversos espacios continuaremos sembrando y cosechando la libertad y trabajando a favor de una vida libre de violencia para las mujeres.

Notas:

[1] La ONU ha definido la violencia contra la mujer como “todo acto basado en el género que tenga o pueda tener como resultado un daño o sufrimiento físico, sexual o psicológico para la mujer, así como la amenaza de tales actos, la coerción o la privación de la libertad, tanto si se produce en la vida pública como en la privada (OPS/OMS, 1995).

[2] Hernández L.: “Violencia de Género, Una mirada desde la sociología”, Editorial Científico Técnica, La Habana, 2014.

[3] Se determinó esta fecha como una manera de conmemorar el asesinato de Las Hermanas Mirabal, tres mujeres que fueron ejecutadas en 25 de noviembre de 1960 por su oposición a la dictadura de Rafael Leonidas Trujillo en la República Dominicana.

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Atziri Ávila es comunicóloga social, activista y defensora de derechos humanos y Coordinadora de la Red Nacional de Defensoras de Derechos Humanos.

La foto es de Elena Anosova*

Esto no se trata de lo que a mí me gusta

Sergei-Illnitsky

Por Ana Mata || @tatatactictac

He estado siguiendo la controversia de Derechos Humanos que hay en el Reino Unido con cierta incredulidad. Primero leí que el gobierno británico tenía la intención de abandonar el Convenio Europeo de Derechos Humanos y me pareció una locura. Después, en un artículo de opinión en el Telegraph, escrito por un coronel del ejército británico, se dijo que eliminar los Derechos Humanos del campo de batalla era un triunfo sobre “los terroristas y los buitres legales”.

La idea que plasma el autor sobre los Derechos Humanos da a entender que se piensa que ellos pueden ser eliminados cuando un grupo de abogados “sin escrúpulos” los usa para defender personas con las que uno no está de acuerdo. ¡Qué conveniente! Como si se pudiera decidir quién es digno de merecer tener derechos de este tipo y quién no, el coronel en cuestión desarrolla su planteamiento hablando de la segunda guerra mundial. Habla de los Derechos Humanos como un medio para evitar repetir la barbarie y proteger a los vulnerables, y en eso no se equivoca.

Sin embargo, lo que el coronel no se da cuenta es que él está interpretando la creación del Convenio Europeo –y en general de los mecanismos de protección internacional de los DDHH- para respaldar su propia visión del mundo. ¡Suena fácil pero no es así! Hablar de Derechos Humanos es complicado. Tan complicado como ponernos de acuerdo acerca de la correcta definición de conceptos como “dignidad”, “libertad”, “igualdad”. Los DDHH son un reto que se asumió después de un periodo histórico muy oscuro; una disposición para ponerse en los zapatos de aquellas personas culturalmente ajenas a nosotrxs mismxs.

Yo les cuento que -desafortunadamente- no es la primera vez que me sorprende que se aborde el tema de los DDHH desde una ignorancia alarmante. Recuerdo muy bien una serie de artículos de opinión en donde algunas personas se quejaban, por ejemplo, de que los presos estuvieran reclamando su derecho a la educación. […] Es en serio. Como sosteniendo una sola idea: la cagaste, ahora te chingas.

Para mí, hay que entender una cosa de entrada: hasta el peor de los seres humanos tiene derechos. No por ser malo, ni por ser terrorista, ni por ser el enemigo, no por haber cometido un crimen, ni por haberse equivocado terriblemente, ni por perder el derecho a la libre locomoción -¡ni por nada de nada!- se pierden el resto de los derechos. Esto se sostiene por el principio acordado de que los Derechos Humanos son inherentes a las personas por el hecho de ser personas.

En fin. Subrayo el hecho de que utilicé la palabra acordado aquí arriba para hablar de otro tema. Se cree que lo importante de la ley reside en la ley misma. La ley –los derechos-, en definitiva, no son más que palabras. Además, en muchos casos, son palabras escritas hace años. La verdadera importancia de la ley es la convención social que existe en respetarla y hacerla cumplir. La importancia está en que esas palabras son interpretadas por nosotrxs que las leemos y les damos un sentido hoy en día.

En definitiva, mi sentir es que hay que seguirles inyectando vigencia a los tratados internacionales de DDHH. Lo que me preocupa con el tema de los ingleses es el razonamiento de que a ciertas personas tendría que poder matárselas con tranquilidad. Abandonar el Convenio Europeo creo que tiene ese trasfondo: el de que algunas vidas valen más que otras, y que mis ideas son la vara con la cual se mide el resto.

Más al respecto de este tema: aquí, aquí, aquí y aquí.

 

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Ana Mata es psicóloga, cineasta, gestora cultural y maestra en Derechos Humanos.

*La foto es de Sergei Illnitsky

Breve mensaje de amor ecosexual

Beth Stephens y Annie Sprinkle son dos artistas y performanceras enamoradas. Tuvimos la fortuna de contar con su participación durante la segunda edición de MICGénero. Para nuestra campaña del Día internacional de la mujer, les pedimos que escribieran sobre su experiencia en la muestra y nos mandaron este breve mensaje que queremos compartir con ustedes.
As feminist ecosexuals we were thrilled to be part of MICGénero!! We were especially thrilled that our film was shown in the Women’s Museum in Mexico D.F. and that it was part of the Intervention in the D.F. and Chiapas prison as part of the programming against violence against women. Viva la MICGénera and Viva la Mujers!!
Lots of love,
Beth and Annie
beth y annie
Aquí el trailer de su película, una historia de amor ecosexual.
La Tierra es nuestra amante. Estamos loca, apasionada y completamente enamoradas de ella. Todos los días afradecemos esta relación. Decidimos colaborar con la naturaleza para crear una relación más mutua y sustentable. Por eso la tratamos con respeto, cariño y afecto.
– Beth Stephens y Annie Sprinkle
Conozcan más de su trabajo en http://goodbyegauleymountain.org/ y en http://sexecology.org/

Caracoles, el orgullo glam de la naturaleza

Soy Cecilia Beaven, artista visual mexicana de 28 años. Prefiero se me considere un caracol confundido que una mujer exitosa o emprendedora. La mayor parte del tiempo no tengo idea de lo que estoy haciendo, no tengo presente la idea de éxito y ser mujer no es algo en lo que piense mucho, porque soy y ya. Tal vez no suena a lo que quieren escuchar, pero lo crean o no es muy reconfortante.

Pero sí, soy mujer y tengo un día que no me encanta. Entiendo que el mundo no funciona como debería y necesitamos recordarle a un montón de gente que todos valemos lo mismo, pero ¿no es triste tener que hacerlo?

¿Necesitamos este día? Yo soy mujer diario y no significa mucho para mí, ni para bien ni para mal. O naces hombre o naces mujer, es como tirar un volado. Y un volado no significa nada a menos que antes de tirarlo le hayas asignado un valor a las caras de la moneda. Por mucho tiempo y en muchos lugares –y hoy en México– la cara de la moneda marcada como mujer ha representado perder la apuesta: ser débil, tener menos posibilidades para elegir qué vida llevar, tener la misión de procrear, ser quien no discute y quien se deja. En México estamos llenos de eso, de apuestas perdidas que muchas veces representan vidas miserables, otras veces insuficientes o limitadas en distintos grados. Gran parte de la gente en nuestro país tiene en la cabeza un montón de ideas de lo que un hombre y una mujer tienen que ser. Tal vez sí se necesite este día…

Una mujer tiene que verse de una manera, tiene que hacer ciertas actividades femeninas, tiene que tener hijos y cuidarlos (con esposo, obviamente), tiene que ser amable y dulce, debe tener el pelo increíble, verse bien siguiendo un modelo de belleza que ella no decidió, y un largo etcétera. En mayor o menor medida, las mujeres en México siguen (¿seguimos?) una o varias de estas ideas, se cuestionen o no.

Ser mujer representa para mí un hecho biológico que es una más de las azarosas condiciones que representan mi vida. Tengo senos, útero, hormonas que me enloquecen de vez en cuando y podría tener un bebé dentro de mí (si no me hiciera pensar en los “Engendros del mal” de Cronenberg). Pero ser mujer también representa para mí una rareza social. En muchos ámbitos de la sociedad de la que soy parte ser mujer representa limitantes e ideas preconcebidas con las que no sólo no estoy de acuerdo, sino que me dan repele.

 

 

No encajo en el estereotipo de mujer mexicana, no tengo los 3 hijos que corresponden a mi edad, no uso tacones, tengo el pelo corto (o me dicen chavito o creen que soy gay), no estoy casada ni es mi ilusión u obligación casarme, no me mantiene un hombre, no me junto con mis amigas a pintarnos las uñas, no tengo vocecita y no me siento menos que nadie (tampoco más).

Pero sí soy mujer, otro tipo de mujer, y me gusta que no tengo que preocuparme por tantas cosas. Soy lo que escogí ser, artista y persona independiente, y mi naturaleza no determina mi papel social. El día de la mujer me hace pensar en que soy un caracol muy afortunado y con suerte un ejemplo para que otras personas no se sientan determinadas por su sexo.

Cecilia Beaven

Cuerpos que gritan, Cuerpos que callan

“Queremos desde nosotras
nombrar las cosas
con el sonido de nuestra propia voz”

– Julieta Paredes

 

La problemática del cuerpo ha sido objeto de numerosas controversias y discusiones a lo largo de la historia en diferentes ámbitos como la filosofía, la sociología, la medicina y la biología, la política, o la psicología, así como en la religión. Se han construido diferentes discursos y prácticas alrededor de los cuerpos, pero siempre ha habido una cierta normatividad con respecto a cómo deberían ser y funcionar estos, lo bello, lo feo, lo bueno, lo malo, lo permitido y lo prohibido. El culto al cuerpo se ha convertido en nuestros días en un fenómeno social de gran significación, y al mismo tiempo el cuerpo se desdibuja cada vez más, pasándolo a un plano lejano y ajeno. Los cuerpos de las mujeres han sido doblemente callados, por ser cuerpos y por ser de mujeres, pero a la vez, estos cuerpos llevan tatuada la historia, cada uno guarda detalles propios e individuales y coincidencias con otros, son cuerpos que gritan, cantan, cuerpos que tienen tanto que contar que siempre encontrarán la forma de no quedarse callados.

¿Por qué tanto miedo al cuerpo? La psicóloga Selma González (2011) comenta para una nota de La Jornada que “la piel compromete, y eso, da miedo”. ¿A qué nos compromete la piel, el cuerpo? Primero que nada, mirar al cuerpo significa mirarnos a nosotras mismas, a nosotros mismos, acercarnos a lo más difícil de conocer, esa parte material y tangible, ese cuerpo que siente, que duele, que goza, que no pasa desapercibido, porque ahí está. Y precisamente porque es tan evidente, y porque nos genera tantas sensaciones, se le intenta ocultar y callar. Nos da miedo sentir, nos da miedo sentirnos, y sentir al otro, a la otra, nos da miedo porque nos han dicho que así debe ser.

Señala el sociólogo y antropólogo David Le Breton (1992/2011) que en las sociedades individualistas, los cuerpos están separados de las personas, las mujeres tienen una frontera con su propio cuerpo y con el cuerpo de los y las demás. Y este mismo cuerpo, el cuerpo que funciona como límite entre unas y otras, está fragmentado, y terminamos siendo para un montón de órganos y sistemas para la medicina, un cuerpo que le estorba al alma para la religión católica, un cuerpo que no es perfecto y que hay que arreglar para el mundo de la publicidad, un cuerpo que no debe expresarse para el mundo político, un cuerpo que debe acatar la leyes biológicas que le fueron “asignadas” al nacer para el mundo heteronormativo, un cuerpo que no debe sentir placar, un cuerpo que no debe sentir.

La sociedad en la que vivimos actualmente ha creado un imaginario corporal repleto de ideas, imágenes, estereotipos, expectativas y reglas con respecto a los cuerpos. Esto varía de sociedad en sociedad, de cultura en cultura y a lo largo de la historia de la humanidad, pero parece que siempre ha existido. En esta sociedad capitalista, patriarcal, y envuelta por los cánones de género, el simbolismo corporal “femenino” toma significados que crean presión sobre las mujeres para cumplir con las características corporales esperadas. Platicando con varias mujeres, mencionábamos que esta sociedad nos ha envuelto en estereotipos en los que las formas de vivir nuestro cuerpo están relacionadas con temas como la maternidad como un rol impuesto, la sexualidad como medio para la reproducción, el placer como algo reprobable y atravesado por el discurso de la culpa, los prejuicios estéticos, incluyendo aquí la búsqueda de la eterna juventud, y la separación del cuerpo con el “espíritu”. Todos estos elementos han sido estrategias que el sistema dominante ha utilizado para que las mujeres sigamos encerradas en el mismo lugar.

Estamos en un momento histórico en el que por un lado, el cuerpo de las mujeres se expone como un producto, el cual se necesita vender a toda costa, y para ello, hay que perfeccionarlo, añadiendo todo tipo de elementos para que el cuerpo sea todo menos cuerpo; este cuerpo, el que se moldea y acomoda a las exigencias externas, es un cuerpo que grita ser escuchado. Por otro lado, el cuerpo de las mujeres se esconde, se esconde de sí mismo y de los demás cuerpos, porque afuera nos dicen que no debemos tener cuerpo, que solo es válido tenerlo si cumple con el listado de características que los estereotipos nos exigen. Parece entonces que el cuerpo, en especial el de las mujeres, está demasiado expuesto y a la vista de todos y todas, a la expectativa de si cumple o no con lo esperado, pero a la vez, es un cuerpo que se tiene que esconder, que se borra, ¿De quién se esconde este cuerpo? Pareciera que de nosotras mismas.

Claro que con todo esto, le tememos a la piel, al cuerpo, porque nos compromete a sentirnos y enfrentarnos a nosotras mismas y a todo lo que nos dicen que debemos hacer o dejar de hacer. Religiones, costumbres, instituciones, investigaciones, normas, leyes, siempre viene de afuera la forma en que debemos tener cuerpo. Siempre da miedo lo que no conocemos, y en este caso, las mujeres no fuimos socialmente educadas para conocer nuestro cuerpo. Y es así como tener un cuerpo se vuelve una vivencia un tanto esquizofrénica para nosotras, en donde por un lado debemos poner esa barrera, taparnos y cuidarnos porque el mundo de afuera pareciera ser amenazante para nuestros cuerpos, pero por otro lado, se hace necesario y demandante tener un cuerpo que se vea y que sea “estéticamente correcto”. Los discursos sociales nos exigen cumplir con sus estereotipos pero, ¿dónde queda espacio para que yo como mujer viva mi cuerpo, para que lo disfrute, para que descubra que con él puedo sentir placer y no sentir culpa?

Julieta Paredes (2010) menciona que hay que partir del cuerpo como primer campo de acción y lucha, y hay que reconocer que ante las diferentes estrategias que ha utilizado el poder para que las mujeres no seamos dueñas de nuestro propio cuerpo, y por lo tanto, de nuestra vida, ha habido distintos caminos y esfuerzos para apropiarse de ellos, como un  proceso de resistencia. Resistencia porque queremos un cuerpo narrado por nosotras mismas, que ya no esté roto en mil pedazos, porque queremos mirarnos al espejo y respetarnos, identificarnos unas con las otras como cuerpos que tienen mucho que contar, que compartir.

Es en esa lucha en la que decimos que ya basta de que otros decidan por nosotras y nuestros cuerpos, ya basta de que el cuerpo de las mujeres sea visto como objeto.

Así que hoy, como cualquier otro día, debemos abrir espacios para reflexionar acerca de nuestros cuerpos, y sobre todo, permitirnos vivir el cuerpo como un espacio de descubrimiento y autoconocimiento, de goce, y no dejar de cuestionar a quienes históricamente han querido encerrar a nuestros cuerpos. Creo que durante suficiente tiempo hemos temido de nuestros propios cuerpos, nos hemos alejado de ellos, pero también reconozco y admiro los esfuerzos que cada una de las mujeres, en cada uno de los diferentes espacios y propuestas, han realizado para que los cuerpos sean más nuestros, para que les temamos menos y los aceptemos más, para que los disfrutemos más y los suframos menos. Hoy es sólo un pretexto para recordar la relevancia de ser conscientes del propio cuerpo, porque sólo así se puede ser consciente de quién es una. Así que ya basta de esos cuerpos que callan porque  otros y otras así lo digan. Nuestros cuerpos de mujeres, son también cuerpos que hablan, que cantan, cuerpos que gritan libertad.

Marcela Tárano 

Referencias

Gómez Mena, C. (2011, 9 de octubre). El faje, práctica de placer que los humanos dejan con los años. La Jornada

Le Breton, D. (1992/2011). La Sociología del Cuerpo. Buenos Aires: Nueva Visión.

Paredes, J. (2010). Hilando fino desde el feminismo comunitario. La Paz: Comunidad Mujeres Creando Comunidad