La falta de acceso de las mujeres a la justicia: sobre violencia de género en México

Por Ana Miranda // @AnninaMiranda

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“Cada 24 horas se consuman 7.2 feminicidios en México” señaló el coordinador de asuntos jurídicos del INMujeres, Pablo Navarrete, el pasado 9 de octubre en el marco del Foro Nacional “Violencia Feminicida y Alerta de Violencia de Género” realizado en el Distrito Federal. Con esta desalentadora cifra se justifican las Alertas de Violencia de Género (AVG) para dos estados de México. La primera, el 31 de julio de 2015, para 11 de los 125 municipios del Estado de México; la segunda, el 10 de agosto para 8 de los 33 municipios del Estado de Morelos.

El Foro se propuso “brindar herramientas teóricas y prácticas para erradicar la violencia feminicida y explicar el alcance de la declaratoria de la AVG”. Las intervenciones de los participantes confluyeron en una misma preocupación: ¿es la AVG una herramienta efectiva?, ¿cómo garantiza este instrumento los derechos de las mujeres? Los cuestionamientos recogen justificadamente las exigencias de la sociedad civil por la eficacia, el cumplimiento y la implementación de los protocolos de protección de los derechos de las mujeres en situación de violencia.

Lleno de anécdotas, explicaciones sobre cómo funciona administrativamente el mecanismo y detalladas experiencias de los participantes en dichos procedimientos, el Foro fue, sin duda, un ejercicio de exploración y reflexión necesario del cual se debe informar a la ciudadanía. Sin embargo, ante la urgencia de ofrecer acciones preventivas, de seguridad y de acceso a la justicia ante el homicidio sistemático de mujeres por razón de género, dicho Foro se limitó a explicaciones administrativas sin realmente aclarar cómo garantiza este instrumento los derechos de las niñas y mujeres. La AVG como herramienta representa sólo una parte de Ley General de Acceso de las Mujeres a una Vida Libre de Violencia (LGAMVLV) [1] y es un mecanismo legal de carácter inaplazable y que requiere de acciones urgentes por parte del gobierno para enfrentar dicha violencia en un territorio determinado. Pensar que la AVG logrará abatir toda la violencia feminicida, invisibiliza los distintos tipos de violencia (psicológica, física, patrimonial, económica y sexual) que evidenció la LGAMVLV desde el 2007, y que requieren de un tratamiento específico más allá de la AVG.

La creación de la LGAMVLV representa un logro de las diversas demandas de mujeres activistas y académicas por dar respuesta al alarmante contexto de asesinatos de mujeres y niñas en México. En diciembre del 2005 la incursión feminista en el órgano legislativo de México logró poner en la agenda política la desaparición, secuestro, tortura y homicidios de mujeres y niñas en el país. De acuerdo con Marcela Lagarde [2] -feminista que presidió la Comisión Especial que se encargaría de llevar a término la LGAMVLV- esta ley no es punitiva sino que propone un reordenamiento político para abatir las causas de la violencia. La LGAMVLV se diseño como un instrumento jurídico que no busca castigar al agresor sino garantizar el derecho a la vida de las mujeres y asegurar sus derechos. Si bien contempla sanciones -por ejemplo para feminicidio se aplica en el artículo 325 del Código Penal Federal-, debido a su naturaleza administrativa no está en su poder imponer castigos.

Otro objetivo de esta Comisión fue tipificar el feminicidio como delito de lesa humanidad. La elaboración de una categoría que integrara los elementos concretos de esos asesinatos y que evidenciara los diversos tipos de violencia que sufren las mujeres y las niñas, ha sido el resultado de una larga discusión en el debate feminista que logró introducirse en la discusión pública. El feminicidio es un concepto que de acuerdo con sus creadoras, Diana Russell y Jill Radford [3], ubica los homicidios contra niñas y mujeres como parte de la violencia de género, evidenciando con ello su dimensión pública y social. Esta categoría busca mostrar que los homicidios cometidos contra mujeres y niñas no se reducen a homicidios dolosos o culposos. Éstos se distinguen por el conjunto de conductas violentas contra las mujeres, asesinatos perpetrados contra los cuerpos de las mujeres por el simple hecho de ser mujeres. La diferencia introducida por esta categoría no es un simple matiz que refiere “homicidio en femenino”, es un cambio de perspectiva que busca cuestionar por un lado, la situación en la que viven las mujeres en la actual organización social, económica y política y por el otro, el tipo de relación que las mujeres guardan con sus pares masculinos.

Es importante recalcar los avances que la LGAMVLV ha logrado: al introducir la perspectiva de género y la de los derechos humanos, posibilitó el desarrollo de un aparato legal que considera las diferentes modalidades de violencia y puso en el espacio público la pregunta por la situación jurídica y política de las mujeres en México. Lo que implica reconocer que la violencia contra la mujer no es un hecho privado y familiar, se trata de un tipo de violencia inherente al sistema de relaciones sociales, es decir, es estructural y sistemática. En el contexto de esta ley, la violencia feminicida se inscribe como el conjunto de condiciones de violencia que pueden conducir al feminicidio.

Como se ve, esta ley nació con la intención de transformar las condiciones que vulneran la seguridad y los derechos de las mujeres. El principal objetivo de dicha ley busca garantizar el derecho de las mujeres a una vida libre de violencia, lo que implica que los tres órdenes de gobierno (federal, estatal y municipal) deben intervenir para prevenir, atender, investigar y reparar el daño, tal como se establece en su artículo 20. Es decir, esta ley implica un reordenamiento político de las condiciones fácticas de las vidas de las mujeres que no se agota en la implementación de un mecanismo como la AVG. Cabe entonces preguntarnos, ¿qué implicaciones prácticas tiene una ley que no busca castigar?

Para responder este cuestionamiento no se pueden dejar de mencionar algunos de los serios problemas que enfrenta dicha ley en la práctica, entre ellos, la discriminación en las averiguaciones, en los peritajes, el enfrentamiento de las víctimas con funcionarios negligentes y la revictimización de las mujeres en el proceso de investigación. Consideramos fundamental comprender lo que implican conceptos tales como: prevenir, atender, investigar y reparación. Podemos afirmar sin temor a equivocarnos que contamos con una categoría que engloba cada una de estas nociones: la justicia. Sostenemos que uno de los principales problemas para acceder a una vida libre de violencia, radica en la falta de acceso de las mujeres a la justicia.

Para comprender mejor esto, resulta pertinente atender al análisis de la justicia realizado por Aristóteles en la Ética Nicomáquea. En el libro V el filósofo griego, revisa fundamentalmente dos tipos: la justicia distributiva y la justicia correctiva. La primera consiste en la distribución de los bienes compartidos entre los miembros de una comunidad. La segunda, establece los tratos en las relaciones entre individuos y se vincula con la aplicación de la ley de acuerdo a un criterio de igualdad presupuesto entre los individuos. Así, de acuerdo con Aristóteles la ley debe considerar la naturaleza del daño y tratar a ambas partes como iguales, tanto al que comete el daño como a quien lo recibe. Siguiendo esta lógica, el juez intentará restaurar la desigualdad introducida por el daño cometido. Es decir, se trata de igualar la relación de asimetría provocada por el daño, de restablecer el estado de bienestar de quién sufrió el daño. Si bien Aristóteles, considera este tipo de justicia correctiva principalmente como punitiva, consideramos fundamental recuperar esta noción de justicia porque incluye otro aspecto menos reconocido: la reparación de los daños. Este tipo de justicia, trata de restablecer la igualdad entre los individuos por medio del resarcimiento del daño. La justicia supone personas cuyas relaciones están reguladas por una ley así, la ley se aplica a situaciones en las que es posible la violación de la misma.

Si pensamos la LGAMVLV a la luz de esta reflexión sobre la justicia, podemos afirmar, que una de las implicaciones prácticas de esta ley es restablecer la relación de igualdad que trastocó el agresor; lo que implica la indemnización, compensación y restitución del bien perdido. En el caso de la violencia feminicida, esto se traduce en acciones concretas como esclarecimiento sobre los hechos ocurridos, averiguación con perspectiva de género, publicación de la verdad, dignificación de la víctima, atención médica y psicológica de la víctima y sus familiares, entro otras.

El acceso de la mujer a la justicia entraña la reparación del daño perpetrado contra las mujeres y sus familiares. Acciones que incluyen ese reordenamiento político, social, institucional y económico denunciado por Marcela Lagarde. Se trata de transformar las condiciones actuales en las que se establecen las relaciones entre hombres y mujeres. La erradicación de la violencia contra la mujer no depende únicamente de un dispositivo punitivo que mágicamente impida la violación y trasgresión de los derechos de las mujeres. Se busca erradicar las relaciones de dominación, subordinación, sojuzgamiento, explotación y opresión que crean y reproducen las condiciones de desigualdad, discriminación y exclusión social por las que el cuerpo de la mujer se dispone como objeto sexual-desechable y que posibilita el caso más extremo de violencia: el feminicidio.

Las conexiones existentes entre las diversas expresiones de violencia, al no resolverse en la dimensión de la tipificación jurídica ni del mecanismo de la AVG, legitima una vez más la demanda de justicia. Con esto no se busca afirmar que dichas herramientas representen un fracaso, sin embargo resulta fundamental y urgente atender todos los tipos de violencia si lo que se busca es alcanzar la justicia para las mujeres en situación de violencia.

Notas:

[1] http://www.inmujeres.gob.mx/inmujeres/images/stories/normateca/legislacion2014/lgamvlv.pdf

[2] http://www.revistas.unal.edu.co/index.php/jardin/article/view/8343/8987

[3] http://www.dianarussell.com/f/femicde(small).pdf

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Ana Miranda Mora es doctoranda en Filosofía Política en la FFyL, UNAM. Profesora adjunta en la Facultad de Filosofía y Letras, UNAM. Miembro del seminario de Investigación “Otras Rutas del Feminismo en México en el siglo XXI”, PUEG. Ha enfocado su investigación en temas sobre feminismo, violencia, feminicidio y legalidad. Ha colaborado con la Comisión Mexicana de Defensa y Promoción de Derechos Humanos.

 

*La fotografía es de Gunnar Smoliansky

En las faldas de Disney

El otro día mi hermana y yo vimos una película de nuestra infancia con nuestra prima de Argentina que ella, ávida fanática de Disney [1], nunca vio: La princesa encantada. La película está medio basada en El lago de los cisnes: Odette es capturada por el hechicero Rubarto quien la convierte en cisne hasta que el príncipe Derek la rescata (matando a Rubarto y jurándole a Odette un voto de amor eterno).

Lo malo de volver a las cosas de la infancia es que suelen ser mucho peor de lo que recordábamos, y éste definitivamente fue el caso con La princesa encantada. Lo que me molestó no fue tanto la calidad, sino lo machista que es la película. Existe el test Bechdel, desarrollado a partir de lo que dos personajes discuten en un comic escrito por Alison Bechdel en 1985. Es una prueba simple para comprobar lo bien o mal representadas que están las mujeres en una película (o en cualquier medio, en realidad). Para pasarlo, la película tiene que incluir por lo menos dos mujeres (La princesa encantada, quien triunfa, pues al fin y al cabo es la princesa; y la Reina Uberta), que estas mujeres hablen entre sí (cosa que no sucede en la película), y por último que sus conversaciones giren en torno a algo más que hombres. Odette pasa toda la película hablando de Derek: vemos la vertiginosa infancia de ambos en una canción mientras éstos se pelean (naturalmente la princesa sólo habla de cuánto odia al príncipe), después habla con su padre sobre por qué rechazó la boda, y finalmente conversa con sus amigos del lago —una rana, una tortuga y un frailecillo— sobre cómo espera que Derek la vaya a rescatar. La Reina Uberta, por su parte, habla de y con su hijo acerca de su posible boda, y una bruja (la única otra mujer) que resulta ni siquiera tener poderes y se reduce a gesticular, pues es muda (bastante triste que ni siquiera el personaje que viene de la tradición de satanizar a las mujeres tenga algo de importancia). Pero la prueba Bechdel no es la única forma de saber si una película es feminista, y aunque algunas reprueban el examen, siguen mostrándonos personajes femeninos fuertes. No es el caso de La princesa encantada.

Peor que la falta de conversaciones es la falta de agentividad que tienen estas mujeres, sobre todo Odette. Después de pasar quince años odiándose, la canción del principio muestra que, al convertirse en adultos, Derek y Odette se enamoran con tan sólo verse. La canción, ahora romántica, se transforma en una celebración mientras los sirvientes entran con comida y arreglos, listos para que empiece la boda. Odette detiene todo y le pregunta a Derek por qué la ama. “Eres  todo cuánto quiero. Eres hermosa”, contesta. “¿Pero qué más? ¿Es la belleza para ti lo único que cuenta?” Cuando Derek no puede dar ninguna respuesta Odette se va, y parece que todos los planes de la boda quedan frustrados. “Necesito saber que me ama; que me ama por ser yo” dice ella a su padre antes de que Rubarto los ataque, mate al rey y haga de la princesa su prisionera encantada. Odette pasa el resto de la película lamentándose y esperando a que Derek la rescate. El único momento en que ella decide sobre su vida es cuando interrumpe la boda, pues necesita saber que la aman, pero pronto este argumento es olvidado. La protagonista que dudó del amor de pronto se convence de que la rescatarán precisamente por eso. La única Odette con algo de personalidad que vemos en toda la película es la niña que durante cuatro minutos en la canción del principio se pelea a golpes con Derek y su amigo/patiño. Pelean como iguales y además les gana.

En el coche con mi prima, cantando las canciones de todas las películas de Disney a las que tenemos acceso, me acordé de cuando fuimos a California. Nos obligó (a mí y a sus hermanos) a hacer la fila para tomarnos fotos con las princesas, fila que inevitablemente estaba llena de niñas disfrazadas. Una iba de Ariel mientras su hermanito iba de Flounder. En ese momento me sorprendió su elección de personaje, pero en realidad tenía (y sigue teniendo) pocas opciones: no fue hasta que Disney compró Marvel (y ahora Star Wars) que el gigante del entretenimiento pudo proponer personajes interesantes para los niños.

Las películas clásicas [2] de Disney tienen príncipes, pero éstos no pasan la prueba Bechdel invertida. En Blancanieves, Cenicienta, La bella durmiente, La bella y la bestia y La sirenita sólo hay un hombre (el príncipe, aunque a veces también está el padre ausente), que rara vez habla con otro hombre (aunque suelen hablar con animales, y en el caso de Blancanieves, los enanos hablan entre sí), y si lo hace es invariablemente acerca de la princesa. Las mujeres, en cambio, discuten temas variados entre ellas (Blancanieves habla de pays con su madrastra, Cenicienta pide permiso para ir a un baile, Aurora pide salir del bosque, Ariel negocia por un par de piernas y la Bella discute qué se pondrá con una tetera y un clóset). Lo masculino queda relegado a príncipes sin profundidad psicológica o animales —y enanos— simpáticos y antropomórficos pero sin desarrollo emocional. Los personajes más poderosos de estos reinos muy muy lejanos son mujeres, tanto las buenas como las malas, que controlan y deciden qué sucederá.

Tampoco sugiero, sin embargo, que hay que ignorar todos los demás problemas de representación machista. Sí, estas princesas hablan de otros temas, pero siguen siendo temas “femeninos”, y sus preocupaciones son limpiar, cocinar y vestirse para los hombres. Aunque tienen mucha más agentividad que Odette, siguen quedando a la espera de que las rescaten.

Las películas de acción siguen una falacia donde las mujeres son premios (tomemos Duro de matar: John McClane y su esposa están en proceso de divorciarse porque él es un imbécil, pero al final de la película ella vuelve a él sin que McClane haya pasado por algún proceso de cambio; simplemente mató a un montón de alemanes). Pero no sólo pasa en las películas de acción, sino también en la mayoría de lo que vemos en el cine: las mujeres pasan a ser premios que los protagonistas se ganan. Las películas de Disney caen en estas falacias, pero por lo menos no lo ocultan y quizá voltean la convención. Sí, los príncipes “se quedan” a las princesas, pero no es accidental sino que luchan por ellas; casi como si estas mujeres (o en realidad otras mujeres más poderosas) dictaran las pautas y los hombres no tuvieran elección en el asunto.

Disney como tal no tiene héroes. Tiene príncipes poco interesantes, y para apelar al consumo de los niños se tuvo que servir de animales antropomórficos (Robin Hood, El libro de la selva) y más recientemente de hombres simpáticos pero torpes (Las locuras del emperador, El jorobado de Notre Dame). Aladino y Hércules son quizá las únicas películas de “princesos” hechas por Disney, pero incluso éstas tienen el discurso feminista de Jazmín y Megara (aunque reprueban el Bechdel porque no hay más mujeres). Poco a poco Disney va escribiendo personajes femeninos más independientes (Pocahontas, Mulán y Tiana de La princesa y el sapo), y para apelar a los niños ha decidido por outsourcear la creación de héroes.

No creo, en realidad, que Disney haya querido fomentar el feminismo: probablemente el mérito está más en el texto de origen que en una pulsión propia, pues los cuentos de hadas cargan consigo los arquetipos de las mujeres poderosas, tanto buenas (hadas y madres) como malas (brujas y madrastras). Hay que señalar también que los textos en los que se basan para hacer películas que giran en torno a un héroe masculino parten de otro tipo de obras: leyendas medievales, mitos griegos, cuentos de un Premio Nobel [3], o Shakespeare.

No quedo satisfecha con Disney. Está bien, supongo, que me hayan ofrecido un universo en mi infancia donde las mujeres podían decidir sobre su historia. Lo trágico es que sólo son feministas si comparamos éstas con otras películas. Lo peor de todo es que la oferta (no sólo para niñas y niños, sino para todo el mundo) es tan absolutamente pobre que nos tenemos que contentar con muy poco para declarar que algo defiende la posibilidad de que traten igual a las mujeres y a los hombres.

Ana Laura Magis Weinberg

[1] Por “Disney” se entiende, más que una marca, un género de películas animadas para niños, muchas de ellas con princesas como protagonistas.

[2] Se entiende como una película clásica de princesas de Disney las previas a Pocahontas (1995), cuyo título es el nombre o un sinónimo del nombre de la princesa, los personajes principales son humanos y las protagonistas han sido incluidas en la lista oficial de princesas de Disney. Para fines prácticos, se toman en consideración a Blancanieves, Cenicienta, Aurora (de La bella durmiente), Bella (de La bella y la bestia) y Ariel (de La sirenita). Jazmín, por razones que se explicarán más adelante, no entra en esta categoría.

[3] Rudyard Kipling y El libro de la selva

Las otras de las otras: subalternas, periféricas, tercermundistas y poscoloniales

Reflexiones en torno al trabajo con mujeres indígenas por la Igualdad de Género

Lourdes Gallardo Robles

Los inicios del feminismo nos remontan a la Europa occidental del siglo XVII. Con el surgimiento del movimiento filosófico y político de la Ilustración nace también el movimiento crítico, ético y político del feminismo. Bajo las premisas de igualdad, racionalidad, autonomía y libertad transcurre la Ilustración que, entre otras cosas, pretendía desmontar las bases de la desigualdad “natural” que legitimaban el Antiguo Régimen. Los filósofos de la Ilustración intentaban demostrar que la racionalidad era un atributo universal. Sin embargo, los privilegios derivados de ésta sólo le correspondían a unos cuantos individuos: hombres, blancos y propietarios.

Los hombres ilustrados al intentar superar la lógica excluyente de la sociedad medieval, crearon argumentos para negar la autonomía a ‘otros’ sobre la base de esta distinción entre lo público, con seres autónomos iguales en derechos, y lo privado, con seres dependientes que por sus características naturales eran presuntamente incapaces de gobernarse a sí mismos: mujeres, proletarios y los ‘otros’ colonizados”. (Liliana Suárez, 2008)

Así, las mujeres fueron definidas y construidas a partir de su “diferencia” como “el otro” del hombre, seres inferiores, incapaces de una racionalidad que les permita dictarse sus propias normas, controlar sus pasiones; seres gobernados por su “naturaleza” salvaje. Es en estas contradicciones del pensamiento ilustrado donde surgen las primeras críticas y cuestionamientos de algunas escritoras(es) a los principios filosóficos y políticos que pretendían legitimar la subordinación social de las mujeres. (Estela Serret, 2008). En este contexto político, económico y social podemos ubicar los orígenes del movimiento feminista, como respuesta a las desigualdades que el la Ilustración había traído para las mujeres. Surge como una reivindicación de las mujeres (y de algunos hombres) para ser incluidas en la vida pública (acceso a la educación, empleo, espacios políticos) y como una lucha que buscaba el reconocimiento de las mujeres como ciudadanas, con autonomía, raciocinio y capacidad de decisión.

Durante los siglos posteriores, las diferentes corrientes y olas del movimiento feminista enarbolaron una serie de luchas por el reconocimiento y el pleno ejercicio de los derechos de las mujeres a la educación, a la propiedad, al trabajo remunerado, al voto, a la igualdad, y a decidir sobre su propio cuerpo y proyecto de vida. En suma, se conformaron diversos frentes para conseguir lo que les había sido negado, constituirse en sujetas de derechos.

Los resultados de las conquistas legítimas e imprescindibles del feminismo han sido fundamentales para incidir y modificar las condiciones de vida de millones de mujeres alrededor del mundo, lo que se ha traducido en mayores oportunidades y acceso a la educación, al empleo remunerado, a los servicios de salud y a los espacios de participación política. Sin embargo, si entendemos posición como la ubicación social y política de las mujeres con respecto a los hombres (Young, 1988), podríamos decir que la de las mujeres se ha modificado muy poco. Si agregamos la condición étnica, de clase o etaria, las condiciones y posiciones sociales se complejizan aún más y adquieren otros matices y dimensiones.

Los procesos históricos y sociales que dieron origen al feminismo en los países europeos, han sido muy distintos a los de nuestras sociedades latinoamericanas, pues están marcados por sus historias de colonialismo. Por colonialismo me refiero a “un patrón de poder que opera a través de la naturalización de jerarquías raciales, sociales y de género que posibilitan la reproducción de relaciones de dominación territoriales y epistémicas que no sólo garantizan la explotación por el capital de unos seres humanos por otros a escala mundial sino que también subalternizan y obliteran los conocimientos, experiencias y formas de vida de quienes son así dominados y explotados” (Quijano, 2000).

El feminismo occidental, al igual que las ciencias sociales y la planificación del desarrollo económico y social realizado por las grandes agencias de Cooperación Internacional, no han escapado a estas estructuras de pensamiento colonialista. El feminismo occidental se ha erigido como portavoz de las mujeres del mundo “nace con una pretensión de universalismo semejante al que le ha excluido” (Liliana, Suárez, 20008). Así, plasma las necesidades y demandas de una gran diversidad de mujeres –insertas en la pluralidad de contextos históricos, sociales, económicos y políticos alrededor del mundo–, en una agenda política, la cual se ha consolidado como la única vía para alcanzar la equidad de género. Las mujeres blancas, mestizas, letradas, clasemedieras son quienes orientan y dirigen a sus “otras”, como si ellas fuesen incapaces de conducir sus propias vidas, lo que supone no sólo la superioridad intelectual sobre las mujeres indígenas sino que subalterniza y oblitera sus conocimientos, experiencias y formas de vida. Son entonces, así definidas y construidas por sus diferencias, como las “otras” de las “otras”, seres inferiores, incapaces de una racionalidad que les permita emanciparse. “Son las otras mujeres de aquel sujeto histórico: son las otras de las otras, mujeres tradicionales, creyentes, mestizas, pertenecientes a minorías, pobres o que viven en el Sur”. (Gómez-Quintero y Franco, 2011)

Desde mediados del siglo XX, especialmente en las últimas décadas, los programas de Cooperación Internacional para el desarrollo, principalmente de países europeos, han promovido plataformas, programas y estrategias enfocados a la eliminación de la violencia y discriminación hacia las mujeres, así como a la búsqueda de la equidad. Sin embargo, debemos de tener en cuenta los contextos socioculturales en los cuales se implementan estos programas y proyectos. Impulsar agendas y procesos sociales enfocados a transformar las relaciones de desigualdad entre hombres y mujeres en contextos como el nuestro, implica considerar nuestras especificidades sociales, históricas, culturales y económicas.

En el caso de las mujeres indígenas de nuestro país, hay diversos factores a considerar:

El aspecto material es de gran importancia, pues sin las condiciones materiales mínimas para la supervivencia, resulta imposible desarrollar habilidades, propiciar la capacidad dialógica de los sujetos o pensar en procesos de concientización o empoderamiento de los sectores subalternos. Los principios y valores que orientan sus prácticas y configuran sus subjetividades son diferentes a los de las sociedades occidentales, donde la religiosidad y la colectividad juegan un papel importante en la construcción de identidades. En este sentido, sería erróneo partir de valores o principios universales. Otro aspecto que ha suscitado diversos debates es la incorporación de las mujeres indígenas al mercado de trabajo capitalista. Esto suele ser visto como un acto de “liberación femenina”. Sin embargo cabría preguntarse si detrás de la emancipación, está la lógica expansionista del capitalismo y si tendría que pasar por la proletarización, por la autosuficiencia comunitaria o por otras formas de subsistencia. (Gómez-Quintero y Franco, 2011).

Con lo anterior, no pretendo desvirtuar los grandes aportes y alcances de los programas, planes y estrategias desarrollados por los actores de la Cooperación Internacional para el desarrollo. Sin duda han sido y siguen siendo necesarios y de gran importancia en la disminución de la violencia y discriminación hacia las mujeres, así como en la búsqueda de la equidad.

Considero que es necesario emprender un análisis crítico sobre nuestras prácticas y las relaciones de poder que establecemos y reproducimos con las otras(os). Ser conscientes del lugar que ocupamos en la estructura social, económica y política es fundamental para superar nuestros propios sesgos colonialistas. Así como reconocer y valorar las diversas formas de mirar y estar en el mundo, sin subestimar, descalificar o jerarquizar otras subjetividades, prácticas, significados y cosmovisiones.

Igualmente me parece importante reflexionar en la forma en que se operativizan algunos programas y proyectos, así como en los mecanismos empleados para conseguir sus objetivos, pues los tiempos que marcan las agencias o financiadoras internacionales en ocasiones son muy distintos a los tiempos de los pueblos indígenas. Asimismo, el tratamiento teórico y metodológico que se les da a estos procesos muchas veces responde a lógicas occidentales.

Por último, considero que es fundamental reconocer que las formas de opresión no son las mismas para todas las mujeres, sobre todo cuando otras estructuras opresoras como la clase y la etnia están en juego.

La opresión de la mujeres no conoce fronteras raciales o étnicas, cierto, pero esto no implica que esa opresión sea idéntica dentro de esas diferencias. “(Liliana, Suárez, 20008).

Estas reflexiones se formulan desde mi experiencia.  Digo esto con el fin de subrayar la importancia de visualizar el lugar y posición desde donde se habla. Siguiendo a Chandra Mohanty, nuestro lugar de enunciación determina la manera en que vivimos y percibimos las relaciones de dominación. Es por ello que estas reflexiones las escribo desde el contexto histórico y social en donde he vivido y en el que he desarrollado mi trabajo profesional.

Bibliografía

  • Gómez-Quintero Juan D., Franco Martínez Juan A. (2011) “La agenda oculta de la igualdad de género en el desarrollo” en Dossier Feminismo y postcolonialidad, Andamios. Revista de Investigación Social, Vol.8, número 17, ed. UACM, México. Págs.37-60.
  • Suárez, N. Liliana, Hernández Rosalva, A. (eds.), (2008), Descolonizando el feminismo. Teorías y prácticas desde los márgenes, Madrid, Ed. Cátedra/instituto de la Mujer.
  • Serret, Estela, (2008) Qué es y para qué sirve la perspectiva de género. Libro de texto para la asignatura: Perspectiva de género en la educación superior, México, Instituto de la Mujer Oaxaqueña. Págs. 15-17.
  • Quijano, A. (2000), “Colonialidad del poder, eurocentrismo y América Latina”, en Edgardo Lander (comp.) La colonialidad del saber: eurocentrismo y ciencias sociales. Perspectivas latinoamericanas, Buenos Aires, CLACSO, págs. 201-246.

Les liaisons dangereuses: género, interés y política en la era de la modernidad

La agenda de género es, al igual que prácticamente todo lo que nos rodea, un tema político. A pesar de que en primera instancia la política podría aparecer como algo lejano, incomprensible y etéreo, sin incidencia directa en la vida cotidiana del ciudadano ordinario, la realidad es que ésta influye en prácticamente todas las áreas de desarrollo individual y colectivo de las personas. Sólo por mencionar un ejemplo, a pesar de que en muchas ocasiones los Estados tienen que tomar medidas o decisiones para regular realidades sociales preexistentes (el caso paradigmático en la actualidad serían los matrimonios entre personas del mismo sexo en grandes urbes occidentales), también es innegable que, en muchas ocasiones, las decisiones que se toman “desde arriba” (la homofobia de Estado, por ejemplo) permean profundamente el tejido social y afectan el quehacer cotidiano de las personas y las relaciones interpersonales, grupales y sociales. Por lo tanto, diariamente, decisiones que se toman “desde arriba” y dinámicas que van creando y consolidando “desde abajo” se influyen y afectan de manera mutua. Esto, evidentemente, comprueba que la división tajante que se ha hecho históricamente de las esferas “públicas” y “privadas” es un mito cada vez más insostenible en un mundo que se caracteriza por ser profundamente complejo e interconectado. En este escenario, el tema de la identidad y el género, por supuesto, no son la excepción y, al igual que el resto de las interacciones sociales, afectan y son afectados todos los días por las decisiones y acciones que se toman en el ámbito político.

La premisa de esta columna está basada en todo lo anterior. En las primeras entregas se hará un análisis general de ciertos conceptos y momentos históricos básicos para comprender el curso y la importancia que han tomado los temas de identidad y género en la actualidad. Los subtemas a analizar en este primer segmento serán cuatro: aparición de los movimientos feministas, la homofobia de Estado, el surgimiento y naturaleza de las primeras ONG internacionales abocadas al tema y organizaciones internacionales (especialmente dentro de Naciones Unidas) que promueven la agenda de género en el escenario global. En cada una se hará un especial hincapié en describir el contexto histórico de su aparición y los intereses que hubo detrás de su germinación y posterior consolidación.

Después de estos antecedentes generales, se procederá al análisis de fenómenos y acontecimientos más específicos que están ocurriendo hoy en día prácticamente en todos los rincones del planeta. Nos centraremos fundamentalmente en acciones que estén tomando Estados u organismos internacionales en torno a temas de género e identidad. En virtud de que cada fenómeno y escenario tiene sus propias particularidades, en cada uno de estos casos se dará un breve preámbulo histórico para tratar de comprender mejor cuáles fueron las causas que promovieron la evolución particular de los acontecimientos o cuál fue la racionalidad, si es que la hubo, al adoptar cada una estas decisiones.  El posterior análisis tratará de identificar los actores involucrados en cada caso, su relación con el fenómeno estudiado y sus posibles repercusiones no sólo a nivel personal y social, sino en el escenario local, regional e internacional.

El concepto central de esta columna será el de INTERÉS. Nuestro objetivo no será analizar, ni tratar de entender los prejuicios personales o las concepciones psicológicas o sociológicas detrás de la identidad de género particular o colectiva. Tampoco será dar una opinión personal sobre lo que deberían o no ser las relaciones de género en un mundo ideal o más equitativo. Nuestra minúscula aportación será tratar de entender lo que ocurre en este mundo, los intereses personales, de grupo y nacionales que existen detrás de ciertas políticas o posturas que se adoptan “desde arriba” en determinadas coyunturas, las cuales provocan o tienen la intención de provocar, de forma directa o indirecta, tanto el cambio como la parálisis, en los temas de género e identidad. En este sentido, la moralidad quedará fuera del análisis y la ideología, per se, no será un elemento de estudio, sino simplemente una herramienta más que utilizan los actores involucrados para alcanzar sus respectivos objetivos en contextos específicos.

En esta columna nos estaremos preguntando recurrentemente ¿a qué grupos beneficia o perjudica la adopción o promoción de tal o cual política o postura vinculada a los temas de género e identidad? ¿Qué interés políticos afecta? ¿Qué intereses económicos afecta? ¿Qué papel juega la ideología en este escenario? ¿Quiénes promueven cada una de las posturas? ¿Son personas? ¿Grupos? ¿Organizaciones? ¿Estados? ¿Qué intereses hay detrás de éstos? ¿Por qué el tema aparece o desaparece en coyunturas particulares? ¿Hay relación entre estos temas y lo que está pasando en otros ámbitos? ¿En otro países? ¿En otras regiones?  En cada uno de los casos estudiados, los temas de género e identidad ¿son un fin en sí? ¿O un medio para cumplir con  otras agendas?

Las interrogantes, como vemos, son muchas y difícilmente podrán ser contestadas en una columna mensual de unas cuantas cuartillas, sin embargo, el objetivo será, al menos, colocar la semilla de la duda y promover el debate en un tema que está lejos de ser resuelto y que tiene la loable, aunque muy difícil tarea, de modificar ciertas dinámicas que, hasta el día de hoy, impiden la existencia de un mundo plenamente equitativo para todos los seres humanos.

 

Jaime Vigna Gómez