Mexicanos al grito de puto

El miércoles 19 la FIFA anunció que los aficionados mexicanos debían evitar la palabra “puto” en los partidos del mundial. Una gran cantidad de personas (o las que constituyen mi mundo virtual en Twitter y Facebook) salió en defensa desesperada de la palabra, con frases como “puto no es gay” o “No tiene nada que ver con la preferencia sexual”.

El argumento es que la palabra no es un insulto homofóbico (sólo es un insulto) y que la FIFA no respeta las tradiciones mexicanas (en el caso de que algo que sucede desde el mundial de Alemania 2006 pueda ser considerado tradición), ni nuestro derecho de insultar a alguien por ser pocos huevos, poco hombre, poco macho o algo peor: nena, niña o mujer. Aunque la afición mexicana argumente que “puto” no se refiere a la preferencia sexual de un hombre, resulta innegable que refiere a una carencia en su masculinidad, la cual sirve para denigrar directamente el potencial atlético y deportivo o las capacidades físicas de una persona. Por supuesto, el desempeño atlético no tiene nada que ver con la sexualidad (quisiera ver un hombre heterosexual superar a cualquier atleta de alto rendimiento no heterosexual sólo por tener relaciones con personas del sexo opuesto). Pero el insulto elegido sí pretende (¿para qué negarlo?) apelar a la debilidad y cobardía que “caracteriza” al sexo femenino y, por ende, a los hombres que se comportan como mujeres y se acuestan con otros hombres. De nuevo, se trata de una mezcla complejísima de cateogrías que lo único que demuestra es cuán profunda y arraigada está la homofobia y la misoginia en nuestra cultura. Basta ver cuánta gente se sumó a la defensa del grito mundialista (aunque ni siquiera sea parte de la afición al futbol), y cuánta gente defiende los derechos humanos básicos de mujeres y hombres mexicanos todos los días (aunque evidentemente sea parte de la humanidad).

El problema de esta defensa es que la gente que la hace no se ha sentido discriminada por tener una sexualidad diferente a la heteronormativa. La gente que defiende el uso de la palabra “puto” en el estadio porque “no significa homosexual sino cobarde”, es gente a la que nunca la han visto feo en la calle, le han negado un trabajo, o se ha sentido amenazada por mostrar su identidad sexual abiertamente. Lo peor es que, seguramente entre las personas que defienden el uso recreativo de la palabra puto, haya muchas que sí han sufrido algún tipo de discriminación, de género, racial, física, etaria, etc, pero como en este caso no les toca, no importa. No lo olvidemos: todxs tenemos nuestro puto.

He leído muchas defensas de la palabra “puto”, ya sean artículos serios o comentarios de mis amistades. Las defensas son, francamente, patéticas: “la Real Academia Española sólo define ‘puto’ como ‘homosexual’ en su cuarta acepción” parece ser la favorita. “Puto se usa como cobarde’” y “Yo le digo putos a mis amigos y no se enojan” son algunos de los argumentos que he escuchado a favor del uso de la palabra. Creo que estas defensas están plagadas de falacias, entre ellas que la RAE no representa adecuadamente el español de México, y que lo malo de la palabra “puto” no es su significado sino su connotación (es decir, la carga emocional que tiene).

Quiere llorar

“¡Quiere llorar, quiere llorar!” (como niña, pues)

Pero la peor falacia en la que caen quienes hacen una defensa de “puto” es la de creer que ellxs son es el centro desde donde se miden todas las cosas. Detrás de cada justificación está el razonamiento “si a mí no me ofende, no le debería ofender a nadie”. Todos los argumentos que usan son para intentar engañarse con la idea de que la realidad se ajusta a su experiencia personal. No voy a intentar convencer a nadie de que la palabra “puto” es ofensiva porque hacerlo sería conceder que no lo es. La palabra “puto” es un insulto, aunque a algunos no les parezca. Es una manera peyorativa de referirse a un hombre homosexual y punto. El uso de esta palabra entre la comunidad gay tiene una complicada historia de reapropiación cultural en la que no voy a ahondar.

¿Quiere decir que estoy a favor de que se prohíba el uso de la palabra? Caer en ese extremo es sencillamente fascista: prohibir cualquier palabra, sin importar cuál sea ésta, debería ser inaceptable. Estoy a favor de la reflexión que todo esto implica, de la conciencia del poder de las palabras, de su historia, de su connotación y de lo que dice de un país a nivel cultural. No estoy a favor de que se use de la manera hipócritamente lúdica, como si detrás de cada “puto” no estuviera el afán de hacer menos a alguien en términos de sexualidad.

 

todossomosputos

“En serio, no tiene nada que ver con la homosexualidad”.

Lo que espero que suceda a raíz de este episodio de reacciones colectivas es que nos demos cuenta de la homofobia que pauta el subtexto del día a día mexicano. Lo que defiendo, a lo que exhorto, es a que se deje de usar esta palabra libremente, que la gente deje de creer que es perfectamente normal y aceptable. Si en el estadio, o en un concierto de Molotov en el extranjero, los demás se extrañan con la palabra “puto” no es porque ellos estén mal y nosotros bien. Creo que el primer paso para cambiar una conducta es darse cuenta que existe, así que mientras más nos demos cuenta como país, mejor. También creo en el lema de que “como hablas piensas”, y creo que erradicar la homofobia del discurso cotidiano es un gran avance hacia erradicarla en la práctica.

 

Puto Bieber

“Bueno, a veces sí”.

 

Si la palabra no les genera ningún problema, agradezcan la buena suerte que tienen de no haber sufrido discriminación por sus preferencias sexuales. Y, sobre todo, si quieren seguir usando “puto” como sinónimo de “cobarde” o por ser una imprescindible expresión de nuestra idiosincracia (lo cual es aún más triste porque implica una reivindicación cultural de nuestra misoginia y machismo como si fuera un patrimonio que debemos proteger, algo de lo que sentirnos orgullosxs), construyan una sociedad donde ser homosexual no tenga nada, absolutamente nada, de malo: el día que en México no haya homofobia todos podremos gritar “puto” a los cuatro vientos. Pero les prometo que entonces ya no va a ser divertido gritárselo a los porteros.

 

 Ana Laura Magis Weinberg

Hipatia Argüero Mendoza

 

 

No nos den la espalda, represéntennos

La teoría de la representación parte del hecho de que nada de lo que vemos (ya sea en un texto, foto, película, o cualquier cosa) surgió de la nada. Todo tiene autoras y autores que se esforzaron por crear ese objeto en particular: el nombre de “teoría de la representación” hace énfasis en el proceso en sí. Pensar a través de los estudios de representación significa que cada vez que vemos cualquier cosa nos podemos preguntar “¿quién la puso ahí?” “¿para qué?” “¿está ahí para que yo la vea?”, y sobre todo, “¿qué se supone que me debe generar esta representación?”. Se trata simplemente de la consciencia de que todo tiene autoría y, por lo tanto, un propósito.

El problema de la campaña “No le des la espalda, dale pecho” se resume al de la representación. Como bien señala Luza Alvarado la agencia encargada de hacer la publicidad se equivocó de propósito: “nos hacen creer que la lactancia es un shampoo”, dice en su artículo. Y es cierto. La representación es de mujeres jóvenes (o con rasgos asociados a la juventud), guapas y con cuerpos esculpidos. También son famosas. Pero lo más importante, creo yo, es que son blancas: todas serían “güeritas” en cualquier tianguis. ¿Y por qué es relevante el color de piel? Es muy fácil: vean todos los anuncios que quieran en la tele. México es el país de la “raza cósmica”, producto del mestizaje con una alta carga de rasgos indígenas, mismos que tienden a borrarse mientras se sube en la pirámide socioeconómica. Decir que la piel blanca en México es una ventaja resulta triste pero obvio.

Soy hija de padres argentinos, producto de la inmigración europea. Aunque en Argentina, EEUU o Europa paso desapercibida, en México siento cómo se me clavan las miradas cuando me subo al metro. Al mismo tiempo me dan precios más altos, creyéndome extranjera, y me felicitan por tener genes de los que no soy responsable. Alguna vez me dijeron estar orgullosos de que alguien con piel tan blanca fuera mexicana. La gente de los anuncios y la mayoría de las telenovelas en México tienen la piel blanca pero el pelo café o negro. He ahí donde reside lo “aspiracional”. El avance más grande de la publicidad (y quizá de la época moderna, pero ése es otro tema) fue cuando un importante psicólogo puso al primer bebé sonriente en un anuncio de pañales desechables. Hasta entonces las madres, acostumbradas a los pañales de tela, sentían que usar los desechables las volvía poco comprometidas con sus hijos. Este psicólogo se dio cuenta que el poner bebés felices en los anuncios hacía que las madres (quienes decidían qué pañales usar) se sintieran “buenas mamás”. Fue aquí donde el mundo moderno se dio cuenta que cuando se anuncia un producto no sólo se vende el producto, sino todo el estilo de vida que representa. El afán de un anuncio es mostrar que tal producto nos hará convertirnos en la persona que lo vende, y por eso se tienen que representar características favorables (en el caso de México la piel blanca) pero alcanzables (por eso el color de pelo deseable pero posible). Y de ahí la pregunta, ¿qué diablos nos quiere vender el GDF con lo de “no le des la espalda, dale pecho”?

Nos muestran mujeres perfectas. Como bien han señalado muchos antes que yo, ése no es el cuerpo de una mujer que acaba de dar a luz; ésos no son los pechos de una mujer que ha amamantado (aunque, claro, no los vemos en la foto, sólo intuimos su forma perfecta). Por supuesto que existen mujeres que pueden amamantar y no lo hacen por miedo a arruinar su cuerpo, para que no “se le caigan”, sobre todo en una sociedad donde para ser buena mujer primero hay que ser supermodelo. El creativo detrás de la campaña, Oscar Ortiz de Pinedo, declaró que las imágenes precisamente estaban dirigida a esas mujeres “malas” que “le dan la espalda” a su hijo por egoísmo. Sin embargo, en un artículo para Animal Político, Majo Siscar aclara que “la Encuesta Nacional de Salud y Nutrición de 2012 asegura que entre el 6.3% de las mujeres que nunca amamantaron a sus hijos, solo un 1.6% lo hizo porque quería “conservar la figura”. Si extrapolamos ese número al cien por cien de las madres, solo un 0.01% no lo hace por estética”.  Entonces insisto: ¿qué nos están representando, a qué quieren que aspiremos? ¿Por qué dirigir toda una campaña nacional al pequeño porcentaje que toma una decisión por razones estéticas?

Para mí esto empieza preguntando “¿qué me muestran?”. La campaña de “no le des la espalda, dale pecho” (eslogan publicitario que cuelga elegantemente censurando los pezones de las modelos de las fotos) nos muestra a mujeres de cuerpo semicompleto con un fondo blanco. Son ellas contra el mundo con sus jeans entallados y sus abdómenes de cuadritos para defenderlas del frío. Nos miran a los ojos, desafiantes. Seguro que al que se le ocurrió la campaña creyó que la frase y la postura de estas mujeres nos demostrarían que amamantar es un acto de valor y que sólo las mujeres fuertes son capaces de hacerlo. Pero la teoría de la representación nos permite ir más allá y ver a quiénes nos muestran: son actrices famosas, con cuerpos esculturales, pieles blancas, maquillajes y peinados de profesionales. Como Alvarado afirma, estas imágenes parecen anuncios de productos de belleza, no de salud pública. No nos están vendiendo la salud de un niño sino la vida de esas actrices. Los publicistas se centraron en lo deseable, pero no en lo posible, de una campaña. Los publicistas creyeron que hacer que una mujer amamante es tan fácil como hacer que compre ropa: ¡sólo hay que mostrarle lo bien que se vería si lo hiciera!

No pretendo hacer un análisis de la publicidad porque muchos ya lo han hecho mejor que yo. Pero creo que no hay que dejar de hablar de él y no sólo porque haya sido un enorme gasto de presupuesto (como ya se ha dicho, para combatir un problema hay que identificar qué lo causa, y les prometo que la razón por la que México no amamanta no es porque tenemos miedo a que Maribel Guardia nos vea feo). Espero de verdad que esta pequeña ola haga ecos y tenga repercusiones a futuro para abordar otros temas, otras campañas dirigidas a un problema social o de salud pública con la consciencia del poder de la representación.

Creo que los mexicanos tenemos derecho a que nos representen bien, como somos, porque el país no está hecho de actores de ojo claro: tenemos derecho a que nos dejen de vender la idea de que sólo lo blanco es bueno. Dos semanas antes del escándalo del pecho vi una noticia sobre Perú donde informaban que los peruanos se operan la nariz para tener rasgos más finos. ¿Qué tan lejos estamos de llegar a ese extremo en un país donde “indio” es un insulto?

Los primeros ataques a la publicidad que leí giraban en torno al cuerpo perfecto de las mujeres de los anuncios, pero sobre todo al doble discurso: las mujeres tenemos que ser guapas porque si no no valemos, pero la maternidad y la lactancia desgastan esa tan preciada juventud a fuerza de estrías, flacideces, y pechos caídos. Pero quizá lo que más impulsa a la campaña es la culpa implícita: una mujer que no amamanta es una mujer que no quiere darle a su hijo lo mejor. Y de nuevo a las representaciones: una madre tiene que ser buena madre, al mismo tiempo que es buena en su trabajo, al mismo tiempo que se mantiene joven y atractiva para su marido. No hay anuncios donde la mamá no sea atractiva, esté bien vestida, y parezca ser exitosa (como, por supuesto, lo son Maribel Guardia, Camila Sodi, Cecilia Galiano y Mariana Juárez en sus respectivos ámbitos).

El error está en que los que hicieron la campaña no se detuvieron a pensar en qué representaban y mucho menos en por qué lo hacían. Los que lo criticamos en internet le estamos haciendo la tarea a esa firma de publicidad, que ni siquiera se tomó el trabajo de preguntarse “¿por qué las mujeres mexicanas no amamantan, y cómo se puede hacer un anuncio que ataque directamente esas razones?”. El golpe de gracia de la publicidad es el eslogan (el mismo que censura los pezones, pues no se detiene a pensar que parte de las razones por las que las mujeres no amamantan es porque como sociedad fomentamos la idea de que los pezones femeninos son privados, no públicos). Nos dice que no le demos la espalda a nuestros hijos, y lo hace en segunda persona: tú, mamá, no lo hagas. El problema cae así sobre la pobre mujer que acaba de parir y le quita responsabilidad a las condiciones laborales e higiénicas y los tabús, pero sobre todo se la quita a los hombres. Dar pecho se vuelve la responsabilidad de la mujer sola, como individuo, y si no lo hace es porque no quiere, no porque no pueda.

Quizá parezca un poco raro, pero en el fondo me da gusto el anuncio. Primero porque, aunque mal hecho, muestra un primer esfuerzo por promover la lactancia; pero sobre todo porque ha causado un escándalo impresionante que muestra que los mexicanos no estamos dispuestos a que nos den esos mensajes (y a que se gaste el erario público para ello). Me da gusto que en conjunto se haya hecho un análisis de la representación tan fuerte que el Gobierno del Distrito Federal se haya disculpado con la cola entre las patas: podemos lograr que las cosas cambien. Pero sobre todo me da gusto que se promueva una visión crítica de las malas representaciones que se hacen, porque sólo cuando seamos conscientes de ellas se dejarán de hacer.

 Ana Laura Magis Weinberg

 Fuentes:

http://www.animalpolitico.com/2014/05/la-campana-del-gdf-por-la-lactancia-esta-dirigida-solo-un-0-1-de-las-madres/#ixzz33RkQabCj

https://es-us.mujer.yahoo.com/blogs/pasionaria/una-campa%C3%B1a-fallida-e-irresponsable-152306798.html

 

 

 

 

En las faldas de Disney

El otro día mi hermana y yo vimos una película de nuestra infancia con nuestra prima de Argentina que ella, ávida fanática de Disney [1], nunca vio: La princesa encantada. La película está medio basada en El lago de los cisnes: Odette es capturada por el hechicero Rubarto quien la convierte en cisne hasta que el príncipe Derek la rescata (matando a Rubarto y jurándole a Odette un voto de amor eterno).

Lo malo de volver a las cosas de la infancia es que suelen ser mucho peor de lo que recordábamos, y éste definitivamente fue el caso con La princesa encantada. Lo que me molestó no fue tanto la calidad, sino lo machista que es la película. Existe el test Bechdel, desarrollado a partir de lo que dos personajes discuten en un comic escrito por Alison Bechdel en 1985. Es una prueba simple para comprobar lo bien o mal representadas que están las mujeres en una película (o en cualquier medio, en realidad). Para pasarlo, la película tiene que incluir por lo menos dos mujeres (La princesa encantada, quien triunfa, pues al fin y al cabo es la princesa; y la Reina Uberta), que estas mujeres hablen entre sí (cosa que no sucede en la película), y por último que sus conversaciones giren en torno a algo más que hombres. Odette pasa toda la película hablando de Derek: vemos la vertiginosa infancia de ambos en una canción mientras éstos se pelean (naturalmente la princesa sólo habla de cuánto odia al príncipe), después habla con su padre sobre por qué rechazó la boda, y finalmente conversa con sus amigos del lago —una rana, una tortuga y un frailecillo— sobre cómo espera que Derek la vaya a rescatar. La Reina Uberta, por su parte, habla de y con su hijo acerca de su posible boda, y una bruja (la única otra mujer) que resulta ni siquiera tener poderes y se reduce a gesticular, pues es muda (bastante triste que ni siquiera el personaje que viene de la tradición de satanizar a las mujeres tenga algo de importancia). Pero la prueba Bechdel no es la única forma de saber si una película es feminista, y aunque algunas reprueban el examen, siguen mostrándonos personajes femeninos fuertes. No es el caso de La princesa encantada.

Peor que la falta de conversaciones es la falta de agentividad que tienen estas mujeres, sobre todo Odette. Después de pasar quince años odiándose, la canción del principio muestra que, al convertirse en adultos, Derek y Odette se enamoran con tan sólo verse. La canción, ahora romántica, se transforma en una celebración mientras los sirvientes entran con comida y arreglos, listos para que empiece la boda. Odette detiene todo y le pregunta a Derek por qué la ama. “Eres  todo cuánto quiero. Eres hermosa”, contesta. “¿Pero qué más? ¿Es la belleza para ti lo único que cuenta?” Cuando Derek no puede dar ninguna respuesta Odette se va, y parece que todos los planes de la boda quedan frustrados. “Necesito saber que me ama; que me ama por ser yo” dice ella a su padre antes de que Rubarto los ataque, mate al rey y haga de la princesa su prisionera encantada. Odette pasa el resto de la película lamentándose y esperando a que Derek la rescate. El único momento en que ella decide sobre su vida es cuando interrumpe la boda, pues necesita saber que la aman, pero pronto este argumento es olvidado. La protagonista que dudó del amor de pronto se convence de que la rescatarán precisamente por eso. La única Odette con algo de personalidad que vemos en toda la película es la niña que durante cuatro minutos en la canción del principio se pelea a golpes con Derek y su amigo/patiño. Pelean como iguales y además les gana.

En el coche con mi prima, cantando las canciones de todas las películas de Disney a las que tenemos acceso, me acordé de cuando fuimos a California. Nos obligó (a mí y a sus hermanos) a hacer la fila para tomarnos fotos con las princesas, fila que inevitablemente estaba llena de niñas disfrazadas. Una iba de Ariel mientras su hermanito iba de Flounder. En ese momento me sorprendió su elección de personaje, pero en realidad tenía (y sigue teniendo) pocas opciones: no fue hasta que Disney compró Marvel (y ahora Star Wars) que el gigante del entretenimiento pudo proponer personajes interesantes para los niños.

Las películas clásicas [2] de Disney tienen príncipes, pero éstos no pasan la prueba Bechdel invertida. En Blancanieves, Cenicienta, La bella durmiente, La bella y la bestia y La sirenita sólo hay un hombre (el príncipe, aunque a veces también está el padre ausente), que rara vez habla con otro hombre (aunque suelen hablar con animales, y en el caso de Blancanieves, los enanos hablan entre sí), y si lo hace es invariablemente acerca de la princesa. Las mujeres, en cambio, discuten temas variados entre ellas (Blancanieves habla de pays con su madrastra, Cenicienta pide permiso para ir a un baile, Aurora pide salir del bosque, Ariel negocia por un par de piernas y la Bella discute qué se pondrá con una tetera y un clóset). Lo masculino queda relegado a príncipes sin profundidad psicológica o animales —y enanos— simpáticos y antropomórficos pero sin desarrollo emocional. Los personajes más poderosos de estos reinos muy muy lejanos son mujeres, tanto las buenas como las malas, que controlan y deciden qué sucederá.

Tampoco sugiero, sin embargo, que hay que ignorar todos los demás problemas de representación machista. Sí, estas princesas hablan de otros temas, pero siguen siendo temas “femeninos”, y sus preocupaciones son limpiar, cocinar y vestirse para los hombres. Aunque tienen mucha más agentividad que Odette, siguen quedando a la espera de que las rescaten.

Las películas de acción siguen una falacia donde las mujeres son premios (tomemos Duro de matar: John McClane y su esposa están en proceso de divorciarse porque él es un imbécil, pero al final de la película ella vuelve a él sin que McClane haya pasado por algún proceso de cambio; simplemente mató a un montón de alemanes). Pero no sólo pasa en las películas de acción, sino también en la mayoría de lo que vemos en el cine: las mujeres pasan a ser premios que los protagonistas se ganan. Las películas de Disney caen en estas falacias, pero por lo menos no lo ocultan y quizá voltean la convención. Sí, los príncipes “se quedan” a las princesas, pero no es accidental sino que luchan por ellas; casi como si estas mujeres (o en realidad otras mujeres más poderosas) dictaran las pautas y los hombres no tuvieran elección en el asunto.

Disney como tal no tiene héroes. Tiene príncipes poco interesantes, y para apelar al consumo de los niños se tuvo que servir de animales antropomórficos (Robin Hood, El libro de la selva) y más recientemente de hombres simpáticos pero torpes (Las locuras del emperador, El jorobado de Notre Dame). Aladino y Hércules son quizá las únicas películas de “princesos” hechas por Disney, pero incluso éstas tienen el discurso feminista de Jazmín y Megara (aunque reprueban el Bechdel porque no hay más mujeres). Poco a poco Disney va escribiendo personajes femeninos más independientes (Pocahontas, Mulán y Tiana de La princesa y el sapo), y para apelar a los niños ha decidido por outsourcear la creación de héroes.

No creo, en realidad, que Disney haya querido fomentar el feminismo: probablemente el mérito está más en el texto de origen que en una pulsión propia, pues los cuentos de hadas cargan consigo los arquetipos de las mujeres poderosas, tanto buenas (hadas y madres) como malas (brujas y madrastras). Hay que señalar también que los textos en los que se basan para hacer películas que giran en torno a un héroe masculino parten de otro tipo de obras: leyendas medievales, mitos griegos, cuentos de un Premio Nobel [3], o Shakespeare.

No quedo satisfecha con Disney. Está bien, supongo, que me hayan ofrecido un universo en mi infancia donde las mujeres podían decidir sobre su historia. Lo trágico es que sólo son feministas si comparamos éstas con otras películas. Lo peor de todo es que la oferta (no sólo para niñas y niños, sino para todo el mundo) es tan absolutamente pobre que nos tenemos que contentar con muy poco para declarar que algo defiende la posibilidad de que traten igual a las mujeres y a los hombres.

Ana Laura Magis Weinberg

[1] Por “Disney” se entiende, más que una marca, un género de películas animadas para niños, muchas de ellas con princesas como protagonistas.

[2] Se entiende como una película clásica de princesas de Disney las previas a Pocahontas (1995), cuyo título es el nombre o un sinónimo del nombre de la princesa, los personajes principales son humanos y las protagonistas han sido incluidas en la lista oficial de princesas de Disney. Para fines prácticos, se toman en consideración a Blancanieves, Cenicienta, Aurora (de La bella durmiente), Bella (de La bella y la bestia) y Ariel (de La sirenita). Jazmín, por razones que se explicarán más adelante, no entra en esta categoría.

[3] Rudyard Kipling y El libro de la selva

Día Internacional del Libro: Casa desolada, Charles Dickens

Hace poco caí, casi por error, en las redes de Charles Dickens. Ante mí estaba Casa desolada, una novela gorda y poco conocida. En realidad no sé por qué la elegí, pues desde el principio creí que la iba a odiar. Como dice Margaret Atwood, encontrar un buen libro es una cuestión de azar, pues depende de que éste sea el libro adecuado y de que nosotros estemos en el momento adecuado para leerlo. Quizá mi problema en la universidad al leer Grandes esperanzas fue que mi vida no se había acomodado, o que la novela no es el mejor de mis Dickens posibles. Pero algo cambió con Casa desolada: me enfrenté con el maravilloso mundo de la gente que espera a que se resuelvan casos, con personajes tan bien trazados que una característica (su aversión a que la gente les dé las gracias) los describe a la perfección.

La novela está narrada en dos partes que se intercalan: en una Esther Summerson, la protagonista huérfana, nos cuenta su vida, y en la otra un narrador omnisciente revela la verdad sobre los padres de Esther.

Estamos acostumbrados a que las mujeres sean guapas. Una mujer, además de ser cualquier otra cosa, tiene que tener una cara bonita, cuerpo de modelo,  e ir bien vestida. Es una de las horribles falacias con las que una sociedad obsesionada con el peso de alguna famosa nos obliga a vivir. Esther Summerson empieza siendo muy bonita, pero a la mitad de la novela le da una enfermedad típicamente victoriana y de repente se vuelve “fea”. No explica si quedó marcada por alguna cicatriz o si se le enflaqueció la cara, pero ahora resulta que es fea. Me pasé toda la novela angustiadísima, esperando que con el mismo súbito que llegó la fealdad se fuera. Pero no lo hizo. Al final no importa, porque Esther es tan buena que el hombre del que está enamorada la quiere igual, y aunque quizá Dickens no hace un comentario sobre las mujeres tratadas como objeto, por lo menos fue muy interesante darme cuenta que yo también, sin querer, caigo en la falacia de que lo único que importa en una mujer es que sea bonita. Pero quizá lo más importante que aprendí de todo el proceso es que Dickens es un escritor extraordinario, pero sobre todo que hay que darle segundas oportunidades a las cosas, a ver si algo cambió.

Ana Laura Magis Weinberg