Agenda de las mujeres: una asignatura pendiente

Por Atziri Ávila // @atzirieavila

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PRIMERA PARTE

El 8 de marzo es una fecha emblemática para conmemorar la lucha de las mujeres en la defensa de sus derechos. Y aunque el sistema capitalista busca comercializarla promoviendo el obsequio de flores, tarjetas y otros “regalos”, es necesario reivindicar el Día Internacional de las Mujeres como un día de reconocimiento a quienes lucharon y siguen luchando porque los derechos humanos de las mujeres sean efectivamente garantizados.

Revalorizar esta fecha es traer al presente a todas aquellas mujeres que han luchado a favor de la igualdad y la justicia; mujeres asesinadas por alzar la voz, por expresar sus ideas “adelantadas a su época” o por plasmar exigencias a favor de su género.

Ejemplo de ello fue Olimpia Bouges, quien fue ejecutada en la guillotina el 3 de noviembre de 1793; además de haberse manifestado abiertamente a favor de la abolición de la esclavitud, Olimpia escribió la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana en 1791; uno de los primeros documentos que cuestiona colocar al hombre como el centro de todo.

Olimpia fue también una de las precursoras en exigir la igualdad tanto en la vida pública como privada, el derecho a voto, al trabajo, a la participación política, a la educación, el derecho al divorcio, a poseer y controlar propiedades, entre otros.

Incontables son las mujeres que fueron condenadas por ser “féminas inquietas, andariegas, desobedientes”; juzgadas por “obedecer poco y cuestionar mucho”, como lo relató el maestro Eduardo en su serie La vida según Galeano. Mujeres que lucharon y protestaron por nuestros derechos a costa de cuestionamientos, ridiculizaciones, cárcel o asesinatos.

La lucha de las mujeres por salarios justos, condiciones dignas de trabajo y para una mejor calidad de vida las movilizó para que de manera organizada trasladarán las exigencias de sus derechos civiles, políticos y económicos a las calles, lo que obligó a instancias como la ONU a reconocer la situación de las mujeres y a crear esfuerzos de los Estados para eliminar la desigualdad entre hombres y mujeres; desigualdad presente incluso en la propia Declaración Universal de los Derechos Humanos, la cual se construyó desde una perspectiva androcéntrica y sin tomar en cuenta la visión ni las necesidades de las mujeres.

Fue en 1975 cuando la Asamblea General de la ONU declaró el 8 de marzo como Día Internacional de las Mujeres. Veinte años después, durante la Cuarta Conferencia Mundial sobre la Mujer, celebrada en septiembre de 1995 se construyó el plan más progresista para promover los derechos de las mujeres.

Plataforma de Acción de Beijing

La Plataforma de Acción de Beijing es un “programa encaminado a crear condiciones necesarias para la potenciación del papel de las mujeres en la sociedad”. Fue firmada por representantes de 189 gobiernos quienes se comprometieron a aplicar la Plataforma de Acción y a garantizar que todas sus políticas y programas reflejaran una perspectiva de género.

Para ello, se hicieron compromisos en 12 esferas de especial preocupación: pobreza, educación y capacitación, salud, violencia contra la mujer, conflictos armados, economía, ejercicio del poder y la adopción de decisiones, mecanismos institucionales para el adelanto de la mujer; derechos humanos de las mujeres; medios de difusión; medio ambiente y niñas.

Si bien han pasado 20 años de la Declaración y la Plataforma de Beijing, los avances son a cuenta gotas y las mujeres continúan exigiendo el respeto a los derechos básicos, basta referir la situación que prevalece en materia laboral, salud y violencia.

Trabajo

A pesar de que miles de mujeres en el mundo allanaron el camino para exigir los derechos laborales de las mujeres, la realidad actual evidencia un retroceso significativo de los avances logrados.

Las mujeres seguimos ganando menos que los hombres por el mismo trabajo realizado; el aporte de las mujeres a la economía es minimizado o infravalorado; el número de horas que se trabajan responde a la lógica del mercado y no a la garantía de una vida digna.

Según la Encuesta Nacional de Ocupación y Empleo (ENOE) 2012 de la población que participa en el trabajo remunerado, los hombres tienen mayores ingresos que las mujeres; las mujeres de entre 30 a 59 años de edad trabajan un promedio de 63.8 horas a la semana, mientras que los hombres trabajan cerca de 51.5, esto es reflejo también de la doble jornada que realizan las mujeres tanto fuera como dentro del hogar, reforzando estereotipos de género que dejan a las mujeres el cuidado de los hijos e hijas y como “responsables de las tareas domésticas”, es así que el trabajo asistencial, tanto remunerado como no remunerado, recae principalmente en las mujeres.

Cabe mencionar también que actualmente cerca de la cuarta parte de los hogares mexicanos tienen como jefa a una mujer y de ellos, 79.3% son hogares en los que la jefa de familia no tiene pareja pero sí hijos, lo que evidencia también un patrón significativo de la falta de reconocimiento y responsabilidad de la paternidad.

Salarios

La encuesta refiere también que entre quienes perciben menos de dos salarios mínimos prevalecen las mujeres, mientras que entre quienes ganan más de dos salarios mínimos predominan los hombres.

Si bien el ingreso de la población se incrementa de acuerdo al nivel de educación, en todos los niveles de escolaridad las mujeres tienen un menor ingreso respecto al de los hombres.

De igual manera los empleos para las mujeres suelen ser empleos de baja calidad y en donde la toma de decisiones no recae sobre ellas.

A ello se une la prevalencia del trabajo infantil, la violencia laboral que se manifiesta a través del acoso u hostigamiento sexual; cuando los jefes piden favores sexuales a cambio de un ascenso laboral o para mantener el trabajo; a través de la discriminación que tiene que ver con la edad, la imagen, el peso o cuando se solicita a las mujeres la constancia de no gravidez, solicitándoles el certificado médico que constate que no están embarazadas para poder obtener un empleo; la ausencia de prestaciones laborales que impacta negativamente la garantía de otros derechos, entre otros ejemplos.

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Atziri Ávila es comunicóloga social, activista y defensora de derechos humanos y Coordinadora de la Red Nacional de Defensoras de Derechos Humanos.

 *La foto es de Fabien Seguin

Todxs tendríamos que ser feministas – fragmento de una reflexión de Chimamanda Adichie 3

Por Editorial // @micgenero

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TERCERA PARTE

Tanto los hombres como las mujeres en Nigeria usan la frase -que me parece muy curiosa- “I did if for peace in my marriage” (lo hice por la paz de mi matrimonio). Ahora, cuando lo dice un hombre usualmente se trata de algo que no debería estar haciendo de cualquier forma. Es algo que se le dice a los amigos de manera entre desesperada y gozosa, como algo que prueba en última instancia cuan masculinos son, cuan necesitados, amados: “mi esposa dice que no puedo ir al club todas las noches, así que por la paz de mi matrimonio voy sólo los fines de semana”. Pero cuando una mujer dice la frase, usualmente se trata de tener que haber dejado una oportunidad laboral, un sueño, una carrera.

Les enseñamos a las niñas que en las relaciones, las mujeres son las que tienen que ceder. Les enseñamos a las niñas a verse mutuamente como rivales, y no por méritos o por trabajos -que no me parecería tan mal-, si no por la atención de los hombres.

Les enseñamos a las niñas que no pueden ser seres sexuales de la manera que son los hombres. Si tenemos hijos, no nos molesta saber de sus novias; ¿pero de los novios de nuestras hijas? Dios no lo quiera. Aunque, por supuesto que cuando ha llegado el momento, todxs esperamos que las mujeres traigan a casa al hombre perfecto para ser su marido.

Somos policías para las niñas, elogiamos su virginidad, pero no elogiamos la virginidad masculina. Y es algo que siempre me pregunto cómo se supone que puede funcionar…

Recientemente una joven fue violada por un grupo de varones en la Universidad de Nigeria, creo que algunxs de nosotrxs acá sabíamos al respecto. Y la respuesta de muchxs jóvenes nigerianxs, tanto hombres como mujeres, era algo así como “sí, violar es malo, pero ¿qué hacía una mujer en un salón con cuatro hombre?” Dejando de lado la horrible falta de humanidad de esa respuesta, veremos que estxs nigerianxs fueron educadxs para ver a la mujer como inherentemente culpable. Y han sido criadxs para esperar tan poco de los hombres que la idea de los hombres como seres salvajes sin ningún tipo de control es, por alguna razón, aceptable.

Les enseñamos a las niñas a tener vergüenza. “Cierra las piernas”, “cúbrete”, las hacemos sentir que por el simple hecho de haber nacido mujeres ya son culpables de algo. Y así, las niñas crecen para ser mujeres que no pueden ver que tiene deseo. Crecen para ser mujeres que se silencian a sí mismas. Crecen para ser mujeres que no pueden ver lo que realmente creen y crecen -y esto es lo peor que le hacemos a las niñas- para ser mujeres que han hecho un arte de la simulación.

Conocí a una mujer que odiaba los quehaceres de la casa. Los odiaba, pero pretendía que le gustaban porque le enseñaron que eso la hacía “material para una buena esposa”. Después se casó y al cabo de un tiempo la familia de su marido la acusaba de haber cambiado. De hecho, no había cambiado, sólo se había cansado de mentir.

El problema con el género es que dicta como debemos ser en lugar de reconocer cómo somos. Imagínense cuanto más felices, cuanto más libres podríamos ser si fuéramos nosotrxs mismxs, si no tuviéramos el peso de las expectativas de género.

Solía ver a mi abuela, quien era una mujer brillante y me preguntaba cómo hubiera sido si ella hubiera tenido las mismas oportunidades que un hombre. Hoy en día hay muchas más oportunidades para las mujeres de las que había en la época de mi abuela, por los cambios de política, los cambios en la legislación, cosas que son muy importantes. Pero lo que importa aún más es nuestra actitud, nuestra forma de pensar, lo que creemos y valoramos del género.

Chimamanda Adichie es escritora.

*Este post es un fragmento traducido al castellano de la Ted Talk “We should all be feminist” de Chimamanda.

**La imagen de Chimamanda Adichie de este post es del internet

Todxs tendríamos que ser feministas – fragmento de una reflexión de Chimamanda Adichie 2

Por Editorial // @micgenero

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SEGUNDA PARTE

El género importa en todo el mundo, pero quiero enfocarme en Nigeria y en África en general, porque es de lo que sé y es donde tengo puesto el corazón. Y me gustaría pedir hoy que empezáramos a soñar y planear un mundo distinto; un mundo más justo; un mundo de hombres y mujeres más felices y fieles a sí mismxs. Y aquí está como empezar: debemos educar diferente a nuestras hijas. También debemos educar diferente a nuestros hijos.

Le hacemos daño a los niños por cómo los educamos; sofocamos la humanidad de los niños. Definimos la masculinidad de una forma muy angosta. La masculinidad se convierte en una jaula dura y pequeña donde metemos a los niños. Les enseñamos a los niños a tener miedo del miedo.Les enseñamos a los niños a tener miedo de la debilidad, de la vulnerabilidad. Les enseñamos a enmascarar quiénes son realmente porque deben ser, como se dice en Nigeria- “hard man!” (hombre duro).

En la secundaria, un hombre y una mujer adolescentes, con la misma cantidad de dinero para salir a tomar algo, saldrían y será esperado siempre que el hombre sea quien pague por todo, para probar su masculinidad. Y sin embargo nos preguntamos porque los hombres son quienes tienen más probabilidades de robar dinero de sus padres. ¿Qué pasaría si hombres y mujeres fueran educados para no asociar la masculinidad con el dinero? ¿Qué pasaría si la actitud no fuera “el hombre tiene que pagar” y si “quien tiene más paga”? Claro que, con la histórica desventaja será normalmente el hombre quien tiene más dinero hoy para pagar, pero si empezamos a educar a lxs niñxs de manera diferente, entonces en cincuenta o en cien años los niños no tendrán la presión de probar su masculinidad.

Pero lo peor que le hacemos a los hombres al hacerles sentir que tienen que ser duros es que los dejamos con egos muy frágiles. Mientras más “hombre duro” siente que debe ser, más frágil se vuelve. Y después les hacemos daño a las niñas porque las educamos para que atiendan los frágiles egos masculinos. Les enseñamos a las niñas a encogerse, a achicarse; le decimos a las niñas “puedes ser ambiciosa, pero no mucho… puedes ser exitosa pero no demasiado porque de lo contrario serás amenazante para el hombre”.

Si tú eres la proveedora en una relación con un hombre debes pretender que no lo eres. Especialmente en público, si no, lo vas a castrar. Qué tal si cuestionamos la premisa en sí: ¿por qué el éxito de una mujer debe ser amenazante para un hombre? ¿Qué si decidimos deshacernos de esa palabra? No creo que haya una palabra en inglés que odie más que “emasculation” (castración).

Un conocido nigeriano una vez me preguntó si me preocupaba que los hombres se sintieran intimidados por mí. A mí no me preocupaba en absoluto. De hecho ni se me había ocurrido preocuparme porque un hombre que se siente intimidado por mí es exactamente el tipo de hombre por el que no tendría ningún interés. De cualquier forma la pregunta me sorprendió. Como mujer, se espera que aspire al matrimonio. Se espera que tome decisiones vitales siempre tomando en cuenta que el matrimonio es lo más importante. El matrimonio puede ser algo bueno: puede ser una fuente de alegría, amor y apoyo mutuo. Pero, ¿por qué les enseñamos a las niñas a aspirar al matrimonio y no le enseñamos lo mismo a los niños?

Conocí a una mujer que vendió su casa porque no quería intimidar a un hombre en caso de casarse después. Conozco a una mujer nigeriana que no está casada y que, cuando va a conferencias, se pone un anillo porque según ella, quiere que lxs demás participantes “la respeten”.

Conozco mujeres jóvenes que están bajo tanta presión familiar, social y hasta laboral por casarse que son empujadas a tomar decisiones terribles. A una mujer de cierta edad que no se ha casado, nuestra sociedad le enseña a verlo como un profundo fracaso personal. Mientras que de un hombre de cierta edad que no se ha casado, sólo se cree que simplemente no ha decidido con quién casarse.

Es fácil decir que las mujeres pueden decirle que no a todo esto. Pero la realidad es más difícil y compleja. Somos seres sociales. Internalizamos las ideas de nuestra socialización. Incluso el lenguaje que utilizamos cuando hablamos del matrimonio y las relaciones ilustra esto. El lenguaje del matrimonio es uno de propiedad, no de alianza. Usamos la palabra “respeto” para hablar de algo que la mujer le demuestra a un hombre, pero usualmente no algo que el hombre demuestra a una mujer.

Chimamanda Adichie es escritora.

*Este post es un fragmento traducido al castellano de la Ted Talk “We should all be feminist” de Chimamanda.

**La imagen de Chimamanda Adichie de este post es del internet

 

Todxs tendríamos que ser feministas – fragmento de una reflexión de Chimamanda Adichie

Por Editorial // @micgenero

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PRIMERA PARTE

Los hombres y mujeres somos diferentes. Tenemos diferentes hormonas, diferentes órganos genitales, diferentes habilidades biológicas; las mujeres pueden tener bebés, los hombres no… al menos no aún. Los hombres tienen testosterona y en general son físicamente más fuertes que las mujeres.

Hay ligeramente más mujeres que hombres en el mundo; cerca de un 52% de la población mundial es femenina. Pero la mayoría de las posiciones de prestigio y poder son ocupadas por hombres. Bien dijo la fallecida ganadora keniana del Premio Nobel de la Paz Wangari Maathai:”mientras más alto vas, menos mujeres encuentras”.

En las recientes elecciones estadounidenses no dejábamos de escuchar acerca de la ley Lilly Ledbetter, y si vamos más allá de la linda aliteración en el nombre de esa ley vemos que se trata de un hombre y una mujer haciendo el mismo trabajo, con las mismas calificaciones para hacerlo, pero el hombre gana más simplemente porque es hombre.

Así que en un sentido literal, los hombres dominan el mundo. Esto tenía sentido hace mil años porque los seres humanos vivían entonces en un mundo en el que la fuerza física era el atributo más importante para la supervivencia. La persona más fuerte tenía mayores probabilidades de ser líder y los hombre, en general, son físicamente más fuertes. Aunque, por supuesto que hay muchas excepciones.

Pero hoy vivimos en un mundo vastamente distinto. La persona con mayores probabilidades de ser líder no es la más fuerte, si no la más inteligente, la más creativa, la más innovadora, y no hay hormonas para esos atributos. Un hombres es igualmente capaz que una mujer de ser inteligente, de ser creativo, de ser innovador.

Hemos evolucionado, pero creo que nuestras ideas sobre el género no han evolucionado. La semana pasada entré al lobby de uno de los mejores hoteles en Nigeria -pensé en nombrar el hotel pero creo que mejor no lo haré- y un guardia en la puerta me detuvo para hacerme preguntas molestas. Porque asumió automáticamente que una mujer nigeriana sola en un hotel es una sexo servidora. Y por cierto, ¿por qué estos hoteles se enfocan en la oferta más que en la demanda por esos servicios? En Lagos no puedo entrar sola a varios clubs y bares “honorables”. Simplemente no te dejan entrar si eres una mujer que va sola, tienes que estar acompañada por un hombre.

Siempre que entro a un restaurante en Nigeria con un hombre, lxs meserxs saludan al hombre y me ignora a mí. Lxs meserxs son producto de una sociedad que les ha enseñado que los hombres son más importantes que las mujeres. Y sé que no tienen la intención de hacer ningún daño, pero es una cosa saber a nivel intelectual que sentir a nivel emocional. Cada vez que me ignoran me siento invisible, me siento desconcertada. Quiero decirles que yo soy tan humana como el hombre, que soy tan digna de reconocimiento como es él.

Éstas son cosas pequeñas pero a veces son las cosas pequeñas las que más duelen.

Hace no mucho escribí un artículo acerca de lo que significa ser una mujer joven en Lagos y me dijeron que era una pieza “muy enojada”. ¡Claro que era una pieza enojada! Estoy enojada. El género como funciona hoy es una grave injusticia. Todxs deberíamos estar enojadxs.

El enojo tiene una larga historia produciendo cambios positivos; pero además de estar enojada, tengo esperanza. Porque creo profundamente en la capacidad humana de hacerse y rehacerse a sí mismxs para mejorarse.

Chimamanda Adichie es escritora.

*Este post es un fragmento traducido al castellano de la Ted Talk “We should all be feminist” de Chimamanda.

**La imagen de Chimamanda Adichie de este post es del internet

Tenemos que hablar de las drogas

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El sábado pasado en la Ciudad de Buenos Aires murieron cinco jóvenes después de haber consumido lo que los medios reportan como éxtasis. La noticia sacudió a la Argentina y polarizó la de por si precaria discusión que se tiene acerca de las drogas. Para muchxs, el tema se trata de un problema moral cuando para otrxs se trata de un tema de salud.

Lxs primerxs, suelen considerar que el consumo de sustancias ilegales es “malo” y se enfoca en la criminalización de lxs consumidorxs. Lxs segundxs, considera que las drogas forman parte de una cultura del consumo y que su abuso nos habla más de un problema de salud mental, que de otra cosa. Ambos sectores tienen representantes que desde hace tiempo pugnan por incluir sus proyectos en las agendas nacionales e internacionales.

Es un hecho que hoy en día se conoce muy poco acerca de las drogas llamadas ilegales, que -por cierto- son distinguidas de las drogas legales por motivos poco aparentes y hasta arbitrarios. Esas drogas no son motivo de curiosidad científica… o no pueden serlo. La historia del psiquiatra británico David Nutt habla por sí misma. Nutt, pertenecía al Advisory Council on the Misuse of Drugs -algo así como el Consejo sobre el Mal Uso de las Drogas-, hasta que comenzó a hacer una clasificación alternativa sobre la peligrosidad de ciertas drogas ilegales, sus hallazgos fueron “en contra de los  ejes de las políticas públicas británicas” y fue destituido de su cargo.

Esta historia, y tantas otras, revela una desafortunada realidad: estamos asistiendo a una época en la que todavía la mayoría de la gente -al menos de la gente que toma las decisiones políticas más gruesas- todavía piensa que las drogas son malas en sí. Tan malas, que la mejor solución es que permanezcan prohibidas. Para este sector, la despenalización es una medida que serviría para incentivar el consumo y no una medida para, como argumenta el sector contrario; eliminar el narcotráfico, regular la calidad de las drogas que se consumen e investigar los usos terapéuticos de las mismas.

Curiosamente, ayer la ONU llamó a una Asamblea General para discutir el tema de las drogas por la estrecha relación que sostienen con la violencia y las violaciones a los Derechos Humanos alrededor del mundo. Ninguna reunión del organismo se dedicaba específicamente a dicho tema desde hace casi veinte años. Se discutieron las distintas políticas nacionales e internacionales que se han llevado a cabo para “combatir” al narcotráfico.

Sin embargo, un reporte de The Guardian hace notar la verdaderamente increíble tendencia a seguir por el camino de la criminalización al consumo. Dice que la ONU -en su acuerdo adoptado después del día uno de tres que dura la asamblea- apoya las medidas prohibicionistas de las drogas, al mismo tiempo que pide soluciones más humanistas al respecto. Esto puede parecer contradictorio, y lo es desde cierta perspectiva, sin embargo, no se puede dejar de contemplar que los marcos legales y las decisiones de modificarlos responden a personas inmersas en distintas culturas. Culturas que muchas veces se ven marcadas por pensamientos religiosos que buscan poder distinguir la diferencia entre las conductas correctas e incorrectas sin preguntarse acerca de los contextos.

Discutiendo sobre las muertes del fin de semana pasado, surgió el tema del consumo responsable que muchos han criticado cuando se trata de drogas ilegales. Y es cierto que es difícil ejercer un consumo enteramente responsable cuando no se sabe si lo que hay en una pastilla que se vende como éxtasis es verdaderamente MDMA. Sin embargo, creo que existen diferentes formas de utilizar una sustancia, y apoyo enteramente que se deje de tratar el consumo como un tema de moral para ser un tema de salud. Esto permitiría que quienes deseen hacer uso de una sustancia lo hagan en las mejores condiciones posibles y con la mayor cantidad de información a disposición, que es lo mismo que ya hacemos con sustancias como el alcohol y el tabaco.

Hay dos cosas por decir para intentar cerrar. La primera es que las personas no dejan de utilizar drogas porque estén prohibidas, sino que lo siguen haciendo pero con más riesgos -sanitarios y penales, de entrada-. La segunda es que el gran éxito que tiene el negocio del narcotráfico se debe justamente a su condición de ilegalidad, a su falta de regulación y a su dudoso -si no es que nulo- control de calidad. Entonces, ¿por qué no se habla de la despenalización seriamente? Porque para mí, la terrible muerte de lxs cinco jóvenes en Buenos Aires, es una consecuencia relativa a esta ilegalidad.

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Ana Mata es psicóloga, cineasta y maestra en Derechos Humanos.

*La foto es Sarah Schönfeld, del proyecto All you can feel donde fotografió distintas drogas ilegales bajo la lupa de un microscopio. La de este post es Heroína.

**Más sobre la clasificación alternativa de David Nutt en la siguiente entrega. 🙂

 

Nada que perdonar: las mujeres decidimos sobre nuestro cuerpo

Por Atziri Ávila // @AtzirieAvila

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La reciente visita del Papa Francisco a México será recordada por su cercanía a la cúpula del poder político, económico y empresarial, y por su desdén hacia los más excluidos, por su negativa a reunirse con las víctimas, por sus silencios y omisiones.

En su visita oficial realizada del 12 al 17 de febrero de 2016, las mujeres estuvimos prácticamente invisibles en la agenda y discurso del líder de la iglesia católica.

Lejos de visibilizar la agenda social y de pronunciarse sobre los problemas que afectan a la mayoría de la población, el papa Francisco, fue omiso, entre otros temas importantes, respecto de la violencia que vivimos las mujeres en México. Esto evidenció que su interlocución, acercamiento y pronunciamiento hacia nosotras, continua siendo uno que busca perpetuar la ideología que atenta contra los derechos humanos de las mujeres, que lejos de concebirlas como sujetas de derechos las concibe como entes destinados a la reproducción.

Si bien los derechos sexuales y reproductivos han dado pasos significativos en nuestro país, el aborto sigue siendo un tema pendiente en donde la iglesia ha jugado un papel que atenta contra el Estado Laico. Contrario a que se generen políticas públicas que ponderen la autonomía reproductiva de las mujeres, su acción busca dar continuidad e imponer creencias religiosas sobre nuestro cuerpo.

La visita del papa a México visibilizó la entrecha relación y complicidad entre autoridades mexicanas y autoridades eclesiales, pues más que servidores públicos, se comportaron como fieles católicos, violentando la separación entre el Estado y la Iglesia.

Dicha cercanía es una alerta para diferentes integrantes de la sociedad, entre ellos, para quienes promovemos y defendemos la garantía y ejercicio pleno de los derechos humanos. En el caso del movimiento feminista, la actuación conjunta del Estado y la Iglesia obstaculiza el avance y garantía de los derechos de las mujeres ante la influencia de los dogmas religiosos.

Basta mencionar la carta enviada por el papa Francisco el 1 de septiembre de 2015 al presidente del Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización, Rino Fisichella, encargado de organizar el año santo extraordinario, en la que manifiesta otorgar un permiso temporal para que los sacerdotes puedan absolver del “pecado de aborto a quienes lo han practicado y que estén arrepentidas de corazón”. A decir de la carta, dicho perdón será únicamente otorgado durante el Jubileo de la Misericordia o Año Santo a realizarse del 8 de diciembre de 2015 al 20 de noviembre de 2016.

Sobra decir que tanto la misiva como ese perdón nos ofende; ofende a las y los familiares de mujeres que han muerto por abortos clandestinos, a mujeres que han sido encarceladas por abortos espontáneos involuntarios, a quienes son estigmatizadas y discriminadas por defender sus derechos, a las defensoras de los derechos de las mujeres que desde la mitad del siglo XX iniciaron la lucha por nuestro derecho a la vida, a la salud sexual y reproductiva, a decidir plenamente sobre nuestro cuerpo, a quienes luchan por nuestro derecho a la intimidad, a la vida privada, autonomía reproductiva, a la integridad personal y emocional, a la libertad de consciencia, a una vida libre de violencia, a una maternidad libre y voluntaria.

Esta lucha que continuamos hasta nuestros tiempos, reivindica el derecho de las mujeres de tomar decisiones reproductivas libres y responsables; a decidir si queremos tener hijas/os o no, el número y el espacio entre cada uno, al acceso pleno a métodos de regulación de la fecundidad y a que las mujeres que así lo desean puedan realizar la interrupción legal del embarazo (ILE) en condiciones salubres y seguras.

Si bien en México existen regulaciones en materia de aborto, en general, éstas son restrictivas, excepto en el Distrito Federal [1], donde el aborto está permitido por voluntad de la mujer en las primeras 12 semanas de ges­tación. El aborto en casos en los que el embarazo es producto de una violación sexual es la única causal legal que existe en todo el país, sin embargo es de difícil acceso [2].

En el mejor de los casos las mujeres son sometidas a trámites burocráticos que las revictimizan, son objeto de cuestionamientos y regaños, pero la mayoría de las veces las mujeres no pueden acceder a él por falta de conocimiento e información.

A pesar de que la vida o salud de las mujeres esté en riesgo, por ser menores de edad y/o haber sido violadas sexualmente, mujeres han sido obligadas a llevar su embarazo a término, imponiéndoles una maternidad no deseada.

Por otra parte, la ausencia de políticas públicas que garanticen a las mujeres la interrupción legal del embarazo, las orilla a practicarse abortos inseguros que ponen en riesgo su vida y su salud.

Mujeres que sufren abortos espontáneos han sido criminalizadas con penas de hasta 30 años de prisión, acusadas incluso de homicidio en razón de parentesco, siendo las más afectadas las mujeres indígenas o de zonas marginadas, aquellas mujeres que el papa no vio.

Víctimas del sistema patriarcal y de las creencias religiosas, la clase gobernante respalda y alienta la retórica católica que equipara al cigoto con una persona nacida.

Desde esa postura se promueven reformas a constituciones locales con el objetivo de “proteger la vida desde el momento de la ‘concepción’ ”, lo que representa un retroceso importante para los derechos de las mujeres, viola el principio de progresividad de los derechos humanos y busca ser un obstáculo para futuros intentos por ampliar causales o despenalizar el aborto.

A pesar de que existe jurisprudencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos (Corte IDH) [3] que establece una mayor protección a los derechos reproductivos de las mujeres y en la que se reconoce que el embrión no es considerado como persona, supuesto básico necesario para hablar de titularidad de derechos humanos, las reformas en este sentido además de la negativa por la despenalización del aborto, evidencian que las políticas públicas y leyes en México contienen una fuerte influencia religiosa.

Exigir y luchar por nuestro derecho a decidir es contestatario, transgrede la lógica cultural de género, la moral tradicional, el régimen disciplinario, la normatividad.

A decir de la reconocida feminista mexicana Martha Lamas: “Los prejuicios sexistas, la doble moral y el maltrato, son frecuentes dentro de un sistema de normas y valores patriarcales que les niega a las mujeres la facultad de decidir sobre sus cuerpos y vidas”.

Las mujeres no necesitamos el perdón de quienes nos invisibilizan y son indiferentes ante la injusticia social, de quienes encubren la violencia sexual y la pederastia.

Las mujeres necesitamos que el Estado garantice nuestro derecho a la salud y derechos reproductivos; el acceso al aborto libre, gratuito y seguro; políticas públicas de educación sexual y reproductiva, de planificación familiar y anticoncepción respetuosas de la laicidad y sin injerencias externas, necesitamos servicios de salud integrales para interrupciones voluntarias de embarazos que eviten la mortalidad asociada a la práctica.

Lo que para el sumo pontífice es un “drama existencial y moral”, una “plaga”, un “atentado a la vida”, “un crimen”, “un mal absoluto”, para muchas mujeres es ejercer nuestra libertad y autonomía para que de manera individual y consciente, sin prejuicios ni imposiciones, cada una decida sobre su cuerpo.

Notas:

[1] El 26 de abril de 2007 se publicó en la Gaceta Oficial la reforma al Código Penal y a la Ley de Salud del Distrito Federal, con la cual se estableció la despenalización del aborto durante las 12 primeras sema­nas de gestación.

[2] Informe “Niñas y mujeres sin Justicia, derechos reproductivos en México”, Grupo de de Información en reproducción Elegida (GIRE), México 2015. Disponible en: http://informe2015.gire.org.mx/#/inicio

[3] Sentencia Corte Interamericana de Derechos Humanos “Caso Artavia Murillo vs. Costa Rica 2012”. Disponible en: http://www.corteidh.or.cr/docs/casos/articulos/seriec_257_esp.pdf

Atziri Ávila es comunicóloga social, activista y defensora de derechos humanos y Coordinadora de la Red Nacional de Defensoras de Derechos Humanos.

*La foto es de Ronan Guillou

The Revenant: paisajes masculinos

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Por Ana Mata // @tatatactictac

Estoy sentada en la oscuridad con las manos en los oídos y los ojos cerrados. En la pantalla están intentando desesperadamente hacernos creer que la película se trata de la lucha por la vida, pero no es cierto. Estamos viendo The Revenant. Salgo del cine con el cuerpo todo dolorido y el desazón particular que te deja haber perdido casi tres horas de vida.

Como está nominada a tantos premios llego a casa intrigada y navego para buscar razones. Encontré de todo. Mucho de la preciosa -y sí es preciosa- cinematografía de Lubezki, algo de las impresionantes -que no son impresionantes- actuaciones, pero dos expresiones me sorprendieron especialmente. La primera, frase inicial de una crítica en Rolling Stone, decía:

Screen Shot 2016-02-07 at 12.06.39 PM(Nota para los cobardes cinematográficos: The Revenant no es para ti.)

Hay que notar que, al igual que en español, la palabra que en inglés se utiliza para decir cobarde es una palabra que intenta calificar de femenino -feminizar-, como si esto fuera algo indeseable. En la Rolling Stone les dicen pussies (que se traduce directamente como “coños”) a quienes en nuestros países les dicen putos.

La segunda, de la revista GQ:

Screen Shot 2016-02-07 at 12.21.53 PM(The Revenant es sorpresivamente, agresivamente masculina)

Con ambas expresiones queda claro que algunas de las críticas positivas sobre The Revenant -como es el caso de éstas que cito- empatan la violencia de la película, y la posibilidad de disfrutarla, con la idea de masculinidad. Pero sin ningún tipo de reflexión ni medianamente interesante acerca de la violencia ni de la masculinidad, la película se defiende sólo con argumentos rancios; patriarcales y heteronormativos.

Más allá de la posibilidad de disfrutar la violencia -cosa que no pretendo decir que no existe pero que por otra parte no me interesa abordar en este momento-, lo que creo es que se les sigue queriendo decir a los varones que tienen que disfrutar la violencia, que es masculino hacerlo. Desde esa misma perspectiva, parecería entendible seguir argumentando que películas como The Revenant no son películas femeninas, ni películas para mujeres. Cuando, por cierto, las únicas tres mujeres que aparecen en la historia tienen en su destino el ser violadas, matadas o en todo caso salvadas por los hombres, creo que queda claro cuál es el universo en el que nos sumergimos por tres largas horas. Un universo bien real.

Y digo real porque leí que esta es una película con aspiraciones a ser naturalista. Quizá gracias a esta palabra algunxs expliquen la existencia en la pantalla de cosas que existen en el mundo real. Sin embargo, no hay gran mérito en conseguir argumentar que una película es buena a partir de un aspecto así de técnico. A mí, ¿qué me importa si utilizaron luz natural, paisajes verdaderos, frío, sueño, enojo, cansancio todo real? De lo que tengo sed en el cine es de una historia, da igual si es real o no. Y una buena actuación necesita de una buena historia. Si no, el plan de ir al cine termina tratándose de ir a ver a Leonardo DiCaprio gruñendo y babeándose encima toda la película y después volver a casa para leer críticas que la defienden con argumentos de hace por lo menos cien años.

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Ana Mata es psicóloga, cineasta y maestra en Derechos Humanos.

Aquí están los artículos de GQ y Rolling Stone. Y aquí hay una de The Guardian que es una joya.

*La imagen es de The Revenant

Transgresoras de la palabra: defensoras de derechos humanos

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Por Atziri Ávila // @AtzirieAvila

Las defensoras de derechos humanos somos mujeres que de manera individual o colectiva, promovemos y defendemos los derechos humanos universalmente reconocidos. Nuestra razón de ser, deriva ya sea de una decisión propia; de la necesidad de exigir justicia por haber sido víctimas de violaciones a los derechos humanos; de la necesidad de alzar la voz; de luchar por una vida digna y de construir la transformación social hacia un mundo más justo e igualitario.

Defensoras de los derechos humanos son las mujeres que luchan en defensa de su territorio en las comunidades indígenas y que las defienden de los megaproyectos y los intereses transnacionales;  las mujeres que exigen medicamentos y atención medica adecuada en su comunidad; las mujeres que defienden el derecho a la educación, los derechos laborales; las mujeres que exigen el cese a todo tipo de violencia contra las mujeres; quienes visibilizan y demandan justicia ante el feminicidio; quienes buscan a sus familiares desaparecidos y recorren largos caminos contra la desaparición forzada; quienes defienden derechos sexuales y reproductivos, el derecho de las mujeres a decidir sobre sus cuerpos;  las mujeres que a través de su voz y su palabra difunden los derechos humanos y las violaciones en contra de ellos.

Somos mujeres que hemos transgredido los roles y estereotipos de género; desafiando las normas culturalmente impuestas.

Mujeres que participamos y actuamos para visibilizar y denunciar los abusos de autoridad y violaciones a los derechos humanos por parte de autoridades municipales, estatales y federales; abusos de empresas nacionales e internacionales que buscan dar continuidad a un sistema patriarcal que deshumaniza cada vez más la sociedad en la que vivimos.

Mujeres que han visto trastocado su proyecto de vida, luego de alguna violación a los derechos, razón que ha hecho que sus casas sean ahora las calles y su motor: la exigencia de justicia.

Desde diversos contextos y espacios, apostamos a la construcción de un mundo en donde los derechos humanos sean respetados, ejercidos y garantizados.

A través de acciones públicas y no públicas combatimos las condiciones de desigualdad y discriminación contra las mujeres.

Buscamos ofrecer alternativas de emancipación para las mujeres y para la construcción de nuevas sociedades; procesos reflexivos  de construcción  pensamiento crítico y de acciones propositivas para lograr una vida digna.

Sin embargo, a pesar de que el aporte de las defensoras busca ser de beneficio para la sociedad; los interés que tocamos nos colocan en situación de vulnerabilidad a través de la cual hemos sido objeto de diversos tipos de agresiones. Agresiones que violentan nuestro ser mujer, además de cuestionar nuestra labor como defensoras de derechos humanos.

Y es que, las mujeres defensoras de derechos humanos, además del riesgo que enfrentan los defensores varones, enfrentamos riesgos específicos por nuestra condición de género: amenazas de violación sexual; violación sexual; hostigamiento sexual y laboral; amenazas de atentar contra nuestras hijas e hijos; campañas de difamación y desprestigio con lenguaje sexista y machista; ridiculización de nuestra sexualidad; feminicidio; entre otras.

Las agresiones se hacen presentes a través de los allanamientos a nuestros domicilios.  En casos documentados recientemente contra mujeres defensoras y periodistas, éstos reflejan claros componentes de género, al dejar sobre sus camas la ropa íntima revuelta; huellas visibles en espacios íntimos, mensajes vinculados con su sexualidad, entre otros.

Las agresiones se hacen presentes también a través de mensajes amenazantes en nuestras oficinas; seguimiento y persecución; campañas difamatorias en nuestras comunidades; mensajes e imágenes agresivas en las redes sociales.

Dichas acciones, además de mermar la labor de las defensoras, generan impactos diferenciados que afectan el trabajo, a la organización a la que pertenecen, su estabilidad emocional, el entorno familiar, entre otros impactos.

En está última década, el incremento de violaciones a los derechos humanos ha incrementado también las agresiones contra las defensoras en nuestro país. A través de la Iniciativa Mesoamericana de Mujeres Defensoras de Derechos Humanos y la Red Nacional de Defensoras de Derechos Humanos en México (RNDDHM) documentaron 118 agresiones en 2012; 189 en 2013 y 308 en 2014.

En la mayoría de los casos la impunidad se hace presente y muchas veces son las propias autoridades quienes las agreden.

Ante ello, desde la sociedad civil; desde las propias defensoras de derechos humanos, hemos generado espacios de convergencia, identidad y comunidad; pactos contra la violencia patriarcal; espacios para generar estrategias de protección y prevención; apostamos a la construcción de medidas reales que puedan desactivar la violencia contra las mujeres.

Exigimos al Estado cumpla con la responsabilidad de garantizar el derecho a defender los derechos humanos y políticas de prevención, y apostamos a tejer y construir en Redes de mujeres, porque estamos convencidas de que las redes salvan vidas.

Hemos logrado reconocernos y reivindicarnos como defensoras de derechos humanos, así como nuestra labor y nuestro aporte específico. Sabemos que es necesario que como sociedad civil defendamos y exijamos el respeto a la labor de quienes defendemos los derechos humanos en contextos urbanos y comunitarios, desde donde contribuimos e impulsamos  la transformación para el cambio social.

Sin duda el 2015 ha sido un año que continúa cimbrando nuestro hacer. Pese a los obstáculos: Digna Ochoa, Marisela Escobedo, Josefina Reyes, Manuelita Solís, Bety Cariño, Rocío Mesino, Nadia Vera son mujeres que continúan sembrando nuestra esperanza e iluminando el camino del nuevo mundo que construimos día con día.

Recibimos el 2016 con nuevos retos y desafíos con la firme convicción de continuar ejerciendo nuestra labor. Tenemos sueños y utopías, pero también la claridad de que nuestro actuar cotidiano es legítimo y que impacta positivamente a nuestra sociedad.

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Atziri Ávila es comunicóloga social, activista y defensora de derechos humanos y Coordinadora de la Red Nacional de Defensoras de Derechos Humanos.

*La foto del principio es de Robert Darch. La segunda es de Atziri Ávila.

Ya no hay donde desnudarse tranquilxs

Por Ana Mata // @tatatactictac

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Me fascina el vestidor del gimnasio. El lugar es húmedo y caluroso, con techos bajos, puertas de vidrio y casilleros viejos. Da la impresión del esplendor opaco de otra época. Como un contenedor por donde han pasado diferentes mujeres en diferentes tiempos; lo que cambia es lo de adentro.

La mística de los vestidores para mí residió en la posibilidad de estar desnuda. De chica, los vestidores de los clubes deportivos fueron el primer lugar donde pude ver cuerpos femeninos como se ven más a menudo. Antes sólo había visto el cuerpo de mi madre y el de las modelos que posaba en las revistas que mirábamos con mis primas. En cambio en los vestidores he visto cuerpos de lo más variados acicalándose frente a los espejos.

A mí me animaban a que me desnudara sin pudor. No pasa nada –recuerdo cada palabra- aquí sólo hay mujeres. Mujeres como a mí me habían enseñado que eran las mujeres: cuerpos con pechos y triángulos oscuros de pelo púbico. No pasa nada, era lo mismo que decir: aquí no hay hombres. Pero lo que en realidad se estaba dejando de plantear es que también podían haber mujeres que miraran a otras mujeres como miran los hombre. Mujeres que gustaran de las mujeres.

Si soy sincera los vestidores nunca me parecieron lugares particularmente “seguros” para desnudarse porque no habían hombres. Nunca me costó más trabajo desnudarme frente a un hombre que desnudarme frente a una mujer.

Sin embargo, hay mujeres que hoy se sienten incómodas ante la posibilidad de estas “nuevas” -no son nuevas- mujeres que se filtran a los vestidores y miran como miran los hombres. Lo sé porque lo dicen. Lo noto mientras camino por el pasillo de las regaderas y veo como algunas ajustan la cortina con urgencia para no ser vistas. Leo en sus caras lo que piensan: ya no hay dónde desnudarse tranquilas.

Y esto simplemente me fascina no sólo porque se están teniendo que desarmar prejuicios sobre la orientación sexual, si no que también me gusta pensar que nadie está a salvo de la mirada -y el encuentro- con otrx. Todxs estamos expuestxs y esa exposición habla bien de nosotrxs, habla de una apertura a la diversidad humana con la que continuamos teniendo que aprender a interactuar.

Descuiden, la tranquilidad que se perdió en los vestidores vendrá por otro lado, quizás surgirá de la libertad de poder estar en paz ante las miradas, sin miedo al prejuicio, al odio, a la violencia. Mientras tanto, nos queda defender el poder ser y vivir toda la potencia que nos da el ver y el ser vistxs.

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Ana Mata es psicóloga, cineasta y maestra en Derechos Humanos.

*La fotografía es de Julie Hascoët

 

 

 

 

 

 

La falta de acceso de las mujeres a la justicia: sobre violencia de género en México

Por Ana Miranda // @AnninaMiranda

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“Cada 24 horas se consuman 7.2 feminicidios en México” señaló el coordinador de asuntos jurídicos del INMujeres, Pablo Navarrete, el pasado 9 de octubre en el marco del Foro Nacional “Violencia Feminicida y Alerta de Violencia de Género” realizado en el Distrito Federal. Con esta desalentadora cifra se justifican las Alertas de Violencia de Género (AVG) para dos estados de México. La primera, el 31 de julio de 2015, para 11 de los 125 municipios del Estado de México; la segunda, el 10 de agosto para 8 de los 33 municipios del Estado de Morelos.

El Foro se propuso “brindar herramientas teóricas y prácticas para erradicar la violencia feminicida y explicar el alcance de la declaratoria de la AVG”. Las intervenciones de los participantes confluyeron en una misma preocupación: ¿es la AVG una herramienta efectiva?, ¿cómo garantiza este instrumento los derechos de las mujeres? Los cuestionamientos recogen justificadamente las exigencias de la sociedad civil por la eficacia, el cumplimiento y la implementación de los protocolos de protección de los derechos de las mujeres en situación de violencia.

Lleno de anécdotas, explicaciones sobre cómo funciona administrativamente el mecanismo y detalladas experiencias de los participantes en dichos procedimientos, el Foro fue, sin duda, un ejercicio de exploración y reflexión necesario del cual se debe informar a la ciudadanía. Sin embargo, ante la urgencia de ofrecer acciones preventivas, de seguridad y de acceso a la justicia ante el homicidio sistemático de mujeres por razón de género, dicho Foro se limitó a explicaciones administrativas sin realmente aclarar cómo garantiza este instrumento los derechos de las niñas y mujeres. La AVG como herramienta representa sólo una parte de Ley General de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia (LGAMVLV) [1] y es un mecanismo legal de carácter inaplazable y que requiere de acciones urgentes por parte del gobierno para enfrentar dicha violencia en un territorio determinado. Pensar que la AVG logrará abatir toda la violencia feminicida, invisibiliza los distintos tipos de violencia (psicológica, física, patrimonial, económica y sexual) que evidenció la LGAMVLV desde el 2007, y que requieren de un tratamiento específico más allá de la AVG.

La creación de la LGAMVLV representa un logro de las diversas demandas de mujeres activistas y académicas por dar respuesta al alarmante contexto de asesinatos de mujeres y niñas en México. En diciembre del 2005 la incursión feminista en el órgano legislativo de México logró poner en la agenda política la desaparición, secuestro, tortura y homicidios de mujeres y niñas en el país. De acuerdo con Marcela Lagarde [2] -feminista que presidió la Comisión Especial que se encargaría de llevar a término la LGAMVLV- esta ley no es punitiva sino que propone un reordenamiento político para abatir las causas de la violencia. La LGAMVLV se diseño como un instrumento jurídico que no busca castigar al agresor sino garantizar el derecho a la vida de las mujeres y asegurar sus derechos. Si bien contempla sanciones -por ejemplo para feminicidio se aplica en el artículo 325 del Código Penal Federal-, debido a su naturaleza administrativa no está en su poder imponer castigos.

Otro objetivo de esta Comisión fue tipificar el feminicidio como delito de lesa humanidad. La elaboración de una categoría que integrara los elementos concretos de esos asesinatos y que evidenciara los diversos tipos de violencia que sufren las mujeres y las niñas, ha sido el resultado de una larga discusión en el debate feminista que logró introducirse en la discusión pública. El feminicidio es un concepto que de acuerdo con sus creadoras, Diana Russell y Jill Radford [3], ubica los homicidios contra niñas y mujeres como parte de la violencia de género, evidenciando con ello su dimensión pública y social. Esta categoría busca mostrar que los homicidios cometidos contra mujeres y niñas no se reducen a homicidios dolosos o culposos. Éstos se distinguen por el conjunto de conductas violentas contra las mujeres, asesinatos perpetrados contra los cuerpos de las mujeres por el simple hecho de ser mujeres. La diferencia introducida por esta categoría no es un simple matiz que refiere “homicidio en femenino”, es un cambio de perspectiva que busca cuestionar por un lado, la situación en la que viven las mujeres en la actual organización social, económica y política y por el otro, el tipo de relación que las mujeres guardan con sus pares masculinos.

Es importante recalcar los avances que la LGAMVLV ha logrado: al introducir la perspectiva de género y la de los derechos humanos, posibilitó el desarrollo de un aparato legal que considera las diferentes modalidades de violencia y puso en el espacio público la pregunta por la situación jurídica y política de las mujeres en México. Lo que implica reconocer que la violencia contra la mujer no es un hecho privado y familiar, se trata de un tipo de violencia inherente al sistema de relaciones sociales, es decir, es estructural y sistemática. En el contexto de esta ley, la violencia feminicida se inscribe como el conjunto de condiciones de violencia que pueden conducir al feminicidio.

Como se ve, esta ley nació con la intención de transformar las condiciones que vulneran la seguridad y los derechos de las mujeres. El principal objetivo de dicha ley busca garantizar el derecho de las mujeres a una vida libre de violencia, lo que implica que los tres órdenes de gobierno (federal, estatal y municipal) deben intervenir para prevenir, atender, investigar y reparar el daño, tal como se establece en su artículo 20. Es decir, esta ley implica un reordenamiento político de las condiciones fácticas de las vidas de las mujeres que no se agota en la implementación de un mecanismo como la AVG. Cabe entonces preguntarnos, ¿qué implicaciones prácticas tiene una ley que no busca castigar?

Para responder este cuestionamiento no se pueden dejar de mencionar algunos de los serios problemas que enfrenta dicha ley en la práctica, entre ellos, la discriminación en las averiguaciones, en los peritajes, el enfrentamiento de las víctimas con funcionarios negligentes y la revictimización de las mujeres en el proceso de investigación. Consideramos fundamental comprender lo que implican conceptos tales como: prevenir, atender, investigar y reparación. Podemos afirmar sin temor a equivocarnos que contamos con una categoría que engloba cada una de estas nociones: la justicia. Sostenemos que uno de los principales problemas para acceder a una vida libre de violencia, radica en la falta de acceso de las mujeres a la justicia.

Para comprender mejor esto, resulta pertinente atender al análisis de la justicia realizado por Aristóteles en la Ética Nicomáquea. En el libro V el filósofo griego, revisa fundamentalmente dos tipos: la justicia distributiva y la justicia correctiva. La primera consiste en la distribución de los bienes compartidos entre los miembros de una comunidad. La segunda, establece los tratos en las relaciones entre individuos y se vincula con la aplicación de la ley de acuerdo a un criterio de igualdad presupuesto entre los individuos. Así, de acuerdo con Aristóteles la ley debe considerar la naturaleza del daño y tratar a ambas partes como iguales, tanto al que comete el daño como a quien lo recibe. Siguiendo esta lógica, el juez intentará restaurar la desigualdad introducida por el daño cometido. Es decir, se trata de igualar la relación de asimetría provocada por el daño, de restablecer el estado de bienestar de quién sufrió el daño. Si bien Aristóteles, considera este tipo de justicia correctiva principalmente como punitiva, consideramos fundamental recuperar esta noción de justicia porque incluye otro aspecto menos reconocido: la reparación de los daños. Este tipo de justicia, trata de restablecer la igualdad entre los individuos por medio del resarcimiento del daño. La justicia supone personas cuyas relaciones están reguladas por una ley así, la ley se aplica a situaciones en las que es posible la violación de la misma.

Si pensamos la LGAMVLV a la luz de esta reflexión sobre la justicia, podemos afirmar, que una de las implicaciones prácticas de esta ley es restablecer la relación de igualdad que trastocó el agresor; lo que implica la indemnización, compensación y restitución del bien perdido. En el caso de la violencia feminicida, esto se traduce en acciones concretas como esclarecimiento sobre los hechos ocurridos, averiguación con perspectiva de género, publicación de la verdad, dignificación de la víctima, atención médica y psicológica de la víctima y sus familiares, entro otras.

El acceso de la mujer a la justicia entraña la reparación del daño perpetrado contra las mujeres y sus familiares. Acciones que incluyen ese reordenamiento político, social, institucional y económico denunciado por Marcela Lagarde. Se trata de transformar las condiciones actuales en las que se establecen las relaciones entre hombres y mujeres. La erradicación de la violencia contra la mujer no depende únicamente de un dispositivo punitivo que mágicamente impida la violación y trasgresión de los derechos de las mujeres. Se busca erradicar las relaciones de dominación, subordinación, sojuzgamiento, explotación y opresión que crean y reproducen las condiciones de desigualdad, discriminación y exclusión social por las que el cuerpo de la mujer se dispone como objeto sexual-desechable y que posibilita el caso más extremo de violencia: el feminicidio.

Las conexiones existentes entre las diversas expresiones de violencia, al no resolverse en la dimensión de la tipificación jurídica ni del mecanismo de la AVG, legitima una vez más la demanda de justicia. Con esto no se busca afirmar que dichas herramientas representen un fracaso, sin embargo resulta fundamental y urgente atender todos los tipos de violencia si lo que se busca es alcanzar la justicia para las mujeres en situación de violencia.

Notas:

[1] http://www.inmujeres.gob.mx/inmujeres/images/stories/normateca/legislacion2014/lgamvlv.pdf

[2] http://www.revistas.unal.edu.co/index.php/jardin/article/view/8343/8987

[3] http://www.dianarussell.com/f/femicde(small).pdf

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Ana Miranda Mora es doctoranda en Filosofía Política en la FFyL, UNAM. Profesora adjunta en la Facultad de Filosofía y Letras, UNAM. Miembro del seminario de Investigación “Otras Rutas del Feminismo en México en el siglo XXI”, PUEG. Ha enfocado su investigación en temas sobre feminismo, violencia, feminicidio y legalidad. Ha colaborado con la Comisión Mexicana de Defensa y Promoción de Derechos Humanos.

 

*La fotografía es de Gunnar Smoliansky